EL AÑO DEL MONO

Tengo la sensación de que por unas cosas u otras, en este país no dejamos de renovarnos: siempre hay nuevas lunas que celebrar. Ahora llega el Año Nuevo Chino y una vez más la ciudad se viste de colores y luces. En esta ocasión, todo muy, muy kitsch, con muchas flores artificiales, mucho rojo, mucho dorado y, sobre todo, mucho mono. Comienza el Año del Mono de Fuego, vuelven los bailes del león, los desfiles luminosos, los farolillos rojos, los fuegos artificiales y un sinfín de comidas típicas de estas fechas: mandarinas, tartas de piña, infinidad de dulces, pasteles de arroz y platos tradicionales que casi prefiero no saber qué llevan. Me he vuelto precavida con los sabores (y los olores) nuevos.

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La celebración gira entorno a los deseos de prosperidad y buena suerte, con un protagonismo importante de la familia y del dinero. Los mayores regalan a los jóvenes sobres rojos (hong pao) con billetes nuevos en su interior, generalmente evitando cifras con 4 y preferiblemente con 8. ¡Ya les podía gustar el número 1000! Pero lo curioso es que las empresas también practican esta costumbre y aquí aparece mi querido Mr. Good con 88$ en el bolsillo. Un simpático detalle para disfrutar de una noche de cine, por ejemplo, siempre que los festejos nos lo permitan, porque por primera vez la ciudad se colapsa un poco. Son cuatro días festivos donde todas las familias se reúnen y el trasiego de gente para llegar a sus hogares es tremendo. Eso, unido a los viajes para disfrutar de estos días de vacaciones, hace imposible organizar ningún plan si no lo tienes reservado con mucha antelación.

FullSizeRender 3Este año hemos decidido quedarnos aquí y nos uniremos a los eventos. Mi pequeña Miss Sunshine está ensayando con entusiasmo su actuación escolar, emocionada por vestir su primer cheongsam (o qipao, vestido chino típico) y nosotros estamos ya lobotomizados con el “chinchunchín” de la música que atrona en TODOS los locales. A punto estamos de invadir Taiwán, como insistan con los címbalos. Empiezan los concursos de la danza del león, en los que participan jóvenes que, encorvados dentro de un disfraz de león mitológico, ejecutan por parejas auténticas acrobacias al ritmo de tambores y gongs. Tenemos también desfiles a modo de carnaval, el Chingay (curioso nombre que evoca otras cabalgatas), con todo el despliegue de la parafernalia característica. Podemos visitar la feria en el río Hongbao, una auténtica verbena con atracciones, figuras enormes iluminadas aludiendo al Nuevo Año lunar y puestos de comida. O pasear entre la multitud de Chinatown e impregnarnos de los olores del mercadillo de frutas, flores, frutos secos, inciensos y comida, mucha comida.

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Es curioso ver cómo todas las culturas tenemos nuestro año nuevo, la tradición de empezar otra vez, con deseos de felicidad y el propósito de hacer las cosas mejor. En Singapur se unen todas las tradiciones: Navidad, Año Nuevo Chino, Hari Raya y Deepawali. Blancos, chinos, indios y malayos, razas y religiones compartiendo un mismo escenario. Todos en paz, disfrutando sus decoraciones, más o menos vistosas, sus ritos y sus buenos augurios. Cuando lees lo que está cayendo por ahí fuera con tanta intolerancia y fundamentalismos salvajes, el ejemplo de convivencia que supone este país para el resto del mundo me maravilla. Voy a aprovechar el nuevo año lunar y, como las misses, pido la paz en el mundo y el fin de la música de campanillas. Gong xi fa cai! ¡Feliz Año Nuevo! (una vez más).

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