CICACTRICES

En el año 2000 cumplí treinta años. De pequeños todos nos preguntábamos cómo seríamos entonces y yo me veía en una imagen idílica, con la vida resuelta y el pelo largo. Sin embargo, la realidad es que llevaba el pelo corto, había sufrido el primer gran descalabro amoroso, mi trabajo no me llenaba, seguía viviendo con mis padres y mis amigas empezaban a planear bodas o las habían celebrado ya. Todo eso me llevó a una crisis propia de la edad:

Entraba en una nueva fase de adultez a la que no sabía bien cómo enfrentarme sola.

Arrastraba la losa desde hacía tiempo y, aunque cometí muchas tonterías, empecé a ponerle remedio. Me hice un tatuaje para recordarme lo que había sido mi vida hasta entonces y lo que estaba haciendo para superar la depresión en que me adentraba. Sin saberlo, estaba marcando mi piel con la cicatriz que me habían dejado el amor y la vida. Porque un tatuaje no es más que el resultado de una herida curada.

los años del tronco

A los treinta, además, sufrí una operación importante. Negué la evidencia ante la gravedad del diagnóstico, y no sé si fue eso o el apoyo recibido, pero terminó siendo algo más leve de lo esperado. Por suerte, cicatrizo muy bien, herencia de mi padre, y la señal de aquella intervención quedó bastante discreta. Pero, si te fijas bien, en mi cuello tengo un remiendo que me recuerda a todos los que me acompañaron en ese trance y lo que pudo haber sido.

A esa primera cicatriz y al tatuaje siguieron otros, cada uno recuerdo de un hito en mi vida, como los anillos del tronco de un árbol. Una tortuga rapa nui para no perderme, una cesárea por donde salió mi gran amor, un sol mexicano que protege a mi pequeña Miss Sunshine y una flor de loto doble que viene de Singapur, donde encontré el equilibrio después de la batalla, o lo que es lo mismo, Mr. Good.

Las heridas cerradas son huellas de lo vivido, no hay más que acariciarlas para sentir la piel dura y resistente que nos ha hecho como somos. Podríamos contar nuestra historia a través de esas marcas en el cuerpo: recuerdos de momentos, triunfos unos, fracasos otros. Los disfrutamos, los superamos y seguimos adelante, aunque a veces queden costurones en el alma. Y cuando el tiempo cambia, pueden escocer o picar, para que no olvidemos lo que hemos aprendido a fuerza de arañazos.

Mi primer tatuaje era un Om 🕉, que representa la creación del universo, y que significa:

“lo que sucedió antes, lo que es ahora y lo que será más tarde”.

img_8074Muy premonitorio. Es un símbolo similar a la edad que cumplí entonces, pero ahora lo atraviesa en parte una nueva cicatriz, que hace que se parezca más al cincuenta que llegará en un año. Quizás esto sea una señal para que siga luchando por lo que quiero, para que no me apoltrone. Después de todo, mis treinta fueron memorables porque no paré, y los cuarenta aún más. Pronto llegaré al último año de esa década. Los nuevos treinta, dicen. Pero esta vez con las arrugas y las estrías de la experiencia, que es como hay que vivir.

 

 

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