PASAR EL LUTO

Veo la Navidad acercarse como un tornado que alterará nuestro ánimo molido. Muchos sentimientos encontrados, sobre todo, porque tenemos niños alrededor y familiares ausentes. Las ausencias pesan más en estos días, no importa la edad o las circunstancias que tengamos, y éste ha sido un año de pérdidas, de partidas inesperadas. Como una epidemia paterna:

Mi padre y los padres de varios amigos nos dijeron adiós.

El destino no espera y se presenta sin avisar. Mi padre esperó a que estuviéramos en Madrid, abatido por su enfermedad. En otros casos, fue de forma repentina. En realidad, la muerte siempre es por sorpresa, una desagradable que se anuncia por teléfono o con el último aliento. Nos sumerge en un abismo que bloquea y, a pesar del desconsuelo, solo podemos  asumir el final del ciclo de una vida.

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Cuando parece que las lágrimas se acaban, tu mundo emocional se tambalea. Después de la madre –y no quiero ni imaginar ahora lo que puede suponer su pérdida–, el padre es nuestro referente, nuestro guía, sin importar el tipo de relación que tuviéramos. Él estuvo ahí desde que tenemos memoria, nos enseñó, nos regañó, nos aconsejó. Y si no lo hizo, es el momento de perdonar y olvidar, porque ya no puedes recriminarle nada. Se apagó la luz de la consciencia, no hay presencia alguna.

Surge entonces una sensación extraña de vacío, de abandono. Es el sentimiento de orfandad. La niña interior se queda sola en el mundo, ha perdido su norte, como el pajarillo que voló del nido y no sabe cómo regresar. Estás sola ante un futuro confuso y aterrador. Da igual que seas adulto, el tiempo que haga que te independizaste o los meses que llevabas sin verle. ERES HUÉRFANA. Y eso es un rango en la escala de ausencias, como la viudedad, que se intensifica cuando se es madre y ves el desamparo  reflejado en tu prole.

Nuestra memoria, terca, se niega a relegar al olvido a quien nos vio nacer y envuelve la ausencia de recuerdos: las veces que fuisteis juntos al cine los dos, su comida favorita, el olor de su colonia, los enfados, las risas. Tu padre está más presente de lo que lo estuvo nunca y te aferras a la idea de tenerle aún, de poder marcar su número y hablar con él. Todo evoca su presencia y esa presencia es él mismo integrado en ti. Porque tú eres tú y tus muertos, no solo tus circunstancias. Forma ya parte de ti. Quizás por eso, aunque temamos hablar de la muerte, ahora que mi padre ha muerto, creo que ya sé de lo que hablo, y eso me empuja a celebrar la NaVIDAd.

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