LA VIDA SIGUE IGUAL

Como en un déjà vu, regresamos a España brevemente de vacaciones después de siete meses. O debería decir a Cortylandia, porque desde el momento que ponemos el pie en Madrid, entre compras varias y planes múltiples, más que a un veraneo, esto se parece a una montaña rusa. Son unas vacaciones atípicas, lejos de aquel eterno viaje en coche a la playa, cargados hasta los topes, con días de monotonía y deberes Santillana, sombrilla, dos horas de digestión y un helado por el paseo marítimo. En esta atropellada escapada apuramos familia y amigos para asegurarnos que todo sigue igual: los padres mayores y agradecidos de tener una oportunidad más de abrazarnos; los amigos dispuestos a revivir las noches, las confidencias, las risas y las emociones de siempre; los hermanos resignados a los ratitos que arañamos a una agenda repleta de citas.  Nosotros haciendo malabares con el tiempo y las energías para alcanzar las expectativas de todos, a la vez que conseguimos reservar unos días para la molicie propia del verano, aunque no han salido como esperábamos. Y en el aire, siempre, la eterna pregunta: ¿cuándo volvéis?

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La vida sigue igual, que cantaba Julio Iglesias, y qué razón tenía. Porque cambian circunstancias, percepciones, aunque la esencia es la misma. Bares y restaurantes nuevos, pero la cabra tira al monte y acudimos a los de siempre con los amigos de siempre. Que los nuevos se agradecen, pero las vivencias no se pueden olvidar. Lo exótico no es vivir en Singapur, sino tener el tiempo suficiente para saborear con calma un tinto de verano en condiciones y unos boquerones en vinagre rodeados de nuestra gente, o mostrarle a mi pequeña Miss Sunshine el Madrid que nos vio crecer.

Nos dejamos por el camino amigos que no da tiempo a ver y ni siquiera a avisar. Sentimos la culpa de no estar a la altura, de no llegar a todo, de no hacer más por los nuestros. Siempre con un lo siento en la boca y un la próxima vez. Fustigamos un poco nuestras conciencias, pero no aprendemos. ¡Qué pobreza la nuestra, míseros mortales, no gozar de la omnipresencia y la eternidad de los dioses!

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Vuelta a Singapur con el jet lag de rigor y una maleta perdida. Vamos a echar de menos a los amigos que se marchan o están a punto de hacerlo, mientras recibimos a nuevos expatriados que comienzan su aventura asiática. Mi pequeña Miss Sunshine inicia ilusionada el nuevo curso en el colegio “de mayores” y mi querido Mr. Good tiene el firme propósito de madrugar menos y disfrutar más de la vida familiar. Planeamos un futuro impredecible más cerca de España y yo me planteo cómo encauzar este gusanillo por la escritura, ahora que mis días van a ser más largos. Entre tanto, Julio Iglesias tiene un nuevo hijo secreto que añadir a la prole. La vida sigue igual.

 

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NUNCA ES TARDE*

Siempre he sido de reacciones lentas, aunque esta vez he tardado 40 años de matrimonio y dos hijos en recuperar mi vida. Leonard me sorprendió en verano con un crucero por Madeira como regalo de aniversario. Lo más lejos que me había llevado nunca fue a Mallorca por las bodas de plata y, aunque hacía mucho tiempo que no teníamos nada que celebrar, pensé que al menos nos airearíamos. Pero tanto me aireé, que casi no vivo para contarlo.

Yo era un ama de casa con una vida apacible en Compton, sin más aspiraciones que criar a mis hijos hasta que se fueron a la universidad, y que sólo esperaba la visita de los nietos para que alegraran un poco mi existencia. Elegí un marido cuya pasión se limitaba a la partida de dardos n el pub y que vivía convencido de que mi felicidad se encontraba entre los azulejos de nuestra cocina. 60dPude haberme casado con John, pero con dieciocho años me asustaron sus ansias de conocer mundo. Era una chica mona, tenía mis pretendientes y me las daba de moderna con aquellas minifaldas que me pasaba mi prima Mary, la de Londres. Salía al pub con las amigas, fumábamos, bebíamos como si no hubiera un mañana y ahorrábamos para poder ir a la discoteca de Guildford a ver si conocíamos algún chico de fuera. Y allí encontré a John: alto, moreno, con una mirada llena de curiosidad. Me recogía en su moto y recorríamos el condado de Surrey, mientras yo me abrazaba a él loca de amor. Me hablaba de irnos a Londres, a París, a Nueva York, como si pudiéramos llegar sin bajarnos de aquella moto. Él quería conducir hasta la costa, cruzar el Canal, viajar sin rumbo y dejarse llevar por el destino. Pero resultó que yo no era tan moderna, aunque enseñara piernas, y no le seguí. Me quedé en el pueblo, resignada a las tardes en el pub y sus pintas de cerveza, y me conformé con Leonard, mi vecino, un buen chico que trabajaba ayudando a su padre en el negocio de fontanería, al que, como decía mi madre, no le iba nada mal. Nos casamos, tuvimos un niño y una niña y así ha sido mi vida, sin más emociones que el nacimiento de mis hijos, de mis nietos y los veranos en Brighton.

Fue una impresión encontrar a John de anfitrión en aquella cena del capitán, como sacado de una novela romántica. Seguía tan apuesto como siempre, el mismo brillo en los ojos y ese pelo aún moreno que destacaba sobre el uniforme blanco. Menos mal que le hice caso a Mary y me llevé el vestido que usé en la boda de la niña. Al menos su primera impresión debió ser la de una mujer elegante. Porque me reconoció enseguida y me abrazó con tanta intensidad y confianza que Leonard se quedó atónito. Y yo. Desde esa noche, muy a pesar del pobre Leonard, nos buscábamos por los pasillos y coincidíamos en todas las cubiertas. Aquel barco iba a ser mi Titanic, pero yo estaba dispuesta a compartir mi tablón.

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Al llegar a Funchal, Leonard, que no es tonto, me dijo que nos volvíamos en avión, que tanto mar le tenía mareado y su tensión se lo iba a agradecer. Sumisa como siempre he sido, le acompañé al aeropuerto, sin plantearme siquiera otra versión de la historia. Hasta que vi el barco desde los ventanales de la terminal. Y reaccioné, por fin reaccioné. Le di un beso en la mejilla al pobre Leonard, le dije que le llamaría y salí en busca de un taxi que me llevara de nuevo al puerto. Al llegar, contemplé desgarrada cómo partía la nave y no lo dudé: salté al agua sujetando mi maleta y empecé a patalear con la esperanza de que alguien me viera desde el crucero y me rescataran. Una hora hizo falta para el salvamento, pero allí estaba John, esperándome en cubierta, dispuesto a recuperar el tiempo perdido.

*Nota: Historia basada en una noticia real.

BENDITA RUTINA

Ya sé, todos andamos así, medio “descolocaos” después de las vacaciones. Precisamente por eso echamos de menos la rutina que tanto nos aburre y nos agobia durante el año. Pero en mi caso, nunca pensé que diría esto, siendo tan poco amiga de hábitos y horarios. Claro que después de mes y medio fuera de casa, necesitaba normalidad, y hasta disciplina. Cuatro semanas de hospital y residencia, horas de butaca y desánimo, con turnos para comer, para salir a la calle, quedar con amigos y, sobre todo, ordenar la vida de mi pequeña Miss Sunshine. A punto he estado de llamar al mismísimo Clint Eastwood de “El sargento de hierro” para que me pusiera las pilas con mi falta de organización. Porque yo tengo una gran facilidad para distraerme de las buenas costumbres aparentemente arraigadas y darme al despendole casero. No ayuda que, al fin y al cabo, no estaba en “mi casa”, que mis cosas andaban desperdigadas en bolsas, maletas, armarios en diferentes pisos y cajas en el trastero. Que salí corriendo de un clima tropical y me metí de lleno en un lluvioso y frío invierno. Que mi cabeza andaba en otras preocupaciones que no era la intendencia doméstica. Y que todo esto, aparte de descolocar, cansa. La mayor damnificada de esta ausencia de rutinas ha sido mi pequeña Miss Sunshine, que, aprovechando la situación, sin colegio al que asistir en todas estas semanas, se hizo fuerte frente al televisor y se apuntó a la corriente del “no school, no rules” como si de una activista recalcitrante se tratara. Esto derivó en un caos total, con peleas para vestirla, para terminar la cena, para ir a dormir y hasta para abandonar el sofá y salir a jugar cuando el tiempo lo permitía. Tan joven y ya convertida en una rebelde contestataria. ¡Qué adolescencia me espera, Dios!

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Mi padre al fin volvió a casa, con pocas energías, pero ya en su terreno y muy bien atendido. Todo parecía bajo control, los niños empezaban las vacaciones escolares y mi pequeña Miss Sunshine tendría amigos con los que entretenerse sin necesidad de convocar motines a bordo. Mi querido Mr. Good llegó a Madrid, pero la cosa no mejoró mucho, porque entonces empezaron los compromisos sociales (bueno, de compromiso tenían poco, que las ganas de ver a los amigos eran muchas). Y vuelta a empezar con el desorden diario, lo que unido a las fiestas navideñas, desembocó en la necesidad imperiosa de regresar a la sencillez de la vida en Singapur, que se ha convertido en nuestro Kansas de “El mago de Oz”.

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Leo en varios medios sobre la ansiedad por volver a la normalidad, sobre todo cuando hay niños por medio. El hombre es, al fin y al cabo, animal de costumbres que marcan su existencia, por muy mala fama que tenga esa inercia diaria. Se juntan, además, los propósitos de año nuevo, de los que huyo como de la peste. Pero no estaría mal intentar hacer de esa cotidianidad algo divertido, o al menos, recordar lo bueno de la  rutina y no asociarla con aburrimiento, por muchas responsabilidades que nos impongamos. En definitiva, que es beneficioso romper la homogeneidad de nuestras vidas y que las visitas a la familia son entrañables, que se agradece el calor de los lugares comunes y la celebración de la amistad, pero ahora, aparte de la bendita rutina, necesitamos unas vacaciones para recuperar el tono vital, que se nos ha debido quedar en alguna copa de champán.

¡Feliz año a todos!