ENHEBRADOS DEL BRAZO

Por una serie de circunstancias que han tenido lugar recientemente, no hago más que pensar que mis padres nunca conocerán el país donde vivo. De forma recurrente imagino cómo sería si pudieran viajar a Singapur. Muchas veces paso por delante de una de esas típicas shophouses, y sólo pienso en lo que le gustarían a mi madre esas puertas decoradas, esas molduras y azulejos coloreados. Tendría tantas cosas que enseñarles que no sabría por dónde empezar.

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Con todo lo que han viajado, seguro que lo primero que les sorprendería sería el aeropuerto, tan perfecto, tan dinámico, con las esculturas en movimiento que hipnotizan y los jardines interiores que le dan vida. Después, tendrían la oportunidad de conocer mi casa, de vivir mi familia y mi día a día. Comprobarían los olores y el calor de la ciudad, el bullicio de Orchard Road, y disfrutarían de la naturaleza viva que se resiste al urbanismo salvaje. Podríamos sentarnos en alguna terraza de un café y probar  las múltiples variedades de kopi (café con leche condensada), que harían las delicias de mi padre. O bien degustar un cóctel, como el Singapore sling, en el Raffles Hotel, para así coger fuerzas y seguir con el paseo. Visitaríamos los templos más característicos, contemplando budas y otras deidades, a cual más esperpéntica. Y recorreríamos Chinatown, donde mi padre se agobiaría con tanto puesto y tanta gente, para terminar refugiándonos en alguno de los centros de masaje de pies.

Como todos los visitantes que llegan hasta aquí, no podría faltarles una visita a Marina Bay Sands, donde disfrutar de las vistas desde lo alto del hotel, y alucinar con el lujo de las tiendas en su centro comercial. Les hablaría de lo que conozco de la historia de Singapur, de Sir Raffles, de la emigración china o de sus barrios étnicos. Al anochecer, contemplaríamos el magnífico espectáculo de luces en Gardens by the Bay, después de perseguir a mi pequeña Miss Sunshine en su patinete. Para cenar, nada mejor que llevarles al mercado de Lau Pasat, y así probar un poco de la gastronomía local. Puedo ver a mi madre probando cada plato para advertir a mi padre, “Enrique, no comas eso, que pica”.

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Mis amigos estarían encantados de conocer a mis padres, de escuchar sus “batallitas” sin fin, y comprobar que soy una mezcla de los dos, aunque cada vez tiren más los rasgos maternos. Ellos entenderían por fin lo que es un play date, cómo es la vida por aquí, lo intrincado de comprar en un mercado local o de hacerse entender por algunos taxistas. Sufrirían el azote implacable de los aires acondicionados, la violencia de la lluvia y las tormentas y el ardor de las calles, aunque seguirían sonriendo solo por poder acompañarnos. Como colofón, nos repartiríamos entre el Jardín Botánico, para que mi madre admirase la diversidad de orquídeas, y la playa de Sentosa, donde mi padre tomaría el sol en un escenario de palmeras y refinerías.

Si esto fuera posible, agradecida observaría a mis padres caminando enhebrados del brazo, de charla con mi querido Mr. Good, por un parque de esta ciudad. Y mi pequeña Miss Sunshine les dedicaría alguno de sus ingeniosos dibujos: “para Tite y Mila con amor”.

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