VIEJÓVENES

Nos hacemos mayores, no hay vuelta atrás. Cascarrabias amnésicos que protestamos por todo, con vista cansada, estrechos de miras, achacosos y maniáticos porculeros. Porque yo, al menos, estoy en plan “un día eres joven y al día siguiente…

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¿Ruido? Pero si voy a conciertos donde los decibelios no me dejan escuchar ni mis pensamientos, mientras vocifero con todas mis ganas los estribillos de las canciones como una groupie enfervorecida. ¿Qué c*** me ha pasado?

Sospecho que es un trastorno bipolar que se manifiesta el día que te llaman SEÑORA, como dice mi adorada Sol Aguirre. Te miras al espejo y te cuesta reconocerte entre patas de gallo y raíces grises. Te untas de potingues para mitigar los estragos de la edad, te tiñes –no por moda– y te apuntas al gimnasio o a correr como las locas para evitar que la gravedad se cebe en tus carnes antaño prietas. Y sigues pensando que eres joven.

PERO NO.

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Empiezas a tener más revisiones médicas que planes para salir de marcha. Quedarte en casa un sábado por la noche viendo tu serie favorita se ha convertido en el objetivo vital de la semana. Sigues a más influencers que te proponen actividades para  los churumbeles que a las que te cuentan qué se cuece en tu ciudad. Ya no te hablo de calzarte el taconazo para salir una noche o recuperarte de una resaca, que se han convertido en  pesadillas peores que una paralela de Hacienda.

No queda otra que hacer frente a la del espejo, sacarle la lengua y reírte de su falta de ganas. Hay que seguir corriendo aunque te crujan las rodillas; hay que seguir bailando, como hacían Alaska y los Pegamoides; hay que seguir soñando para darle alas a esa niña que  tiene ganas de ponerse perdida pintando con acuarelas. Y dejar de protestar sin motivo. Porque la alternativa es hacerse vieja y ver los toros desde la barrera, dejando que los años pasen por nosotras y no a la inversa.

A mí, a veces, me cuesta crecer y pensar en el futuro sin agobiarme. Veo a mi madre tirar la toalla, cansada de la vida, y me revuelvo. Luego aparece mi pequeña Miss Sunshine con sus ojos desprendiendo curiosidad y esas ganas de descubrirlo todo. Son señales de advertencia. Como la cita de Azorín que escuché ayer:

“La vejez es la pérdida de la curiosidad”.

Amén.

Entonces me doy cuenta de que, a mi manera, sigo explorando el mundo. Cuando voy a la presentación de un libro, a una charla de alguien interesante, a una comida con emprendedoras. Cuando salgo de mi círculo y conozco gente nueva. Aprendo de las personas, de la vida. Porque hay más sabiduría en una reunión de amigas que en toda la Wikipedia. Y tiene más risas.

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No nos quedemos paradas, seamos viejóvenes. Es lo que me gusta de mi querido Mr. Good cuando dice que no se cree la edad que tiene, que, aunque sienta que no ha llegado donde debería estar, en realidad tiene la suerte de disfrutar de una edad mental inquieta y receptiva que no ha alcanzado aún a su edad cronológica, así que todavía le queda camino. Por eso he sacado entradas para un festival de música este verano, aunque tengamos que ajustar el Whisper XL y atiborrarnos de ibuprofeno al día siguiente.

 

 

 

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CUANDO MENOS TE LO ESPERAS

Hay una película de Edgar Neville, La vida en un hilo, que reflexiona sobre la influencia del azar en nuestras vidas y nos muestra cómo sería la historia si hubiéramos optado por un camino diferente al que elegimos inicialmente. La vi hace muchos años y me hizo pensar cómo decisiones que creemos insignificantes tienen consecuencias inesperadas: esa fiesta a la que casi no vas, donde conociste a tu pareja, o ese vuelo que cancelaste y se estrelló al despegar, por poner un ejemplo más drástico.

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Yo creo en el destino, en las casualidades que no lo son y en todo lo que está escrito para cada uno. Podemos cambiar el rumbo, pero hay algo inevitable en nuestra hoja de ruta que nos hace volver a donde debíamos estar. No es que haya un guion cerrado, con cada coma y cada entrada en escena marcada, pero sí un laberinto de caminos que elegir y que conducen irremediablemente a un fin determinado. Queda espacio suficiente para disfrutar de las cosas pequeñas y para dejarnos sorprender por detalles ridículos. Si no, nos perderíamos la magia de una mirada, de una risa, de un abrazo…

La vida se construye con esos momentos que se improvisan, en los que se actúa sin escaleta y nos ponen el vello de punta.

Escribí hace tiempo sobre la serendipia, eso que sucede afortunadamente cuando no lo estabas buscando. Como cuando no encuentras un calcetín y aparece el día que pierdes las gafas de cerca, vamos 😝. En mi vida ha habido mucha serendipia y me encanta, porque me gustan las sorpresas. Lo de tenerlo todo planificado nunca ha ido conmigo, aunque una idea general sí es de agradecer. A veces suceden cosas buenas, y entonces creemos que no las merecemos; otras veces son malas, y tampoco las merecemos. Pero con todas avanzamos, sacamos una lección y crecemos. No siempre hay un camino de baldosas amarillas que nos conduzca a Oz y, además, aparecen pedruscos que nos impiden seguir, que no entendemos por qué ni para qué están ahí, pero, como dice una maravillosa amiga, lo que sucede conviene, y terminamos por comprender su función y hasta la agradecemos.

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La vida es una montaña rusa que nos sube y nos baja, nos pone del revés sin avisar, pero que nos lleva donde debemos estar. De nosotros depende cómo tomamos esas curvas, a qué nos agarramos y cómo la disfrutamos, porque cuando más tranquilos estamos, ¡zasca!, llega un giro repentino y se viene abajo el tenderete que tanto esfuerzo nos costó montar. Vivir requiere dar lo que Einstein llamaba “un salto a lo desconocido”.

Y es que esto va de aceptar retos y, si quieres garantías, vete a El Corte Inglés.

Estoy ahora ante una de esos desafíos que se presentan en el camino y muero del susto, lógicamente. Dijeron que el amor no viene a casa a buscarte, ni el trabajo, aunque parece que con Deliveroo todo es posible. Después de consultar a mis oráculos, he decidido tirarme a la piscina, porque antes muerta que quedarme con la duda del “y si”. Quizás no pueda seguir escribiendo en este pequeño espacio y tenga que dejar aparcado algún sueño, pero esto son dos días y uno ya ha pasado. Así que, voy a sacarle todo el zumo a los limones que nos da la vida y a hacer un mojito para celebrarlo, porque, cuando menos te lo esperas, todo sale bien.

VIEJOS AMIGOS

Ahora que Marie Kondo está tan de moda, me pregunto qué recomendará sobre el número de amigos que hay que conservar. ¿Hará como con los libros? Treinta y va que chuta… Si es así, estoy más alejada de sus consejos de lo que pensaba, porque en cuestiones de amistad (y en muchas otras), rozo el síndrome de Diógenes. Acumulo amigos desde la más tierna infancia y, aunque no sean íntimos ni nos veamos con una intensa frecuencia, ahí siguen, en mi agenda y en mi vida. Es que soy un animal social que disfruta compartiendo sus historias con el que se deja y me cuesta cerrar puertas.

Amigos del primer colegio, del último, de la facultad, de diversos trabajos, amigos de amigos, espontáneos y hasta exnovios.

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No sé si elegimos a los amigos o hay una conjunción astral que los pone en nuestro camino. Hay veces que la amistad surge como una chispa y otras requiere pico y pala para sacarla a flote. A mí me faltaría el aire sin alguien con quien conversar o reír, al que confesarme y escuchar, con el que hacer planes y contemplar el mundo. Me gusta la gran mayoría de la gente, conocer su historia, encontrar conexiones, descubrir inspiraciones y admirar actitudes. Y los buenos amigos no hacen más que aportar sustancia, me hacen ser mejor persona, y eso es un chute de energía. Sirven de bálsamo y de resorte, de reposo y de dopamina. Se convierten en familia, son una relación con cimientos de anécdotas y experiencias vividas. Es un amor desinteresado y honesto, libre, sin ataduras, basado en la bondad de los beneficiarios.

Confieso que también disfruto de momentos de “bichobolismo”, de los que solo me sacan las ganas de un abrazo o una sonrisa ajena. En Singapur tardé un año en abrirme al mundo exterior, a gusto como estaba con mi recién estrenada vida familiar. Mi querido Mr. Good asumió la responsabilidad de cumplir como el compañero que lo abarcaba todo. Eso sí, en cuanto me propuse salir del dulce ostracismo, encontré los amigos que me dieron el aire fresco necesario para aliviar las altas temperaturas de la expatriación.

IMG_8130De vuelta en España he recuperado el contacto con muchos amigos, algunos apartados de mi camino, otros nunca se alejaron. Con la distancia y la edad aprendí a seleccionar y a valorar a aquellos que merecen el esfuerzo necesario para conservarlos. Esos que me han visto equivocarme pero no salen con un ya te lo dije; me han visto caer y han venido al rescate; me han visto triunfar y lo han sentido como un éxito propio. Amigos que se maravillan al verme crecer, que recuerdan a la niña que fui y solo le desean lo mejor, porque en una época compartimos pupitre o copas y estuve a su lado para llorar y reír, para jugar y soñar. Mis viejos amigos me infunden el calor que arropa este invierno madrileño.