FESTIVAL DE VERANO

Por el título de esta entrada algunas mentes perdidas pensarán que voy a hablar de la actuación de fin de curso de mi pequeña Miss Sunshine o del follón de organizar las vacaciones, pero nada más lejos. Si leísteis el post anterior y os sentisteis identificados con el concepto de viejóvenes, recordaréis que saqué entradas para un concierto de rock. Pues por fin acudí a mi primer festival, Músicos en la naturaleza, que, aunque no tenga un plantel de artistas repartidos por diferentes escenarios, ofreció las gloriosas actuaciones de Rod Stewart y The Waterboys, fieles seguidores de la máxima

Los viejos rockeros nunca mueren⚡️

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Dado que soy una urbanita recalcitrante, ni se me pasó por la cabeza la idea de acampar o alquilar una autocaravana para disfrutar a fondo de los prados. Nunca tuve edad para ello y ya es bastante deporte de riesgo aventurarme al monte con la alergia que arrastro. Además, con la ola de calor y el riesgo de incendios, preferimos alojarnos en un sencillo hotel de pueblo sobre el bar de la plaza, con su mobiliario castellano, su cortina de baño y su moqueta llena de historia.

Mucho más glamour, dónde va a parar.

Nos encaminamos felices en autobús de cercanías por la Sierra de Gredos hasta el concierto, cantando para nuestros adentros qué buenas son las madres ursulinas, cuando el motor se calentó y tuvimos que parar. Decidimos que, ante la posibilidad de quedarnos tirados más adelante en el puerto con la cabra hispánica como único medio de transporte disponible, mejor subíamos en taxi con unos compañeros de excursión para mantener nuestro señorío intacto. La peripecia nos demoró dos horas sobre el horario previsto, pero, aún así, logramos llegar a tiempo a una pradera magnífica rodeada de un pinar frondoso entre los montes de Ávila. Lo que se dice un marco incomparable para tan magno evento.

Y los amigos esperándonos con ganas de pasarlo bien.

No haré una crítica musical, que no es mi cometido, pero debo decir que el sonido era espectacular y la mezcolanza de público inmejorable. Tengamos en cuenta que la media de edad rondaba los cuarenta, que había un 6% en torno a los sesenta y que millenials solo se veían detrás de los puestos de bebida o acompañando a sus animosos padres. Así las cosas, lo de corear las canciones lo hicimos regular, que la memoria ya flaquea y la cerveza no ayuda. Pero hay que ver qué bien queda un nananá bajo las estrellas.

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Lo mejor de estar en plena naturaleza es que el olor a fritanga de los bocadillos de panceta se camufla divinamente con el aroma de los jarales, aunque quizás lo confundiera con el del hachís, que ya digo que no soy yo muy de campo. Lo que sí sé es que todos los allí presentes cantamos los estribillos a todo pulmón, nos pusimos tontorrones con las baladas de Rod Stewart y volvimos a sentirnos adolescentes con la versión al piano de The whole of the moon. Mi querido Mr. Good y yo regresamos al hotel de madrugada, renqueantes y agotados, pero sintiéndonos muy vivos, que es de lo que se trataba.

Y tú, ¿cuándo te sentiste vivo por última vez?

 

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