LA SONRISA DEL ABUELO

manos-abuelo-nic3b1o–¡Abuelo, abuelo! ¡Espérame!

El pequeño intentaba alcanzar al viejo, que caminaba unos pasos por delante arrastrando los pies. Las piernas torpes del niño se movían deprisa mientras estiraba el brazo derecho para tomar de la mano a su abuelo. El hombre tenía manos grandes de dedos ya huesudos y piel morena, cubiertas de manchas más oscuras encostradas por la edad. Agarró la mano regordeta e informe del crío como quien sujeta una flor de diente de león con cuidado de no aplastarla.

–No tengas prisa, canijo. Tienes una vida por estrenar y debes aprender a disfrutarla.

–¿Qué es disfrutar, abuelo? –los ojos verde abisal le brillaban al preguntar. Tenían la misma forma rasgada que los del hombre, de un verde más claro, pero con igual resplandor aunque cayera sobre ellos el peso de los años.

–Disfrutar es pasarlo bien, aprovechar cada momento, porque la vida está llena de cosas maravillosas que compensan de sobra las malas. Hasta las situaciones más amargas pueden beneficiarte de alguna forma, ya lo verás. Sé positivo, no te rindas. Y sonríe –el abuelo dejó ver toda su dentadura y los hoyuelos en las mejillas, que ahora se alargaban en unos surcos que enmarcaban su boca amplia–. No dejes de sonreír, porque nunca sabrás las puertas que se abren con una sonrisa sincera.

El niño arrugó la cara, hinchó los mofletes y entrecerró los ojillos en una mueca inaugural que le provocó una carcajada:

–Siento cosquillas aquí dentro –y se tocó el pecho con la mano sin dejar de reír.

–Es la felicidad, hijo mío –respondió el abuelo emocionado–. No la dejes escapar, camina a su lado, compártela con los demás. Te la devolverán con creces. Y, sobre todo, haz la vida fácil a los que están junto a ti. Pero no temas dar tu opinión y escuchar la de los que piensan diferente. Yo me di cuenta tarde de lo importante que es escuchar, sobre todo a los que te quieren.

–Yo te quiero mucho, abuelo. Y también lo noto aquí, en el pecho.

–Claro, ahí está el corazón, y es el motor de tu vida. Debes dejarte guiar por él. Te equivocarás, fracasarás, pero no temas. El miedo será parte de tu vida, simplemente no dejes que la ocupe entera. Inténtalo de nuevo y sé siempre tú mismo, porque eres una persona importante para este mundo. Yo te querré eternamente, sin importar lo que hagas.

Se detuvieron en el camino donde crecían unas amapolas. El nieto pasó la mano libre por los pétalos sintiendo la suavidad de su tacto. Cerró el puño con fuerza y arrancó una de las flores. Entonces dijo:

–¿Aunque no me porte bien?

–Si no te portas bien, tú lo sentirás antes que nadie. Y aún así, estaré a tu lado, no te dejaré solo. Aunque no me veas, estaré ocupando un espacio en tu pecho también. Y te recordaré que trates a todos con respeto, da igual qué o quién sea. Te daré ánimos para que continúes, para que creas en ti y persigas tus sueños.

Reanudaron el paseo en ascenso por el camino. El anciano siguió hablando:

–Acuérdate de mí sonriendo, cogidos de la mano como ahora, caminando por este valle. Guarda este momento en tu memoria, mi pequeño.

–Sí, abuelo. Este va a ser un recuerdo muy intenso –y se abrazó con tanta fuerza a las piernas del anciano que le hizo tambalear. El abuelo se agachó para ponerse a la altura del niño y le agarró por los hombros. Miró en el fondo de sus ojos como queriendo sumergirse en ellos, y le dijo con ternura:

–Ahora tengo que irme, querido Noah. Tú debes subir la ladera hasta la cima y yo me perderé en una de las nubes que se acercan por el horizonte. Solo me queda darte un último consejo: cuando estreches la mano a alguien, apriétala con firmeza, como si agarraras la vida, mira de frente a lo ojos y sonríe, para que esa persona se sienta importante y vea que tiene delante a un hombre muy especial.

 

A Noah, que llegó con la sonrisa de su bisabuelo grabada en el alma.

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