YA NO VIVO EN LA CIUDAD

Me gustan las ciudades. También me gusta el mar. Pero no soy de campo ni de montaña,  aunque los bosques y las junglas me seducen. Los parques me alegran y los árboles frondosos me traen buenos recuerdos. Me hubiese encantado tener una casa en la copa de uno y vivir mil aventuras jugando allí. Mis andanzas han durado cuatro años en una ciudad con los parques más exuberantes que he visto. Durante casi el resto de mi vida mi casa ha estado en las afueras. Pero los suburbios no me gustan. Allí no pasa nada.

Madrid desde Torres Blancas, Antonio López

Madrid desde Torres Blancas, Antonio López

Las carpetas del colegio las forraba con rascacielos y ventanas de edificios. El bullicio me parecía un paraíso entonces, cuando mis amigos se empeñaban en mostrarme las maravillas del campo. Y yo disfrutaba allí, porque estaban ellos, porque había vacas, cerdos y ovejas; porque estaba de visita. Pero no me tira el pueblo. Me gusta bajar a la calle y caminar por las aceras, ver caras conocidas a las que dar los buenos días, ir a las tiendas del barrio, sacar a mi chica Frida hasta un parterre y sentarme en un banco a leer si hace un poco de sol, mientras ella corretea cerca.

Quiero moverme en autobús, que el taxi no me aplique tarifa de zona B, que ir andando sea una opción y que el coche se quede sin batería por falta de uso. Quiero ver los carteles de los próximos estrenos por la calle, que no tenga que planificar las salidas en función del tráfico de entrada y que no me dé pereza ir al centro porque se hace eterna la romería para llegar. Quiero una plaza cercana con una terraza tranquila al mediodía, que mi pequeña Miss Sunshine monte en bici alrededor y juegue con los amigos que encuentra sin quedar. Quiero ir a tomar el aperitivo y no saber qué bar elegir, o tener uno de siempre.

Me encantaría apuntarme a un taller, a una conferencia, a una exposición o a una cena sin pensar qué parking queda cerca. Ver gente que pasea, que va con prisa, que habla por el móvil o busca una calle. Escuchar los motores lejanos y los pajarillos en el balcón. El sol que se pone entre los tejados se despide con un cielo de franjas azules, rosas y naranjas para presentar una noche de estrellas escasas y una luna brillante. El ruido de una radio que se cuela por el patio de luces, el portero que controla si vienes o vas, la vecina que no saluda ni al compartir el ascensor.

Vivir en una ciudad tiene su encanto. Depende de dónde, lo sé. Nací urbanita, acomodada a los usos y costumbres de la ciudad, como dice el DLENo tengo pueblo al que huír y el único refugio que deseo está frente al Mediterráneo. Extraño ese bullicio urbano aunque la madurez me lleve a calles menos transitadas. Un día volveré a la urbe, a sentir cómo respiran las aceras e inspirarme con sus latidos. Después me escaparé con mi querido Mr. Good a un pueblo con mar.

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