MUJERES Y HOMBRES

Casi siempre he trabajado en entornos mayoritariamente femeninos (de empleadas, no de directivas) y no me he sentido discriminada en mi vida profesional. Aun así, algún jefe torpe me ha tratado diferente y he sufrido abuso, miedo o recelo como mujer en otros ámbitos, lo que me ha hecho rebelarme siempre. Debe ser porque mi educación tuvo un poso machista importante. Mi madre insistió en que mi hermana y yo tuviéramos la oportunidad de estudiar y trabajar para ser independientes y que pudiéramos sacarnos las castañas del fuego solitas. Mi padre, sin embargo, era de la vieja escuela y en casa distinguía entre obligaciones y derechos de chicos y de chicas. Por suerte, pesó más la doctrina materna.

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La perspectiva cambió al llegar a Singapur. Mi intención era seguir trabajando, pero mis veinte años de experiencia no interesaron en aquel mercado laboral. Esto supuso muchas comeduras de coco, charlas con mi querido Mr. Good y bastante resignación, hasta que acepté que ocuparme exclusivamente de mi familia no era ningún fracaso. Como yo, conocí a otras muchas expatriadas que habían seguido a sus parejas, y, por ello, renunciaron a sus carreras. Sin embargo, TODAS, que tenían un gran currículum a sus espaldas, mantenían la esperanza de volver a sentirse “útiles” algún día. Y es que somos la generación que rechazaba el modelo de nuestras madres, amas de casa abnegadas, lo que nos empujó a salir sin camino de vuelta, por eso me costó mucho no sentirme culpable y entender que ese trabajo también era provechoso.

Lo singular de esta situación consensuada fue comprobar que igualmente se daba el caso inverso, cuando el hombre era el que seguía a la mujer. De acuerdo, eran los menos, pero existían, y sufrían una doble discriminación en un mundo que puede llegar a aceptar mujeres que renuncian y cuidan del hogar, pero no a hombres que asumen ese rol y que tampoco son bienvenidos en grupos tradicionalmente femeninos.

En ambos casos subyace el dominio masculino, la dependencia y el estigma social. En cuatro años de expatriada siempre dieron por supuesto que quien decidía en mi casa era mi marido. Y lo mismo ocurriría con mis amigas trabajadoras con maridos “caseros”. Así como con ellos, que tenían que disimular su condición de amos de casa. Todo se reduce a la diferencia de género y a las asunciones que hace la sociedad sobre lo que está bien o mal según el sexo. ¡Qué hartazón!

Hay que derribar estereotipos, mujeres y hombres UNIDOS, que de esto va la justicia social. 

Para ello es fundamental una educación igualitaria, niños y niñas con las mismas oportunidades e idéntica capacidad de decisión. Para elegir profesión u ocupación sin culpa, para disfrutar de la baja de paternidad sin complejos, para decidir no tener descendencia sin coacciones sociales o para escoger la ropa que ponerse sin prejuicios, por poner algunos ejemplos. La única manera de avanzar es formar hombres y mujeres dispuestos a trabajar en igualdad de condiciones, codo con codo en la oficina y en casa, compartiendo tareas entre todos, no como meros ayudantes. Juntos, sin odio, sin superioridad de un sexo sobre otro, sin posesiones absurdas y fatídicas. Entendiendo que solo así ganamos todos. Porque, como dice Chimamanda Ngozi, «Todos deberíamos ser feministas».

**El 8 de marzo se sigue celebrando el Día Internacional de la Mujer porque aún queda mucho camino para la igualdad de derechos y, si no se reivindica, se olvida, se da por conseguida.

 

 

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NO ES UN ADIÓS*

Cuatro años después emprendemos el viaje de regreso a Madrid. Sigo sin hacerme a la idea, por más que las maletas estén a medio hacer, las despedidas se hayan acumulado en la agenda y las emociones nos desborden. Singapur me ha dado mucho, empezando por una familia y una vida nueva, gracias a mi querido Mr. Good y a la feliz jugada del destino que nos unió. Intento imaginar cómo será la vida a partir de ahora, y qué recordaré de este país que tanto significa para mí.

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Empiezo por las cosas que NO echaré de menos para nada, como el calor que te aplatana y te pesa. La humedad densa, el moho traicionero, el pelo indomable, el sudor persistente. La distancia ya no será una losa, aunque ahora tendré que contar las horas hacia adelante cuando me aceche la nostalgia y extrañe a las amigas de aquí. No echaré de menos el elevado precio de la mayoría de los artículos, el descalabro de hacer la compra o los productos insípidos. Ya no tendré que recorrer pasillos como si buscara a Wally para dar con los ingredientes de mis recetas occidentales y podré dirigirme a la sección de lácteos sin emular una expedición al Polo Sur. Formarán parte del olvido la inclemencia de las salas de cine híper refrigeradas y las corrientes implacables de los aparatos de aire acondicionado. También me sobrarán los olores penetrantes de algunas comidas que saturan calles o taxis y el hedor del durian, que tanto detesto. Atrás quedarán los ácaros feroces que tanto cariño me tomaron y las bacterias anabolizadas que vapulearon a mi querido Mr. Good. Echaré de más los días de lluvia incesante, cuando todo se vuelve incómodo y gris; los cielos brumosos que ocultan el sol, la luna y hasta las estrellas; y, por descontado, el haze, que ahoga campos y ciudades.

ab5d65ba-e635-4ff0-83c6-51067858a951Sin embargo, no sé cómo voy a vivir sin este verano perenne, que impregna de vida todo lo que toca. Lo echaré de menos cuando pasee a Frida, después de tanto tiempo sin sentir un invierno, y no pueda salir con lo primero que pille encima y en chanclas a la calle. Ya no nos encontraremos gallos o lagartos en las aceras y necesitaré el coche para llegar a un parque frondoso donde soltarla y que corra feliz. Extrañaré no llegar andando casi a cualquier sitio y disfrutar de los mil y un planes, para niños y mayores, a tiro de piedra. Me faltará el color de las calles, de la gente de mi barrio que parece sacada de un musical: el portero indio de acento imposible, el camarero srilanqués con la sonrisa pegada, el panadero filipino tierno como un sobao o mi ángel Marie, aireando la casa con su voz cantarina. Esos pequeños momentos del día a día, como la excusa de los play dates de las niñas para disfrutar de un café y una buena charla. No habrá más viajes exóticos, por ahora, ni cabañas junto al mar, ni ciudades caóticas o elefantes cruzando la calzada. Echaré de menos esas tormentas con mil rayos y truenos que estremecen la casa, la playa de juguete con los cargueros al fondo, los paseos por el río y la sensación de seguridad que destila esta Suiza del sudeste asiático.

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Pero, sobre todo, se quedará un vacío inmenso en el lugar que ocupan los amigos que encontré aquí, donde me he sentido querida y acompañada a lo largo de estos años. Si siguiera la tradición polinesia de las despedidas y me llevase un collar de conchas marinas por cada amigo que dejo atrás, mis cervicales se resentirían más de lo que ya lo hacen. Colgarían de mi cuello estrellas de mar de parte de “mis chicas Henry”, brillando con su amor, sus ganas de ayudar y compartir; una caracola donde resonarían la generosidad incondicional, las risas y los consejos de mi “Amparo” y de su familia, que ha sido la nuestra; y perlas por todos los que han formado mi red de seguridad y me han enseñado tanto sobre la bondad del ser humano. Todos han formado parte de mí en este viaje único y especial, y eso me lo llevo conmigo, dondequiera que vaya. Gracias por tanto, de corazón.

¡HASTA SIEMPRE, SINGAPUR!

 

*Nada hubiese sido lo mismo sin Marcela y familia, House on the Hill, Majoy y familia, Carrie, Elena, Ryoko, Sachiko, Mika, Isabelle, Miriam, Milay y familia, Nicole, Zu y familia; Arancha, Andrés y los niños; Antonio de Nongsa Resorts, Paloma y Fernando; Sonia, Silvana, Paola, Iris, Laura, Priscila, Mónica, Bettsy, Paly, Natalia, Andrea, Arlene, Mirna, Ana, Jinny, María, María José, Cynthia, Raquel, Vany, Luli, Sylvia y todas sus preciosas familias; Marta, Toñi; Mónica, Carlos y los niños; Antonio, Bea y Chloe, los Domingueros, Mar, Magdalena, Lupita y familia, Nexus, el Book club, SOSD,…

MAJULAH SINGAPURA

No es un trabalenguas, ni estoy hablando al revés. Majulah Singapura es el himno de Singapur, que celebra hoy su 53 aniversario, y traducido del malayo (aunque está “singlishizado”) significa Adelante, Singapur. Este día se convierte en una ocasión más para iluminar la ciudad, con las calles llenas de vida y el cielo invadido de banderas y fuegos artificiales. Me pongo un pelín nostálgica porque, si el destino no hace alguna de las suyas, esta será la última fiesta nacional que pasemos aquí. Y así quiero recordar este país, como la Tómbola de Marisol, “de luz y de color”.

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Sandra Macheroux Photographer

El verde es el color que asocio a Singapur y no el rojo de su bandera, que todo lo inunda en estos días. Con permiso de Federico García Lorca y su Romancero sonámbulo, “verde que te quiero verde” es un verso que le va muy bien al país. La vegetación se cuela hasta la ciudad: en un parque, en un tejado, en las aceras o en un rascacielos, incluso. Y esto, para una urbanita recalcitrante como yo, que no le veo el encanto al campo ni para coger aire, me da la dosis silvestre suficiente para sentirme cerca de la naturaleza. Más de un cuarto del territorio de Singapur es verde y es la primera de las diez ciudades con más árboles por metro cuadrado del mundo. Esos árboles majestuosos que me dejan embobada cuando los (ad)miro. No por nada los locales llaman a esta urbe City in a garden.

Esta ciudad tiene un equilibrio perfecto entre lo nuevo y lo viejo, entre el cemento y el césped, entre lo grande y lo pequeño. Hay espacio para todo y para todos, a pesar de su diminuto tamaño, sin dar una sensación de claustrofobia o aglomeración. Aquí se esfuerzan por  encontrar soluciones creativas y avanzadas tecnológicamente para la conservación medioambiental (aunque cojeen en otros aspectos, como el reciclaje). El colmo de esta ingeniería sostenible sería el puente verde que pasa sobre una de las autovías y que permite que los animales salvajes crucen sin peligro de ser arrollados. O los edificios que integran auténticos vergeles en sus estructuras.

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Tanto verdor trae un poquito de alivio al calor de estas latitudes, porque no puedo imaginar lo que sería esta isla si solo hubiera asfalto. También alberga una fauna maravillosa que convive como puede con la ciudad y sus habitantes humanos. Me fascina que por las mañanas temprano, en pleno Orchard Road, puedas ver gallos y gallinas paseando a sus anchas. Que en los parques haya pájaros de todos los colores, incluidos, para mi asombro, tucanes espectaculares. Se pueden ver familias de nutrias en las proximidades más concurridas del río y lagartos del tamaño de un triciclo buscando su comida en los estanques del Jardín Botánico. Hay caracoles como puños de grandes, monos traviesos que se cuelan en algunos jardines particulares y hasta tímidos  pangolines que habitan en las reservas naturales.

Quizás tarde un tiempo en regresar a este país 2015-02-05 11.34.57y me tendré que resignar a que mi pequeña Miss Sunshine piense que los edificios de Madrid son aburridos. Es posible que no vuelva a ver tanta diversidad cultural, racial, religiosa y vegetal junta. Quién sabe, porque al universo le gusta hacer malabares con mi vida y lo mismo termino viviendo en Suiza, adepta al senderismo y entregada a una vida bucólica. Pero no creo que pueda volver a enamorarme de un parque como de Fort Canning.