OPORTO

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Escapar. Dejar atrás la lluvia y los nubarrones. Una hora de vuelo para alejarse tan cerca. Una hora menos para olvidar la rutina y pretender que es viernes. Segundafeira suena mejor que lunes, ¿no crees? Mirar como una niña y ver el mundo por primera vez. Pareces más alta, más rubia, con los ojos más azules. 

La vida sienta mejor cuando te duelen los pies de caminar sin rumbo, siguiendo el mapa del revés. ¿Por donde se pone el sol? No hay hora para descansar o tomar aire, la dura vida del turista. Una iglesia, un palacio, la estación, una torre. Ponme una copa de vino verde y ya no podré dejar de sonreír. Me gustas tanto.

El acento cerrado, el corazón abierto. Corazón de gallo que canta en la música de las plazuelas. La ropa tendida viste los balcones de fiesta. Saludan los azulejos de las fachadas para sacarle los colores a la piedra oscura, testigo de reyes y conquistas. Café de pescadores, platos de sardinas, rabelos por el Douro.

Hay gaviotas vigilando nuestras sombras desde lo alto. Miran curiosas, perplejas; los ojos oscuros, el cuello torcido. Pían, o graznan. No sé cómo se llama el sonido de las gaviotas. Otean, observan, desconfían. Planean  orgullosas, dueñas del cielo. Las ciudades con gaviotas son siempre más bonitas.

Huele a brisa y a lluvia. El sol asoma con timidez por encima de los tejados. Subimos cuestas empedradas, nos perdemos por callejuelas. Encuentro aliento en tus brazos,  me enciendes y me arrullas. No hay nada que no podamos vencer juntos. No hay viento que nos detenga. El río es muy ancho pero tenderemos un puente de hierro para cruzarlo. De la mano es más fácil. Siempre. 

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MUJERES Y HOMBRES

Casi siempre he trabajado en entornos mayoritariamente femeninos (de empleadas, no de directivas) y no me he sentido discriminada en mi vida profesional. Aun así, algún jefe torpe me ha tratado diferente y he sufrido abuso, miedo o recelo como mujer en otros ámbitos, lo que me ha hecho rebelarme siempre. Debe ser porque mi educación tuvo un poso machista importante. Mi madre insistió en que mi hermana y yo tuviéramos la oportunidad de estudiar y trabajar para ser independientes y que pudiéramos sacarnos las castañas del fuego solitas. Mi padre, sin embargo, era de la vieja escuela y en casa distinguía entre obligaciones y derechos de chicos y de chicas. Por suerte, pesó más la doctrina materna.

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La perspectiva cambió al llegar a Singapur. Mi intención era seguir trabajando, pero mis veinte años de experiencia no interesaron en aquel mercado laboral. Esto supuso muchas comeduras de coco, charlas con mi querido Mr. Good y bastante resignación, hasta que acepté que ocuparme exclusivamente de mi familia no era ningún fracaso. Como yo, conocí a otras muchas expatriadas que habían seguido a sus parejas, y, por ello, renunciaron a sus carreras. Sin embargo, TODAS, que tenían un gran currículum a sus espaldas, mantenían la esperanza de volver a sentirse “útiles” algún día. Y es que somos la generación que rechazaba el modelo de nuestras madres, amas de casa abnegadas, lo que nos empujó a salir sin camino de vuelta, por eso me costó mucho no sentirme culpable y entender que ese trabajo también era provechoso.

Lo singular de esta situación consensuada fue comprobar que igualmente se daba el caso inverso, cuando el hombre era el que seguía a la mujer. De acuerdo, eran los menos, pero existían, y sufrían una doble discriminación en un mundo que puede llegar a aceptar mujeres que renuncian y cuidan del hogar, pero no a hombres que asumen ese rol y que tampoco son bienvenidos en grupos tradicionalmente femeninos.

En ambos casos subyace el dominio masculino, la dependencia y el estigma social. En cuatro años de expatriada siempre dieron por supuesto que quien decidía en mi casa era mi marido. Y lo mismo ocurriría con mis amigas trabajadoras con maridos “caseros”. Así como con ellos, que tenían que disimular su condición de amos de casa. Todo se reduce a la diferencia de género y a las asunciones que hace la sociedad sobre lo que está bien o mal según el sexo. ¡Qué hartazón!

Hay que derribar estereotipos, mujeres y hombres UNIDOS, que de esto va la justicia social. 

Para ello es fundamental una educación igualitaria, niños y niñas con las mismas oportunidades e idéntica capacidad de decisión. Para elegir profesión u ocupación sin culpa, para disfrutar de la baja de paternidad sin complejos, para decidir no tener descendencia sin coacciones sociales o para escoger la ropa que ponerse sin prejuicios, por poner algunos ejemplos. La única manera de avanzar es formar hombres y mujeres dispuestos a trabajar en igualdad de condiciones, codo con codo en la oficina y en casa, compartiendo tareas entre todos, no como meros ayudantes. Juntos, sin odio, sin superioridad de un sexo sobre otro, sin posesiones absurdas y fatídicas. Entendiendo que solo así ganamos todos. Porque, como dice Chimamanda Ngozi, «Todos deberíamos ser feministas».

**El 8 de marzo se sigue celebrando el Día Internacional de la Mujer porque aún queda mucho camino para la igualdad de derechos y, si no se reivindica, se olvida, se da por conseguida.

 

 

DÉJALO TODO

Mi amiga Vanesa se ha tomado un año sabático, ¡qué envidia! Lo deja todo y se va a viajar, a vivir aventuras. Será el destino quien decida por ella y le lleve donde el viento sea favorable. Hay que ser muy valiente para hacer eso, lo habrá escuchado mil veces desde que decidió irse. También le habrán dicho qué ganas, si yo pudiera… Ella no tiene cargas familiares, cualquiera pensaría que así es muy fácil. Pero hay que hacerlo: ahorrar un poquito, echarle un par, hacer el petate y lanzarse por esos mundos de Dios. Tienes que arriesgarte y cruzar los propios límites. Y no todo el mundo es capaz.

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Veía su foto de despedida, en el aeropuerto, con su mochila a cuestas y su cara entusiasmada. Mira por última vez hacia atrás, con una mezcla de ilusión y vértigo en los ojos, pero sin miedo, aunque su vida está a punto de cambiar para siempre. Porque una experiencia así te transforma, te enfrenta a tus demonios y a tus virtudes, te expone, te desnuda, te muda la piel. Cuando regrese, si lo hace, será otra Vanesa, distinta a la de la foto en la terminal de salidas. Entonces me doy cuenta de que no debería sentir envidia alguna (sana, por supuesto), porque yo lo hice, fui capaz: lo dejé todo y me lancé al vacío. Había una red tupida esperándome en forma de Mr. Good. Y si eso hubiese salido mal, la red familiar habría aguantado el golpe a fuerza de comprensión y cariño. Así también es más fácil, pero hay que dar el paso y olvidar las certezas que uno pudiera tener sobre su destino para crear uno nuevo. A veces llega el momento en que el cuerpo nos pide dejarlo todo y arriesgarnos, bien sea por un sueño, un amor, un deseo o por nuestra propia salud mental. Y saltamos.

Sin embargo, no siempre hace falta un viaje para virar el rumbo y provocar un revuelo de mariposas en una espiral de emociones encontradas. Un divorcio, un trabajo nuevo, una mudanza, todos son cambios que nos ponen la vida patas arriba y nos empujan a otros hábitos, una versión diferente de nuestra persona que saldrá reforzada y segura de la decisión que tomó en su día. Porque es muy sano dejarlo todo, al menos una vez en la vida, y descubrir de lo que somos capaces. No podemos ser la señora aquella que vivía en el centro de una isla y no conocía el mar. Hay que salir de la rueda de hámster y, de algún modo, tomar las riendas de tu nave para surcar mares desconocidos, contemplar el paisaje, conversar con extraños y aprender de la experiencia. Incluso cuando los cambios no son voluntarios y lo vemos todo oscuro, cuando nos encontramos perdidos y la brújula se desnorta, hay un viaje de descubrimiento ahí escondido en el que te conviertes en un Colón en busca de tu Nuevo Mundo. Y esa puede ser una aventura apasionante.