HIPOCONDRÍA

La Real Academia de la Lengua Española define así la hipocondría:

De hipocondrio.

1. f. Med. Afección caracterizada por una gran sensibilidad del sistema nervioso con tristeza habitual y preocupación constante y angustiosa por la salud. 

En mi opinión, es una palabra muy bella del idioma español. Debe de gustarme porque me identifico un poco con ella. No por la angustia y la tristeza, pero sí por la preocupación. Soy muy de imaginar síntomas más graves de lo que realmente son y hasta desvarío con enfermedades incurables. Pero me lo quedo para mí, que debe ser de lo poco que me callo.

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En mi familia, sin embargo, no somos de ir a urgencias o al médico “a echar el día” y tendemos a la inconsciencia. Tenemos que estar ya muy mal para que nos arrastren a un box de esos. Así pasó mi madre una hepatitis casi sin enterarse, que somos muy toretes. Eso sí, a mí me ha tocado todo lo que había en la genética familiar y, quizás, me hubiese salido más a cuenta estudiar Farmacia o Medicina directamente.

Por el contrario, en lo que soy buenísima es en somatizar. Y eso sí que lo comparto.

Cualquier angustia, frustración o cabreo, yo lo transformo en un achaque del que me quejo con insistencia. Parece que cuanto más me cuesta soltarlo por la boquita, mi cuerpo, que no está dispuesto a tragar quina, lo saca con un ay.

Me ocurrió así con el desplazamiento de vértebra que hoy me tiene en una cama de hospital. Como no pude desquitarme todo lo necesario con un exnovio que merecía todos los males del mundo, mi espalda decidió que ya se encargaba ella de expulsar la rabia como en un exorcismo. Si hubiera sido más del tipo hipocondríaco, estos años de lumbalgias me habrían llevado a una silla de ruedas, lo menos. Pero como no me dio por ahí, seguí viajando, encorsetada y todo, y haciendo pilates para fortalecer la zona, que es en lo que insiste todo el mundo que te trata la espalda.

Hasta este año; bueno, el 2018. Han sido muchos imprevistos, mucha conmoción y mucha ansiedad contenida. La columna ha dicho ¡hasta aquí! y yo, a estas alturas, he pensado que a mejor no íbamos a ir. Así que, mejor aprovechar la logística que me rodea y el tiempo disponible para operarme.

Hace años me acobardé ante la idea de que me hurgaran la espalda, pero esta vez he decidido que, si he sido capaz de hacer las paces con el exnovio y ser amigos, también puedo dejar el miedo a un lado y darles a mi pequeña familia una versión mejorada de mí, aunque el yuyu de entrar en quirófano no me lo quite nadie.

Ahora escribo pasada ya la operación. Ha ido todo muy bien, mis ángeles de la guarda estuvieron al quite y el miedo se fue con viento fresco. Estoy muy, muy agradecida a mi querido Mr. Good, que no se ha separado de mí para nada; a mi pequeña Miss Sunshine, que solo quiere que su mamá esté bien; a mis hermanos y a mi madre, siempre al pie del cañón; a todos los amigos que han estado pendientes en cada momento; y, por supuesto, a todo el personal del hospital, que no han podido ser más encantadores y profesionales. Yo creo que, a este paso, en nada estoy azotando baldosa y dando volteretas laterales.

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YA NO VIVO EN LA CIUDAD

Me gustan las ciudades. También me gusta el mar. Pero no soy de campo ni de montaña,  aunque los bosques y las junglas me seducen. Los parques me alegran y los árboles frondosos me traen buenos recuerdos. Me hubiese encantado tener una casa en la copa de uno y vivir mil aventuras jugando allí. Mis andanzas han durado cuatro años en una ciudad con los parques más exuberantes que he visto. Durante casi el resto de mi vida mi casa ha estado en las afueras. Pero los suburbios no me gustan. Allí no pasa nada.

Madrid desde Torres Blancas, Antonio López

Madrid desde Torres Blancas, Antonio López

Las carpetas del colegio las forraba con rascacielos y ventanas de edificios. El bullicio me parecía un paraíso entonces, cuando mis amigos se empeñaban en mostrarme las maravillas del campo. Y yo disfrutaba allí, porque estaban ellos, porque había vacas, cerdos y ovejas; porque estaba de visita. Pero no me tira el pueblo. Me gusta bajar a la calle y caminar por las aceras, ver caras conocidas a las que dar los buenos días, ir a las tiendas del barrio, sacar a mi chica Frida hasta un parterre y sentarme en un banco a leer si hace un poco de sol, mientras ella corretea cerca.

Quiero moverme en autobús, que el taxi no me aplique tarifa de zona B, que ir andando sea una opción y que el coche se quede sin batería por falta de uso. Quiero ver los carteles de los próximos estrenos por la calle, que no tenga que planificar las salidas en función del tráfico de entrada y que no me dé pereza ir al centro porque se hace eterna la romería para llegar. Quiero una plaza cercana con una terraza tranquila al mediodía, que mi pequeña Miss Sunshine monte en bici alrededor y juegue con los amigos que encuentra sin quedar. Quiero ir a tomar el aperitivo y no saber qué bar elegir, o tener uno de siempre.

Me encantaría apuntarme a un taller, a una conferencia, a una exposición o a una cena sin pensar qué parking queda cerca. Ver gente que pasea, que va con prisa, que habla por el móvil o busca una calle. Escuchar los motores lejanos y los pajarillos en el balcón. El sol que se pone entre los tejados se despide con un cielo de franjas azules, rosas y naranjas para presentar una noche de estrellas escasas y una luna brillante. El ruido de una radio que se cuela por el patio de luces, el portero que controla si vienes o vas, la vecina que no saluda ni al compartir el ascensor.

Vivir en una ciudad tiene su encanto. Depende de dónde, lo sé. Nací urbanita, acomodada a los usos y costumbres de la ciudad, como dice el DLENo tengo pueblo al que huír y el único refugio que deseo está frente al Mediterráneo. Extraño ese bullicio urbano aunque la madurez me lleve a calles menos transitadas. Un día volveré a la urbe, a sentir cómo respiran las aceras e inspirarme con sus latidos. Después me escaparé con mi querido Mr. Good a un pueblo con mar.

NO ES UN ADIÓS*

Cuatro años después emprendemos el viaje de regreso a Madrid. Sigo sin hacerme a la idea, por más que las maletas estén a medio hacer, las despedidas se hayan acumulado en la agenda y las emociones nos desborden. Singapur me ha dado mucho, empezando por una familia y una vida nueva, gracias a mi querido Mr. Good y a la feliz jugada del destino que nos unió. Intento imaginar cómo será la vida a partir de ahora, y qué recordaré de este país que tanto significa para mí.

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Empiezo por las cosas que NO echaré de menos para nada, como el calor que te aplatana y te pesa. La humedad densa, el moho traicionero, el pelo indomable, el sudor persistente. La distancia ya no será una losa, aunque ahora tendré que contar las horas hacia adelante cuando me aceche la nostalgia y extrañe a las amigas de aquí. No echaré de menos el elevado precio de la mayoría de los artículos, el descalabro de hacer la compra o los productos insípidos. Ya no tendré que recorrer pasillos como si buscara a Wally para dar con los ingredientes de mis recetas occidentales y podré dirigirme a la sección de lácteos sin emular una expedición al Polo Sur. Formarán parte del olvido la inclemencia de las salas de cine híper refrigeradas y las corrientes implacables de los aparatos de aire acondicionado. También me sobrarán los olores penetrantes de algunas comidas que saturan calles o taxis y el hedor del durian, que tanto detesto. Atrás quedarán los ácaros feroces que tanto cariño me tomaron y las bacterias anabolizadas que vapulearon a mi querido Mr. Good. Echaré de más los días de lluvia incesante, cuando todo se vuelve incómodo y gris; los cielos brumosos que ocultan el sol, la luna y hasta las estrellas; y, por descontado, el haze, que ahoga campos y ciudades.

ab5d65ba-e635-4ff0-83c6-51067858a951Sin embargo, no sé cómo voy a vivir sin este verano perenne, que impregna de vida todo lo que toca. Lo echaré de menos cuando pasee a Frida, después de tanto tiempo sin sentir un invierno, y no pueda salir con lo primero que pille encima y en chanclas a la calle. Ya no nos encontraremos gallos o lagartos en las aceras y necesitaré el coche para llegar a un parque frondoso donde soltarla y que corra feliz. Extrañaré no llegar andando casi a cualquier sitio y disfrutar de los mil y un planes, para niños y mayores, a tiro de piedra. Me faltará el color de las calles, de la gente de mi barrio que parece sacada de un musical: el portero indio de acento imposible, el camarero srilanqués con la sonrisa pegada, el panadero filipino tierno como un sobao o mi ángel Marie, aireando la casa con su voz cantarina. Esos pequeños momentos del día a día, como la excusa de los play dates de las niñas para disfrutar de un café y una buena charla. No habrá más viajes exóticos, por ahora, ni cabañas junto al mar, ni ciudades caóticas o elefantes cruzando la calzada. Echaré de menos esas tormentas con mil rayos y truenos que estremecen la casa, la playa de juguete con los cargueros al fondo, los paseos por el río y la sensación de seguridad que destila esta Suiza del sudeste asiático.

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Pero, sobre todo, se quedará un vacío inmenso en el lugar que ocupan los amigos que encontré aquí, donde me he sentido querida y acompañada a lo largo de estos años. Si siguiera la tradición polinesia de las despedidas y me llevase un collar de conchas marinas por cada amigo que dejo atrás, mis cervicales se resentirían más de lo que ya lo hacen. Colgarían de mi cuello estrellas de mar de parte de “mis chicas Henry”, brillando con su amor, sus ganas de ayudar y compartir; una caracola donde resonarían la generosidad incondicional, las risas y los consejos de mi “Amparo” y de su familia, que ha sido la nuestra; y perlas por todos los que han formado mi red de seguridad y me han enseñado tanto sobre la bondad del ser humano. Todos han formado parte de mí en este viaje único y especial, y eso me lo llevo conmigo, dondequiera que vaya. Gracias por tanto, de corazón.

¡HASTA SIEMPRE, SINGAPUR!

 

*Nada hubiese sido lo mismo sin Marcela y familia, House on the Hill, Majoy y familia, Carrie, Elena, Ryoko, Sachiko, Mika, Isabelle, Miriam, Milay y familia, Nicole, Zu y familia; Arancha, Andrés y los niños; Antonio de Nongsa Resorts, Paloma y Fernando; Sonia, Silvana, Paola, Iris, Laura, Priscila, Mónica, Bettsy, Paly, Natalia, Andrea, Arlene, Mirna, Ana, Jinny, María, María José, Cynthia, Raquel, Vany, Luli, Sylvia y todas sus preciosas familias; Marta, Toñi; Mónica, Carlos y los niños; Antonio, Bea y Chloe, los Domingueros, Mar, Magdalena, Lupita y familia, Nexus, el Book club, SOSD,…