VERSOS TORPES PARA SOÑAR

dreams

En la mesilla de noche guardo cajas llenas de sueños

para poder visitarlos de madrugada si me desvelo.

Cuando tengo dulces sueños, los hago una pelotita,

así por la mañana los llevo sueltos en la mochila.

Si no los atrapo a tiempo, los sueños se vuelven nubes;

por eso es necesario guardarlos bien en su estuche.

Hay sueños de la infancia, con juegos, monstruos y abrazos.

Sueños eternos, modernos y sempiternos.

Los hay alegres y soleados, casi como de revista,

para salir de la cama con una sonrisa de artista.

Tengo sueños de carraca, que dan vueltas sin sentido.

En ellos hay espirales dentro de un laberinto

y amanezco mareado como si bailara sin ritmo.

Los sueños que se repiten los cambio en el patio del colegio:

tú me das ese en el que volamos y yo te doy el del tiovivo.

Si no tengo cuidado, se escapan los sueños más tristes,

de esos que envuelven el aire con un tufo de almizcle.

Dejo sueños abandonados por falta de confianza.

Otros los dejo a medias cuando el despertador arranca.

También hay sueños ladinos que me asaltan en la vigilia,

vestidos de bandoleros me dejan perdido en Babia.

Sueño con mil palabras que forman una gran historia,

por la mañana se embrollan en la red de mi memoria.

Saltan atropelladas y no respetan las líneas

ni los renglones torcidos del papel de mi cabeza.

Sueño a lo grande y sueño en pequeño,

en inglés y en pocos versos,

sueño con mares y olas del cielo,

caigo al vacío y emprendo el vuelo.

La vida sin sueños no sirve de nada,

yo atesoro mi reserva en lo profundo del alma.

Son sueños olvidados, peregrinos o de cuento,

necesarios para recobrar la esperanza ya vencida.

A espaldas de la consciencia, los nutre la fantasía,

para evitar que triunfe con saña el desaliento.

Persigo sueños de barro,

porque si los he soñado,

existirán en algún lado.

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LA SONRISA DEL ABUELO

manos-abuelo-nic3b1o–¡Abuelo, abuelo! ¡Espérame!

El pequeño intentaba alcanzar al viejo, que caminaba unos pasos por delante arrastrando los pies. Las piernas torpes del niño se movían deprisa mientras estiraba el brazo derecho para tomar de la mano a su abuelo. El hombre tenía manos grandes de dedos ya huesudos y piel morena, cubiertas de manchas más oscuras encostradas por la edad. Agarró la mano regordeta e informe del crío como quien sujeta una flor de diente de león con cuidado de no aplastarla.

–No tengas prisa, canijo. Tienes una vida por estrenar y debes aprender a disfrutarla.

–¿Qué es disfrutar, abuelo? –los ojos verde abisal le brillaban al preguntar. Tenían la misma forma rasgada que los del hombre, de un verde más claro, pero con igual resplandor aunque cayera sobre ellos el peso de los años.

–Disfrutar es pasarlo bien, aprovechar cada momento, porque la vida está llena de cosas maravillosas que compensan de sobra las malas. Hasta las situaciones más amargas pueden beneficiarte de alguna forma, ya lo verás. Sé positivo, no te rindas. Y sonríe –el abuelo dejó ver toda su dentadura y los hoyuelos en las mejillas, que ahora se alargaban en unos surcos que enmarcaban su boca amplia–. No dejes de sonreír, porque nunca sabrás las puertas que se abren con una sonrisa sincera.

El niño arrugó la cara, hinchó los mofletes y entrecerró los ojillos en una mueca inaugural que le provocó una carcajada:

–Siento cosquillas aquí dentro –y se tocó el pecho con la mano sin dejar de reír.

–Es la felicidad, hijo mío –respondió el abuelo emocionado–. No la dejes escapar, camina a su lado, compártela con los demás. Te la devolverán con creces. Y, sobre todo, haz la vida fácil a los que están junto a ti. Pero no temas dar tu opinión y escuchar la de los que piensan diferente. Yo me di cuenta tarde de lo importante que es escuchar, sobre todo a los que te quieren.

–Yo te quiero mucho, abuelo. Y también lo noto aquí, en el pecho.

–Claro, ahí está el corazón, y es el motor de tu vida. Debes dejarte guiar por él. Te equivocarás, fracasarás, pero no temas. El miedo será parte de tu vida, simplemente no dejes que la ocupe entera. Inténtalo de nuevo y sé siempre tú mismo, porque eres una persona importante para este mundo. Yo te querré eternamente, sin importar lo que hagas.

Se detuvieron en el camino donde crecían unas amapolas. El nieto pasó la mano libre por los pétalos sintiendo la suavidad de su tacto. Cerró el puño con fuerza y arrancó una de las flores. Entonces dijo:

–¿Aunque no me porte bien?

–Si no te portas bien, tú lo sentirás antes que nadie. Y aún así, estaré a tu lado, no te dejaré solo. Aunque no me veas, estaré ocupando un espacio en tu pecho también. Y te recordaré que trates a todos con respeto, da igual qué o quién sea. Te daré ánimos para que continúes, para que creas en ti y persigas tus sueños.

Reanudaron el paseo en ascenso por el camino. El anciano siguió hablando:

–Acuérdate de mí sonriendo, cogidos de la mano como ahora, caminando por este valle. Guarda este momento en tu memoria, mi pequeño.

–Sí, abuelo. Este va a ser un recuerdo muy intenso –y se abrazó con tanta fuerza a las piernas del anciano que le hizo tambalear. El abuelo se agachó para ponerse a la altura del niño y le agarró por los hombros. Miró en el fondo de sus ojos como queriendo sumergirse en ellos, y le dijo con ternura:

–Ahora tengo que irme, querido Noah. Tú debes subir la ladera hasta la cima y yo me perderé en una de las nubes que se acercan por el horizonte. Solo me queda darte un último consejo: cuando estreches la mano a alguien, apriétala con firmeza, como si agarraras la vida, mira de frente a lo ojos y sonríe, para que esa persona se sienta importante y vea que tiene delante a un hombre muy especial.

 

A Noah, que llegó con la sonrisa de su bisabuelo grabada en el alma.

FÁBRICA DE ESTRELLAS

Young_BeautifulLife

Un poco de colorete y algo de rímel en las pestañas. Desiré sabía cómo aplicar un maquillaje suave que resaltara su belleza infantil sin distorsionar la candidez de sus ocho años. Su madre le había preparado la ropa que debía ponerse: unos pantalones vaqueros cortos y deshilachados, muy de moda esa temporada, con una camiseta también corta de lunares, que dejaba ver su cintura redondeada aún sin definir. Era día de casting, y aunque estos procesos de selección formaban parte de la rutina de su vida, éste en particular era especialmente importante. La cadena de televisión infantil más importante a nivel internacional buscaba nuevas caras para presentar su programación en los países de habla hispana. Era una gran oportunidad artística, la cantera de la que procedían muchas estrellas.

La madre de Desiré se recogió el pelo en una coleta tirante y después le soltó los mechones de los rulos a su hija, ahuecando las ondas rubias que enmarcaban su cara pecosa. Se puso una falda corta y ajustada que dejaba ver las piernas firmes de antigua bailarina, asentadas en unos zapatos de tacón alto. Las lentejuelas de la blusa combinaban con el brillo de sus labios siliconados, el mismo tono rosado que usó para resaltar la boca de la pequeña Desiré. Antes de salir del modesto apartamento en el barrio de La Esperanza, cogió el bolso de imitación de Chanel y el maletín de loneta donde llevaba el porfolio con fotografías de la niña, junto a todo lo necesario para las horas de espera que les aguardaban.

El taxi las dejó frente a una nave de un polígono desangelado a las afueras de la ciudad. El lugar parecía una fábrica clandestina en esa tarde plomiza de finales de julio. No había rastro del logotipo de la compañía, ni imágenes de los protagonistas de sus fantasías animadas. Entraron por una puerta pequeña de hierro que se enmarcaba en un portón doble, y dieron directamente a un enorme plató de televisión. Unos potentes focos fluorescentes cegaban el espacio, tiñendo el hormigón de las paredes de un blanco azulado. Al fondo destacaba una gran pantalla de croma verde donde aparecerían las mascotas del canal de televisión. Un guarda de seguridad las abordó:

–¿Vienen al castin? –y, sin esperar respuesta, añadió:– Pasen a aquella zona de asientos y esperen a que les llamen –. La frialdad del guarda no desentonaba con aquel entorno aséptico.

Se sentaron en la primera fila del conjunto de butacas, donde ya esperaban unas diez niñas acompañadas de sus madres y algún padre. Muchas eran caras conocidas del oficio que saludaron resabiadas con un leve movimiento de cabeza. Había gente corriendo de un lado a otro del plató, cargada de papeles, con un pinganillo incrustado en la oreja, arrastrando gestos graves y tensos. Dos cámaras apuntaban al escenario donde se encontraba el fondo verde. Allí ensayaba Gretel García, la estrella infantil que daba el relevo a las nuevas generaciones. Pronto cumpliría dieciséis años, lo que suponía el fin de su contrato con la cadena. La delgadez de su cuerpo y unas ojeras pronunciadas distaban bastante del aspecto infantil que pretendían proyectar. Repetía un texto con languidez, mientras sorbía por la nariz repetidamente y se apretaba las sienes con las yemas de dos dedos.

En el ambiente se mezclaba el aroma de los perfumes dulzones de madres y niñas, con el olor de la laca de pelo y el detergente para limpiar los suelos. Desiré se sintió un poco mareada y se fue en busca de un baño sin esperar a que su madre le acompañara. Se adentró en una zona menos iluminada que daba a un pasillo corto con una puerta a cada lado. Eligió la de la derecha sin fijarse mucho y entró. Era un camerino vacío. Sobre el tocador, varios botes de productos cosméticos y frascos de medicinas. Apoyada contra el espejo había una muñeca vieja, de las que imitaban el estilo de vida adulto, en pie sobre unas piernas recias y con los brazos articulados. Los trasquilones habían acabado con lo que un día debió ser un bonito cabello pelirrojo y uno de sus párpados permanecía cerrado. Iba vestida de bailarina, con maillot y tutú, aunque el raso y el tul blancos amarilleaban y le faltaba un tirante. Desiré la sujetó por la cintura recta, le acarició las pecas de la cara e intentó abrirle el ojo cerrado. Colocó los brazos de la muñeca en alto, como esperando que hiciese una pirueta, pero se le resbaló, dejándola caer al suelo. Al recogerla, un brazo se desencajó del cuerpo de plástico. Intentó colocarlo en su sitio pero la pieza que lo ensamblaba estaba rota y no se sostenía. Le atusó un poco el pelo, la acercó a su pecho en un leve abrazo de despedida y la dejó con cuidado donde la había encontrado, con el brazo a los pies y el gesto descompuesto. Cuando cerró la puerta del camerino con cuidado, reparó en la estrella desvaída que colgaba de ella.