BENDITA RUTINA

Ya sé, todos andamos así, medio “descolocaos” después de las vacaciones. Precisamente por eso echamos de menos la rutina que tanto nos aburre y nos agobia durante el año. Pero en mi caso, nunca pensé que diría esto, siendo tan poco amiga de hábitos y horarios. Claro que después de mes y medio fuera de casa, necesitaba normalidad, y hasta disciplina. Cuatro semanas de hospital y residencia, horas de butaca y desánimo, con turnos para comer, para salir a la calle, quedar con amigos y, sobre todo, ordenar la vida de mi pequeña Miss Sunshine. A punto he estado de llamar al mismísimo Clint Eastwood de “El sargento de hierro” para que me pusiera las pilas con mi falta de organización. Porque yo tengo una gran facilidad para distraerme de las buenas costumbres aparentemente arraigadas y darme al despendole casero. No ayuda que, al fin y al cabo, no estaba en “mi casa”, que mis cosas andaban desperdigadas en bolsas, maletas, armarios en diferentes pisos y cajas en el trastero. Que salí corriendo de un clima tropical y me metí de lleno en un lluvioso y frío invierno. Que mi cabeza andaba en otras preocupaciones que no era la intendencia doméstica. Y que todo esto, aparte de descolocar, cansa. La mayor damnificada de esta ausencia de rutinas ha sido mi pequeña Miss Sunshine, que, aprovechando la situación, sin colegio al que asistir en todas estas semanas, se hizo fuerte frente al televisor y se apuntó a la corriente del “no school, no rules” como si de una activista recalcitrante se tratara. Esto derivó en un caos total, con peleas para vestirla, para terminar la cena, para ir a dormir y hasta para abandonar el sofá y salir a jugar cuando el tiempo lo permitía. Tan joven y ya convertida en una rebelde contestataria. ¡Qué adolescencia me espera, Dios!

Version 2

Mi padre al fin volvió a casa, con pocas energías, pero ya en su terreno y muy bien atendido. Todo parecía bajo control, los niños empezaban las vacaciones escolares y mi pequeña Miss Sunshine tendría amigos con los que entretenerse sin necesidad de convocar motines a bordo. Mi querido Mr. Good llegó a Madrid, pero la cosa no mejoró mucho, porque entonces empezaron los compromisos sociales (bueno, de compromiso tenían poco, que las ganas de ver a los amigos eran muchas). Y vuelta a empezar con el desorden diario, lo que unido a las fiestas navideñas, desembocó en la necesidad imperiosa de regresar a la sencillez de la vida en Singapur, que se ha convertido en nuestro Kansas de “El mago de Oz”.

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Leo en varios medios sobre la ansiedad por volver a la normalidad, sobre todo cuando hay niños por medio. El hombre es, al fin y al cabo, animal de costumbres que marcan su existencia, por muy mala fama que tenga esa inercia diaria. Se juntan, además, los propósitos de año nuevo, de los que huyo como de la peste. Pero no estaría mal intentar hacer de esa cotidianidad algo divertido, o al menos, recordar lo bueno de la  rutina y no asociarla con aburrimiento, por muchas responsabilidades que nos impongamos. En definitiva, que es beneficioso romper la homogeneidad de nuestras vidas y que las visitas a la familia son entrañables, que se agradece el calor de los lugares comunes y la celebración de la amistad, pero ahora, aparte de la bendita rutina, necesitamos unas vacaciones para recuperar el tono vital, que se nos ha debido quedar en alguna copa de champán.

¡Feliz año a todos!

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