NO ES UN ADIÓS*

Cuatro años después emprendemos el viaje de regreso a Madrid. Sigo sin hacerme a la idea, por más que las maletas estén a medio hacer, las despedidas se hayan acumulado en la agenda y las emociones nos desborden. Singapur me ha dado mucho, empezando por una familia y una vida nueva, gracias a mi querido Mr. Good y a la feliz jugada del destino que nos unió. Intento imaginar cómo será la vida a partir de ahora, y qué recordaré de este país que tanto significa para mí.

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Empiezo por las cosas que NO echaré de menos para nada, como el calor que te aplatana y te pesa. La humedad densa, el moho traicionero, el pelo indomable, el sudor persistente. La distancia ya no será una losa, aunque ahora tendré que contar las horas hacia adelante cuando me aceche la nostalgia y extrañe a las amigas de aquí. No echaré de menos el elevado precio de la mayoría de los artículos, el descalabro de hacer la compra o los productos insípidos. Ya no tendré que recorrer pasillos como si buscara a Wally para dar con los ingredientes de mis recetas occidentales y podré dirigirme a la sección de lácteos sin emular una expedición al Polo Sur. Formarán parte del olvido la inclemencia de las salas de cine híper refrigeradas y las corrientes implacables de los aparatos de aire acondicionado. También me sobrarán los olores penetrantes de algunas comidas que saturan calles o taxis y el hedor del durian, que tanto detesto. Atrás quedarán los ácaros feroces que tanto cariño me tomaron y las bacterias anabolizadas que vapulearon a mi querido Mr. Good. Echaré de más los días de lluvia incesante, cuando todo se vuelve incómodo y gris; los cielos brumosos que ocultan el sol, la luna y hasta las estrellas; y, por descontado, el haze, que ahoga campos y ciudades.

ab5d65ba-e635-4ff0-83c6-51067858a951Sin embargo, no sé cómo voy a vivir sin este verano perenne, que impregna de vida todo lo que toca. Lo echaré de menos cuando pasee a Frida, después de tanto tiempo sin sentir un invierno, y no pueda salir con lo primero que pille encima y en chanclas a la calle. Ya no nos encontraremos gallos o lagartos en las aceras y necesitaré el coche para llegar a un parque frondoso donde soltarla y que corra feliz. Extrañaré no llegar andando casi a cualquier sitio y disfrutar de los mil y un planes, para niños y mayores, a tiro de piedra. Me faltará el color de las calles, de la gente de mi barrio que parece sacada de un musical: el portero indio de acento imposible, el camarero srilanqués con la sonrisa pegada, el panadero filipino tierno como un sobao o mi ángel Marie, aireando la casa con su voz cantarina. Esos pequeños momentos del día a día, como la excusa de los play dates de las niñas para disfrutar de un café y una buena charla. No habrá más viajes exóticos, por ahora, ni cabañas junto al mar, ni ciudades caóticas o elefantes cruzando la calzada. Echaré de menos esas tormentas con mil rayos y truenos que estremecen la casa, la playa de juguete con los cargueros al fondo, los paseos por el río y la sensación de seguridad que destila esta Suiza del sudeste asiático.

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Pero, sobre todo, se quedará un vacío inmenso en el lugar que ocupan los amigos que encontré aquí, donde me he sentido querida y acompañada a lo largo de estos años. Si siguiera la tradición polinesia de las despedidas y me llevase un collar de conchas marinas por cada amigo que dejo atrás, mis cervicales se resentirían más de lo que ya lo hacen. Colgarían de mi cuello estrellas de mar de parte de “mis chicas Henry”, brillando con su amor, sus ganas de ayudar y compartir; una caracola donde resonarían la generosidad incondicional, las risas y los consejos de mi “Amparo” y de su familia, que ha sido la nuestra; y perlas por todos los que han formado mi red de seguridad y me han enseñado tanto sobre la bondad del ser humano. Todos han formado parte de mí en este viaje único y especial, y eso me lo llevo conmigo, dondequiera que vaya. Gracias por tanto, de corazón.

¡HASTA SIEMPRE, SINGAPUR!

 

*Nada hubiese sido lo mismo sin Marcela y familia, House on the Hill, Majoy y familia, Carrie, Elena, Ryoko, Sachiko, Mika, Isabelle, Miriam, Milay y familia, Nicole, Zu y familia; Arancha, Andrés y los niños; Antonio de Nongsa Resorts, Paloma y Fernando; Sonia, Silvana, Paola, Iris, Laura, Priscila, Mónica, Bettsy, Paly, Natalia, Andrea, Arlene, Mirna, Ana, Jinny, María, María José, Cynthia, Raquel, Vany, Luli, Sylvia y todas sus preciosas familias; Marta, Toñi; Mónica, Carlos y los niños; Antonio, Bea y Chloe, los Domingueros, Mar, Magdalena, Lupita y familia, Nexus, el Book club, SOSD,…
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EL TIEMPO DE LA NAVIDAD

Las calles están llenas de gente cargada de bolsas y caminando deprisa. Nadie se para a mirar lo bonito que está todo con las luces de Navidad. En el cole todo son prisas también, preparando la decoración y el festival antes de las vacaciones: un villancico de Hawai, una canción en mandarín y un dulce típico del país de cada uno. Yo voy a llevar roscón de Reyes.

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Mamá está ocupada escribiendo tarjetas. Ven, firma aquí, haz un dibujo para los abuelos, para los tíos, para los primos… me tiene aburrida. Este año no les vemos y les enviamos un poquito de Navidad en un sobre. Mamá se pone triste, pero yo le digo que va a tener muchos regalos porque es la mejor mamá del mundo. Sonríe y me abraza muy fuerte.

Papá también está con mucho trabajo porque dice que tiene que dejarlo todo listo antes de irnos de vacaciones. No sé qué tiene que hacer en la oficina, pero cuando vuelve a casa parece muy preocupado, subiendo y bajando del trastero todas las tardes. Quizás es que no encuentra las maletas, pero no me deja ayudarle.

Este año nos vamos los tres solos a la playa. Va a ser muy divertido, porque vamos en avión y porque allí habrá muchos niños para jugar. Pero mamá no sonríe. Me acaricia el pelo y dice que tengo mucha suerte por pasar unas Navidades tan divertidas al sol, que cuando ella era pequeña había nieve y las celebraban en casa calentitos, con toda la familia alrededor del árbol. Dice que eran mágicas.

No sé qué forma tiene la Navidad, ni si tiene que haber luces y adornos para que lo parezca, pero para mí es Navidad si me despierto sin prisa con los besos de mamá, si papá me lee un cuento despacio y si me lleva en hombros cuando vamos los tres de paseo. Por eso este año le he pedido a los Reyes Magos que sea Navidad todo el año. Porque si son mágicas entonces estaremos con la familia y habrá nieve y playa a la vez. Tendremos regalos envueltos en besos todos los días, un árbol con corazones por cada uno de los que queremos, luces de colores en las calles y tiempo para jugar todos juntos con los Lego. Y mamá no dejará de sonreír.

 

UN PASEO POR TIONG BAHRU

Me gusta Singapur y me sigue resultando muy interesante -como imagino que ocurre en cualquier ciudad en la que resides por primera vez- ir a hacer un recado y descubrir un barrio singular, un pfullsizerender-copy-3arque frondoso, unas vistas deslumbrantes o una edificación curiosa. Por falta de tiempo o por pura pereza, callejeo poco por esta urbe que ofrece en su reducida extensión una inmensa diversidad. No es que no sea fácil perderse por calles de nombres impronunciables, es que, aunque me guste caminar por aquí y por allá, pasar una mañana mirando con otros ojos la ciudad no siempre es posible.

El caso es que hoy he tenido la oportunidad de revisitar un barrio encantador: Tiong Bahru. El nombre significa “nuevo cementerio” y viene del hokkien (dialecto chino) y del malayo. Se ha puesto de moda, con el toque hipster que le dan las pequeñas tiendas, galerías y cafés abiertos con mimo, espacios sencillos con detalles primorosos. Al ser una de las últimas zonas de viviendas sociales renovada por los ingleses en los afullsizerender-copy-2ños 20, muchos edificios, en su mayoría de no más de cinco plantas, son de estilo art déco con líneas redondeadas, sin perder la austeridad de las casas de protección oficial y el aire pintoresco de sus inquilinos multirraciales. Lo más atractivo es que mantiene la esencia de un barrio, como un Malasaña oriental, con su mercado, su templo chino, sus calles pequeñas y semicirculares. Serán esas redondeces las que invitan a pasear por los soportales de las casas, decorados por farolillos rojos, y salpicados por algunas puertas de colores que destacan sobre el blanco de las paredes. Sortear las mesas de plástico en las terrazas de locales sombríos, donde los vecinos almuerzan sopas que no me atrevo a probar. Ancianos con paso lento contrastan con el bullicio de los comercios, que ofrecen desde escobas a vestidos de rayón, desde pescado a especias irreconocibles.

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La lluvia de la madrugada ha dejado charcos por la calzada y una incipiente humedad que agudiza los olores que despide el mercado: mariscos, caldos, condimentos, frutas tropicales. Por encima de todos, el aroma del café en sus distintas facturas, del clásico expreso al kopi local, se alterna en los locales que recorren el vecindario con más o menos solera. Mi chica Frida lo olfatea todo, cada esquina, cada canalón que desagua en la vía, las baldosas de las aceras y los bordillos que las protegen. Pasear con mi perra me permite observar las calles desde una nueva perspectiva, con más calma, parando a percibir todo lo que nos rodea. Es posible que esté practicando el mindfulness gracias a ella, aunque por ahora lo que me facilita es la conversación con transeúntes interesados en su especie. Y así termino el paseo, de charla con una entrañable señora mayor, de origen chino, con la que me hubiera quedado un buen rato a escuchar su vida. Pero siempre falta tiempo para esos pequeños lujos.