VUELVO AL MEDITERRÁNEO

Septiembre de nuevo, el inicio del curso, el aniversario de mi blog. Mes de idas y venidas, cuando fui y cuando vuelvo. Nos hemos mudado de país: las neuronas viajan en contenedor hacia España y el ánimo se nos ha dislocado. Pero ha sido mojarme los pies y todo vuelve a su sitio. Te he echado de menos, Mediterráneo, pero aquí estoy de vuelta. Con amigos de siempre, con mi querido Mr. Good. Él dice que me transformo, que soy La Niña de la Playa. Creo que soy más yo. O más feliz. No encuentro la diferencia ahora. Sale la mejor versión de mí, aunque tenga fecha de caducidad. Respiro la brisa, la sal, la arena pegada en mi piel y me siento muy viva. Detrás de las dunas está el futuro incierto y los achaques que me martirizan. Tan lejos ahora.

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No es que no fuera yo en Singapur; a veces lo era más de lo que lo he sido nunca. Pero regresar a lo conocido, a los lugares y a la gente que te traspasan, a las personas que no engañas con una sonrisa o un monosílabo. Eso es lo mejor de volver. Un abrazo de mi madre, un beso perdido de mi padre, la ilusión desbordante de mi hermana y toda la incontinencia amorosa de los amigos de siempre me erizan las emociones. Porque había un vacío, el mío y el suyo, que se llena de golpe en cuanto la rutina nos invade y no existe un huso horario que nos amargue la comunicación.

He estado encantada estos años de expatriada, los he disfrutado y he conocido gente, AMIGOS, todos increíbles, pero la cabra tira al monte. Han sido cuatro años fabulosos, con días grises, por supuesto, pero en los que he llenado la hoja en blanco que empecé allí con el cariño de mucha gente y las letras de este blog que ahora cumple tres años. Sin embargo, el regreso descoloca los sentimientos y el Mediterráneo me ha ayudado, de nuevo, a renovar emociones, a ver el sol que sale para nosotros a este lado del mundo. La Sue Ellen que habita en mí solo echaba en falta una copa en condiciones en la lista de nostalgias, pero en realidad moría por un pescaíto o un arroz en un chiringuito rodeada de esos seres que me han visto crecer. No hay melancolía que se resista a una sobremesa con tertulia, con carcajadas por las tontadas de siempre, las anécdotas  manidas y las aventuras que me he perdido a pesar de la bendita tecnología. Con o sin gaviotas de fondo.

El Mediterráneo es la playa de mis eef54d9c-5e8f-4c8f-b35a-4709575bb7d6recuerdos y el recuerdo de mi descanso. Me calma y me centra, me da energía y me quita penas con cada embiste de sus olas. Desayunos sin prisa, veranos de lectura, días pausados, noches estrelladas. Unas vacaciones sin paisaje de chumberas, de retama o de pitas no me llevan al nirvana de la desconexión como lo hace la orilla templada de mis costas. Este mar me carga las baterías de la memoria para tirar de ella cuando lleguen las nubes oscuras y mi piel tire a verdoso. No nací en el Mediterráneo, como Serrat, pero qué le voy a hacer si yo vuelvo a mí con su luz y su olor.

¡GRACIAS POR SEGUIR AHÍ ESTOS TRES AÑOS DE BLOG!

 

 

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ESAS MUJERES

Hoy celebramos el Día Internacional de la Mujer en una época de nueva revolución y reivindicaciones. Las mujeres trabajamos dentro y fuera de casa, no deberíamos sufrir diferencias,  discriminaciones o abusos. Pero hubo una época en que no se nos permitió siquiera salir a trabajar si no existía el consentimiento del padre o del marido. Hablo de España, de los años de la dictadura, cuando las mujeres no tenían derechos y sólo podían ser las perfectas amas de casa que proclamaba la Sección Femenina. Sin embargo, algunas pocas consiguieron esa autorización, por necesidad o por ambición, e iniciaron un camino prometedor sin ser conscientes de su repercusión en el resto de la humanidad.

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Francesc Català-Roca: Señoritas por la Gran Vía, Madrid, ca. 1959.

Desde algunas redes sociales descubro cada vez más mujeres que siguen un sueño, que se lanzan a emprender y con ello inspiran a otras valientes, compaginan un trabajo dentro y fuera del hogar, además de la maternidad o de cualquier otra obligación, y desarrollan una idea que nada tiene que ver con los empleos convencionales a los que aboca una carrera universitaria. Una de estas nuevas profesiones que me tiene cautivada es la de organizar veladas con un invitado que comparta su experiencia. Nada nuevo bajo el sol, una cena-coloquio, pero hecha con cariño, en casa, con perfectos desconocidos. Las lleva a cabo Silvia en sus Cenas Adivina.

En uno de los stories que publica en su cuenta de Instagram me encuentro con Lidia, una señora estupenda de setenta y cuatro años, que nos relata su vida. Es la historia de una mujer que llegó de un pueblo a Madrid con su marido. “Echada p’alante”, decidió estudiar cuando tuvo a sus hijos criados y empezó a trabajar cuando no estaba bien visto, incluso sin el apoyo de su esposo. Concilió su carrera con la atención a su familia y superó los obstáculos que le ponía la sociedad. Un ejemplo de mujer, por lo que no he podido evitar pensar en mi madre.

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Mi madre (dcha.) y sus compañeras

Mila cumplirá ochenta y siete años este verano. Conoció a mi padre con dieciocho, cuando trabajaba de “modistilla” en el taller de Balenciaga, nada menos. Había estudiado lo justo, al ser la mayor de una familia humilde, y mi abuela le enseñó a coser, que era a  lo que podía aspirar entonces para ayudar en casa. Se casó a los veinticinco, dejó de trabajar —lo normal en los cincuenta—, formó una familia y pasó a depender de mi padre para todo. Sin embargo, no dejó de tener inquietudes, se aplicó para ser la mejor compañera de vida, la mujer en la sombra que impulsó la carrera de su marido con su saber estar, su elegancia innata, su discreción. Se adaptó a una vida de comidas y cenas  de trabajo, viajes de negocios que ni soñaba. Siempre dispuesta, a la espera o de acompañante perfecta, con los vestidos que ella misma se cosía. Aprendió a conducir en los sesenta, a escondidas de mi padre, y así poder llevar a sus hijos a las actividades extra escolares; estudió inglés para estar a la altura de los eventos que atendía. Y, sobre todo, peleó para que mi hermana y yo estudiáramos una carrera universitaria, exigió que fuéramos independientes, que eligiéramos nuestro futuro, a diferencia de ella. Porque su vida hubiera sido muy distinta si hubiese podido seguir trabajando fuera de casa, pero no por ello deja de ser admirable todo lo que ha conseguido.

Como Mila, como Lidia, esas mujeres trazaron el camino en una época difícil: educaron a las generaciones actuales y cargaron con todo el peso de la familia cuando los padres eran seres ausentes, montaron sus pequeños negocios en casa, lucharon por su parcela de independencia en un terreno machista y autoritario. Se sacrificaron tanto que no deberíamos cejar en alcanzar la igualdad que ellas ansiaron y educar a nuestros hijos para que continúen defendiendo los derechos de la mitad de la población mundial.

MAÑANA

*Inspirado en la historia de Socorro y Sinesio

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Socorro y Sinesio

Mañana veré tu cara junto a la mía sobre la almohada, adusta, las arrugas profundas, el cabello escaso. Aún puedo distinguir el amor que habita en tus ojos pequeños y acuosos. Contemplo la ternura de los sueños compartidos bajo las mismas sábanas.

Mañana tocaré la piel ajada de tu espalda, ligada a los huesos que sobrellevan el peso de una vida. Mis manos manchadas por los años reviven el universo de emociones del pasado. Acaricio el  legado silencioso de las veces que nos amamos.

Mañana oleré el rastro añejo de la memoria, cargado de recuerdos de aquellos primeros días. Tu perfume resucita dudas y temores que se ahogan en la evidencia de nuestra eternidad. Respiro la plenitud de una promesa cumplida.

Mañana saborearé los buenos días en un beso de tus labios ya borrados. La risa es la sal de nuestro vínculo, fórmula infalible de una dieta baja en riñas y mentiras. Desayuno tostadas de respeto y lealtad, mojadas en el café cotidiano de la nostalgia.

Mañana escucharé el cariño de tu voz trémula cuando alargues la palabra juntos en este futuro soñado. La banda sonora de la paternidad se reproduce en el alboroto de los nietos. Percibo el sonido satisfecho de los cuentos nocturnos y las batallas de antaño.

Mañana sentiré el abrigo del amor en nuestros paseos, bajo el sol, bajo la lluvia. Las hojas amarillean y pierden lozanía, mientras las raíces se nutren de la tierra abonada. Solo quiero tu compañía cuando llegue el invierno.

Para mi querido Mr. Good