ESAS MUJERES

Hoy celebramos el Día Internacional de la Mujer en una época de nueva revolución y reivindicaciones. Las mujeres trabajamos dentro y fuera de casa, no deberíamos sufrir diferencias,  discriminaciones o abusos. Pero hubo una época en que no se nos permitió siquiera salir a trabajar si no existía el consentimiento del padre o del marido. Hablo de España, de los años de la dictadura, cuando las mujeres no tenían derechos y sólo podían ser las perfectas amas de casa que proclamaba la Sección Femenina. Sin embargo, algunas pocas consiguieron esa autorización, por necesidad o por ambición, e iniciaron un camino prometedor sin ser conscientes de su repercusión en el resto de la humanidad.

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Francesc Català-Roca: Señoritas por la Gran Vía, Madrid, ca. 1959.

Desde algunas redes sociales descubro cada vez más mujeres que siguen un sueño, que se lanzan a emprender y con ello inspiran a otras valientes, compaginan un trabajo dentro y fuera del hogar, además de la maternidad o de cualquier otra obligación, y desarrollan una idea que nada tiene que ver con los empleos convencionales a los que aboca una carrera universitaria. Una de estas nuevas profesiones que me tiene cautivada es la de organizar veladas con un invitado que comparta su experiencia. Nada nuevo bajo el sol, una cena-coloquio, pero hecha con cariño, en casa, con perfectos desconocidos. Las lleva a cabo Silvia en sus Cenas Adivina.

En uno de los stories que publica en su cuenta de Instagram me encuentro con Lidia, una señora estupenda de setenta y cuatro años, que nos relata su vida. Es la historia de una mujer que llegó de un pueblo a Madrid con su marido. “Echada p’alante”, decidió estudiar cuando tuvo a sus hijos criados y empezó a trabajar cuando no estaba bien visto, incluso sin el apoyo de su esposo. Concilió su carrera con la atención a su familia y superó los obstáculos que le ponía la sociedad. Un ejemplo de mujer, por lo que no he podido evitar pensar en mi madre.

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Mi madre (dcha.) y sus compañeras

Mila cumplirá ochenta y siete años este verano. Conoció a mi padre con dieciocho, cuando trabajaba de “modistilla” en el taller de Balenciaga, nada menos. Había estudiado lo justo, al ser la mayor de una familia humilde, y mi abuela le enseñó a coser, que era a  lo que podía aspirar entonces para ayudar en casa. Se casó a los veinticinco, dejó de trabajar —lo normal en los cincuenta—, formó una familia y pasó a depender de mi padre para todo. Sin embargo, no dejó de tener inquietudes, se aplicó para ser la mejor compañera de vida, la mujer en la sombra que impulsó la carrera de su marido con su saber estar, su elegancia innata, su discreción. Se adaptó a una vida de comidas y cenas  de trabajo, viajes de negocios que ni soñaba. Siempre dispuesta, a la espera o de acompañante perfecta, con los vestidos que ella misma se cosía. Aprendió a conducir en los sesenta, a escondidas de mi padre, y así poder llevar a sus hijos a las actividades extra escolares; estudió inglés para estar a la altura de los eventos que atendía. Y, sobre todo, peleó para que mi hermana y yo estudiáramos una carrera universitaria, exigió que fuéramos independientes, que eligiéramos nuestro futuro, a diferencia de ella. Porque su vida hubiera sido muy distinta si hubiese podido seguir trabajando fuera de casa, pero no por ello deja de ser admirable todo lo que ha conseguido.

Como Mila, como Lidia, esas mujeres trazaron el camino en una época difícil: educaron a las generaciones actuales y cargaron con todo el peso de la familia cuando los padres eran seres ausentes, montaron sus pequeños negocios en casa, lucharon por su parcela de independencia en un terreno machista y autoritario. Se sacrificaron tanto que no deberíamos cejar en alcanzar la igualdad que ellas ansiaron y educar a nuestros hijos para que continúen defendiendo los derechos de la mitad de la población mundial.

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