CUANDO MENOS TE LO ESPERAS

Hay una película de Edgar Neville, La vida en un hilo, que reflexiona sobre la influencia del azar en nuestras vidas y nos muestra cómo sería la historia si hubiéramos optado por un camino diferente al que elegimos inicialmente. La vi hace muchos años y me hizo pensar cómo decisiones que creemos insignificantes tienen consecuencias inesperadas: esa fiesta a la que casi no vas, donde conociste a tu pareja, o ese vuelo que cancelaste y se estrelló al despegar, por poner un ejemplo más drástico.

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Yo creo en el destino, en las casualidades que no lo son y en todo lo que está escrito para cada uno. Podemos cambiar el rumbo, pero hay algo inevitable en nuestra hoja de ruta que nos hace volver a donde debíamos estar. No es que haya un guion cerrado, con cada coma y cada entrada en escena marcada, pero sí un laberinto de caminos que elegir y que conducen irremediablemente a un fin determinado. Queda espacio suficiente para disfrutar de las cosas pequeñas y para dejarnos sorprender por detalles ridículos. Si no, nos perderíamos la magia de una mirada, de una risa, de un abrazo…

La vida se construye con esos momentos que se improvisan, en los que se actúa sin escaleta y nos ponen el vello de punta.

Escribí hace tiempo sobre la serendipia, eso que sucede afortunadamente cuando no lo estabas buscando. Como cuando no encuentras un calcetín y aparece el día que pierdes las gafas de cerca, vamos 😝. En mi vida ha habido mucha serendipia y me encanta, porque me gustan las sorpresas. Lo de tenerlo todo planificado nunca ha ido conmigo, aunque una idea general sí es de agradecer. A veces suceden cosas buenas, y entonces creemos que no las merecemos; otras veces son malas, y tampoco las merecemos. Pero con todas avanzamos, sacamos una lección y crecemos. No siempre hay un camino de baldosas amarillas que nos conduzca a Oz y, además, aparecen pedruscos que nos impiden seguir, que no entendemos por qué ni para qué están ahí, pero, como dice una maravillosa amiga, lo que sucede conviene, y terminamos por comprender su función y hasta la agradecemos.

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La vida es una montaña rusa que nos sube y nos baja, nos pone del revés sin avisar, pero que nos lleva donde debemos estar. De nosotros depende cómo tomamos esas curvas, a qué nos agarramos y cómo la disfrutamos, porque cuando más tranquilos estamos, ¡zasca!, llega un giro repentino y se viene abajo el tenderete que tanto esfuerzo nos costó montar. Vivir requiere dar lo que Einstein llamaba “un salto a lo desconocido”.

Y es que esto va de aceptar retos y, si quieres garantías, vete a El Corte Inglés.

Estoy ahora ante una de esos desafíos que se presentan en el camino y muero del susto, lógicamente. Dijeron que el amor no viene a casa a buscarte, ni el trabajo, aunque parece que con Deliveroo todo es posible. Después de consultar a mis oráculos, he decidido tirarme a la piscina, porque antes muerta que quedarme con la duda del “y si”. Quizás no pueda seguir escribiendo en este pequeño espacio y tenga que dejar aparcado algún sueño, pero esto son dos días y uno ya ha pasado. Así que, voy a sacarle todo el zumo a los limones que nos da la vida y a hacer un mojito para celebrarlo, porque, cuando menos te lo esperas, todo sale bien.

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MUJERES Y HOMBRES

Casi siempre he trabajado en entornos mayoritariamente femeninos (de empleadas, no de directivas) y no me he sentido discriminada en mi vida profesional. Aun así, algún jefe torpe me ha tratado diferente y he sufrido abuso, miedo o recelo como mujer en otros ámbitos, lo que me ha hecho rebelarme siempre. Debe ser porque mi educación tuvo un poso machista importante. Mi madre insistió en que mi hermana y yo tuviéramos la oportunidad de estudiar y trabajar para ser independientes y que pudiéramos sacarnos las castañas del fuego solitas. Mi padre, sin embargo, era de la vieja escuela y en casa distinguía entre obligaciones y derechos de chicos y de chicas. Por suerte, pesó más la doctrina materna.

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La perspectiva cambió al llegar a Singapur. Mi intención era seguir trabajando, pero mis veinte años de experiencia no interesaron en aquel mercado laboral. Esto supuso muchas comeduras de coco, charlas con mi querido Mr. Good y bastante resignación, hasta que acepté que ocuparme exclusivamente de mi familia no era ningún fracaso. Como yo, conocí a otras muchas expatriadas que habían seguido a sus parejas, y, por ello, renunciaron a sus carreras. Sin embargo, TODAS, que tenían un gran currículum a sus espaldas, mantenían la esperanza de volver a sentirse “útiles” algún día. Y es que somos la generación que rechazaba el modelo de nuestras madres, amas de casa abnegadas, lo que nos empujó a salir sin camino de vuelta, por eso me costó mucho no sentirme culpable y entender que ese trabajo también era provechoso.

Lo singular de esta situación consensuada fue comprobar que igualmente se daba el caso inverso, cuando el hombre era el que seguía a la mujer. De acuerdo, eran los menos, pero existían, y sufrían una doble discriminación en un mundo que puede llegar a aceptar mujeres que renuncian y cuidan del hogar, pero no a hombres que asumen ese rol y que tampoco son bienvenidos en grupos tradicionalmente femeninos.

En ambos casos subyace el dominio masculino, la dependencia y el estigma social. En cuatro años de expatriada siempre dieron por supuesto que quien decidía en mi casa era mi marido. Y lo mismo ocurriría con mis amigas trabajadoras con maridos “caseros”. Así como con ellos, que tenían que disimular su condición de amos de casa. Todo se reduce a la diferencia de género y a las asunciones que hace la sociedad sobre lo que está bien o mal según el sexo. ¡Qué hartazón!

Hay que derribar estereotipos, mujeres y hombres UNIDOS, que de esto va la justicia social. 

Para ello es fundamental una educación igualitaria, niños y niñas con las mismas oportunidades e idéntica capacidad de decisión. Para elegir profesión u ocupación sin culpa, para disfrutar de la baja de paternidad sin complejos, para decidir no tener descendencia sin coacciones sociales o para escoger la ropa que ponerse sin prejuicios, por poner algunos ejemplos. La única manera de avanzar es formar hombres y mujeres dispuestos a trabajar en igualdad de condiciones, codo con codo en la oficina y en casa, compartiendo tareas entre todos, no como meros ayudantes. Juntos, sin odio, sin superioridad de un sexo sobre otro, sin posesiones absurdas y fatídicas. Entendiendo que solo así ganamos todos. Porque, como dice Chimamanda Ngozi, «Todos deberíamos ser feministas».

**El 8 de marzo se sigue celebrando el Día Internacional de la Mujer porque aún queda mucho camino para la igualdad de derechos y, si no se reivindica, se olvida, se da por conseguida.

 

 

VIEJOS AMIGOS

Ahora que Marie Kondo está tan de moda, me pregunto qué recomendará sobre el número de amigos que hay que conservar. ¿Hará como con los libros? Treinta y va que chuta… Si es así, estoy más alejada de sus consejos de lo que pensaba, porque en cuestiones de amistad (y en muchas otras), rozo el síndrome de Diógenes. Acumulo amigos desde la más tierna infancia y, aunque no sean íntimos ni nos veamos con una intensa frecuencia, ahí siguen, en mi agenda y en mi vida. Es que soy un animal social que disfruta compartiendo sus historias con el que se deja y me cuesta cerrar puertas.

Amigos del primer colegio, del último, de la facultad, de diversos trabajos, amigos de amigos, espontáneos y hasta exnovios.

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No sé si elegimos a los amigos o hay una conjunción astral que los pone en nuestro camino. Hay veces que la amistad surge como una chispa y otras requiere pico y pala para sacarla a flote. A mí me faltaría el aire sin alguien con quien conversar o reír, al que confesarme y escuchar, con el que hacer planes y contemplar el mundo. Me gusta la gran mayoría de la gente, conocer su historia, encontrar conexiones, descubrir inspiraciones y admirar actitudes. Y los buenos amigos no hacen más que aportar sustancia, me hacen ser mejor persona, y eso es un chute de energía. Sirven de bálsamo y de resorte, de reposo y de dopamina. Se convierten en familia, son una relación con cimientos de anécdotas y experiencias vividas. Es un amor desinteresado y honesto, libre, sin ataduras, basado en la bondad de los beneficiarios.

Confieso que también disfruto de momentos de “bichobolismo”, de los que solo me sacan las ganas de un abrazo o una sonrisa ajena. En Singapur tardé un año en abrirme al mundo exterior, a gusto como estaba con mi recién estrenada vida familiar. Mi querido Mr. Good asumió la responsabilidad de cumplir como el compañero que lo abarcaba todo. Eso sí, en cuanto me propuse salir del dulce ostracismo, encontré los amigos que me dieron el aire fresco necesario para aliviar las altas temperaturas de la expatriación.

IMG_8130De vuelta en España he recuperado el contacto con muchos amigos, algunos apartados de mi camino, otros nunca se alejaron. Con la distancia y la edad aprendí a seleccionar y a valorar a aquellos que merecen el esfuerzo necesario para conservarlos. Esos que me han visto equivocarme pero no salen con un ya te lo dije; me han visto caer y han venido al rescate; me han visto triunfar y lo han sentido como un éxito propio. Amigos que se maravillan al verme crecer, que recuerdan a la niña que fui y solo le desean lo mejor, porque en una época compartimos pupitre o copas y estuve a su lado para llorar y reír, para jugar y soñar. Mis viejos amigos me infunden el calor que arropa este invierno madrileño.