FESTIVAL DE VERANO

Por el título de esta entrada algunas mentes perdidas pensarán que voy a hablar de la actuación de fin de curso de mi pequeña Miss Sunshine o del follón de organizar las vacaciones, pero nada más lejos. Si leísteis el post anterior y os sentisteis identificados con el concepto de viejóvenes, recordaréis que saqué entradas para un concierto de rock. Pues por fin acudí a mi primer festival, Músicos en la naturaleza, que, aunque no tenga un plantel de artistas repartidos por diferentes escenarios, ofreció las gloriosas actuaciones de Rod Stewart y The Waterboys, fieles seguidores de la máxima

Los viejos rockeros nunca mueren⚡️

festival-musicos-en-la-naturaleza-2018-aftermovie-oficial

Dado que soy una urbanita recalcitrante, ni se me pasó por la cabeza la idea de acampar o alquilar una autocaravana para disfrutar a fondo de los prados. Nunca tuve edad para ello y ya es bastante deporte de riesgo aventurarme al monte con la alergia que arrastro. Además, con la ola de calor y el riesgo de incendios, preferimos alojarnos en un sencillo hotel de pueblo sobre el bar de la plaza, con su mobiliario castellano, su cortina de baño y su moqueta llena de historia.

Mucho más glamour, dónde va a parar.

Nos encaminamos felices en autobús de cercanías por la Sierra de Gredos hasta el concierto, cantando para nuestros adentros qué buenas son las madres ursulinas, cuando el motor se calentó y tuvimos que parar. Decidimos que, ante la posibilidad de quedarnos tirados más adelante en el puerto con la cabra hispánica como único medio de transporte disponible, mejor subíamos en taxi con unos compañeros de excursión para mantener nuestro señorío intacto. La peripecia nos demoró dos horas sobre el horario previsto, pero, aún así, logramos llegar a tiempo a una pradera magnífica rodeada de un pinar frondoso entre los montes de Ávila. Lo que se dice un marco incomparable para tan magno evento.

Y los amigos esperándonos con ganas de pasarlo bien.

No haré una crítica musical, que no es mi cometido, pero debo decir que el sonido era espectacular y la mezcolanza de público inmejorable. Tengamos en cuenta que la media de edad rondaba los cuarenta, que había un 6% en torno a los sesenta y que millenials solo se veían detrás de los puestos de bebida o acompañando a sus animosos padres. Así las cosas, lo de corear las canciones lo hicimos regular, que la memoria ya flaquea y la cerveza no ayuda. Pero hay que ver qué bien queda un nananá bajo las estrellas.

Dwop5D0XgAEKtGI

Lo mejor de estar en plena naturaleza es que el olor a fritanga de los bocadillos de panceta se camufla divinamente con el aroma de los jarales, aunque quizás lo confundiera con el del hachís, que ya digo que no soy yo muy de campo. Lo que sí sé es que todos los allí presentes cantamos los estribillos a todo pulmón, nos pusimos tontorrones con las baladas de Rod Stewart y volvimos a sentirnos adolescentes con la versión al piano de The whole of the moon. Mi querido Mr. Good y yo regresamos al hotel de madrugada, renqueantes y agotados, pero sintiéndonos muy vivos, que es de lo que se trataba.

Y tú, ¿cuándo te sentiste vivo por última vez?

 

Anuncios

VIEJÓVENES

Nos hacemos mayores, no hay vuelta atrás. Cascarrabias amnésicos que protestamos por todo, con vista cansada, estrechos de miras, achacosos y maniáticos porculeros. Porque yo, al menos, estoy en plan “un día eres joven y al día siguiente…

regaño-a-los-chavales-que-juegan-al-balón-delante-de-mi-casa-porque-me-molesta-el-ruido.”

¿Ruido? Pero si voy a conciertos donde los decibelios no me dejan escuchar ni mis pensamientos, mientras vocifero con todas mis ganas los estribillos de las canciones como una groupie enfervorecida. ¿Qué c*** me ha pasado?

Sospecho que es un trastorno bipolar que se manifiesta el día que te llaman SEÑORA, como dice mi adorada Sol Aguirre. Te miras al espejo y te cuesta reconocerte entre patas de gallo y raíces grises. Te untas de potingues para mitigar los estragos de la edad, te tiñes –no por moda– y te apuntas al gimnasio o a correr como las locas para evitar que la gravedad se cebe en tus carnes antaño prietas. Y sigues pensando que eres joven.

PERO NO.

mamma-mia

Empiezas a tener más revisiones médicas que planes para salir de marcha. Quedarte en casa un sábado por la noche viendo tu serie favorita se ha convertido en el objetivo vital de la semana. Sigues a más influencers que te proponen actividades para  los churumbeles que a las que te cuentan qué se cuece en tu ciudad. Ya no te hablo de calzarte el taconazo para salir una noche o recuperarte de una resaca, que se han convertido en  pesadillas peores que una paralela de Hacienda.

No queda otra que hacer frente a la del espejo, sacarle la lengua y reírte de su falta de ganas. Hay que seguir corriendo aunque te crujan las rodillas; hay que seguir bailando, como hacían Alaska y los Pegamoides; hay que seguir soñando para darle alas a esa niña que  tiene ganas de ponerse perdida pintando con acuarelas. Y dejar de protestar sin motivo. Porque la alternativa es hacerse vieja y ver los toros desde la barrera, dejando que los años pasen por nosotras y no a la inversa.

A mí, a veces, me cuesta crecer y pensar en el futuro sin agobiarme. Veo a mi madre tirar la toalla, cansada de la vida, y me revuelvo. Luego aparece mi pequeña Miss Sunshine con sus ojos desprendiendo curiosidad y esas ganas de descubrirlo todo. Son señales de advertencia. Como la cita de Azorín que escuché ayer:

“La vejez es la pérdida de la curiosidad”.

Amén.

Entonces me doy cuenta de que, a mi manera, sigo explorando el mundo. Cuando voy a la presentación de un libro, a una charla de alguien interesante, a una comida con emprendedoras. Cuando salgo de mi círculo y conozco gente nueva. Aprendo de las personas, de la vida. Porque hay más sabiduría en una reunión de amigas que en toda la Wikipedia. Y tiene más risas.

original

No nos quedemos paradas, seamos viejóvenes. Es lo que me gusta de mi querido Mr. Good cuando dice que no se cree la edad que tiene, que, aunque sienta que no ha llegado donde debería estar, en realidad tiene la suerte de disfrutar de una edad mental inquieta y receptiva que no ha alcanzado aún a su edad cronológica, así que todavía le queda camino. Por eso he sacado entradas para un festival de música este verano, aunque tengamos que ajustar el Whisper XL y atiborrarnos de ibuprofeno al día siguiente.

 

 

 

VERSOS TORPES PARA SOÑAR

dreams

En la mesilla de noche guardo cajas llenas de sueños

para poder visitarlos de madrugada si me desvelo.

Cuando tengo dulces sueños, los hago una pelotita,

así por la mañana los llevo sueltos en la mochila.

Si no los atrapo a tiempo, los sueños se vuelven nubes;

por eso es necesario guardarlos bien en su estuche.

Hay sueños de la infancia, con juegos, monstruos y abrazos.

Sueños eternos, modernos y sempiternos.

Los hay alegres y soleados, casi como de revista,

para salir de la cama con una sonrisa de artista.

Tengo sueños de carraca, que dan vueltas sin sentido.

En ellos hay espirales dentro de un laberinto

y amanezco mareado como si bailara sin ritmo.

Los sueños que se repiten los cambio en el patio del colegio:

tú me das ese en el que volamos y yo te doy el del tiovivo.

Si no tengo cuidado, se escapan los sueños más tristes,

de esos que envuelven el aire con un tufo de almizcle.

Dejo sueños abandonados por falta de confianza.

Otros los dejo a medias cuando el despertador arranca.

También hay sueños ladinos que me asaltan en la vigilia,

vestidos de bandoleros me dejan perdido en Babia.

Sueño con mil palabras que forman una gran historia,

por la mañana se embrollan en la red de mi memoria.

Saltan atropelladas y no respetan las líneas

ni los renglones torcidos del papel de mi cabeza.

Sueño a lo grande y sueño en pequeño,

en inglés y en pocos versos,

sueño con mares y olas del cielo,

caigo al vacío y emprendo el vuelo.

La vida sin sueños no sirve de nada,

yo atesoro mi reserva en lo profundo del alma.

Son sueños olvidados, peregrinos o de cuento,

necesarios para recobrar la esperanza ya vencida.

A espaldas de la consciencia, los nutre la fantasía,

para evitar que triunfe con saña el desaliento.

Persigo sueños de barro,

porque si los he soñado,

existirán en algún lado.