VERSOS TORPES PARA SOÑAR

dreams

En la mesilla de noche guardo cajas llenas de sueños

para poder visitarlos de madrugada si me desvelo.

Cuando tengo dulces sueños, los hago una pelotita,

así por la mañana los llevo sueltos en la mochila.

Si no los atrapo a tiempo, los sueños se vuelven nubes;

por eso es necesario guardarlos bien en su estuche.

Hay sueños de la infancia, con juegos, monstruos y abrazos.

Sueños eternos, modernos y sempiternos.

Los hay alegres y soleados, casi como de revista,

para salir de la cama con una sonrisa de artista.

Tengo sueños de carraca, que dan vueltas sin sentido.

En ellos hay espirales dentro de un laberinto

y amanezco mareado como si bailara sin ritmo.

Los sueños que se repiten los cambio en el patio del colegio:

tú me das ese en el que volamos y yo te doy el del tiovivo.

Si no tengo cuidado, se escapan los sueños más tristes,

de esos que envuelven el aire con un tufo de almizcle.

Dejo sueños abandonados por falta de confianza.

Otros los dejo a medias cuando el despertador arranca.

También hay sueños ladinos que me asaltan en la vigilia,

vestidos de bandoleros me dejan perdido en Babia.

Sueño con mil palabras que forman una gran historia,

por la mañana se embrollan en la red de mi memoria.

Saltan atropelladas y no respetan las líneas

ni los renglones torcidos del papel de mi cabeza.

Sueño a lo grande y sueño en pequeño,

en inglés y en pocos versos,

sueño con mares y olas del cielo,

caigo al vacío y emprendo el vuelo.

La vida sin sueños no sirve de nada,

yo atesoro mi reserva en lo profundo del alma.

Son sueños olvidados, peregrinos o de cuento,

necesarios para recobrar la esperanza ya vencida.

A espaldas de la consciencia, los nutre la fantasía,

para evitar que triunfe con saña el desaliento.

Persigo sueños de barro,

porque si los he soñado,

existirán en algún lado.

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OPORTO

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Escapar. Dejar atrás la lluvia y los nubarrones. Una hora de vuelo para alejarse tan cerca. Una hora menos para olvidar la rutina y pretender que es viernes. Segundafeira suena mejor que lunes, ¿no crees? Mirar como una niña y ver el mundo por primera vez. Pareces más alta, más rubia, con los ojos más azules. 

La vida sienta mejor cuando te duelen los pies de caminar sin rumbo, siguiendo el mapa del revés. ¿Por donde se pone el sol? No hay hora para descansar o tomar aire, la dura vida del turista. Una iglesia, un palacio, la estación, una torre. Ponme una copa de vino verde y ya no podré dejar de sonreír. Me gustas tanto.

El acento cerrado, el corazón abierto. Corazón de gallo que canta en la música de las plazuelas. La ropa tendida viste los balcones de fiesta. Saludan los azulejos de las fachadas para sacarle los colores a la piedra oscura, testigo de reyes y conquistas. Café de pescadores, platos de sardinas, rabelos por el Douro.

Hay gaviotas vigilando nuestras sombras desde lo alto. Miran curiosas, perplejas; los ojos oscuros, el cuello torcido. Pían, o graznan. No sé cómo se llama el sonido de las gaviotas. Otean, observan, desconfían. Planean  orgullosas, dueñas del cielo. Las ciudades con gaviotas son siempre más bonitas.

Huele a brisa y a lluvia. El sol asoma con timidez por encima de los tejados. Subimos cuestas empedradas, nos perdemos por callejuelas. Encuentro aliento en tus brazos,  me enciendes y me arrullas. No hay nada que no podamos vencer juntos. No hay viento que nos detenga. El río es muy ancho pero tenderemos un puente de hierro para cruzarlo. De la mano es más fácil. Siempre. 

AGONÍA

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Apesta a carburante. Huele también a goma y a grasa, algún gas me atufa y, junto con el ruido del motor, gutural y monótono, se me cierran los ojos. La carretera está llena de baches que no nos dejan rodar muy deprisa. Me golpeo arriba y abajo cada vez que botamos, eso me mantiene despierto. Parezco una maldita larva dentro de un capullo oscuro y hostil. Mis rodillas chocan con las paredes y noto la chapa caliente. Quizás sea un viejo Seat de los que coleccionaba papá en miniatura, porque este maletero no está tapizado.

Tengo que salir de aquí. Recuerdo una película en la que el rehén conseguía hacer señales desmontando el faro desde dentro. Voy a intentarlo, aunque no veo nada. ¿Acaso soy yo un rehén? ¿Por qué? Estiro el brazo derecho en diagonal y noto el calor del foco. Será aún de noche. Hay unos cables, pero no llego bien con las dos manos. Quizás pueda acercarme si consigo moverme más hacia arriba y enderezarme un poco. Tiro de abdominales, como me dicen en pilates, me impulso lo que puedo con los pies y asciendo algo, lo suficiente para liberar los brazos todo lo posible y quedarme a la altura del faro.

He conseguido soltar el casquillo, sujeto la lámpara, aunque está grasienta, y comienzo a moverla. Lástima no recordar las señales de los Scouts. La agito como puedo a ver si alguien circula detrás de nosotros y lo nota. Ilumino algo aquí dentro, pero no hay nada que ver. La chapa es negra, o azul marino. Sólo sé que este pringue lo cubre todo.

Paramos. Se abre una puerta del coche y oigo pisadas que se acercan hacia mí. Escucho voces, pero no distingo lo que dicen. Ahora se alejan. ¡Socorro! Que alguien me ayude. Intento empujar el faro con todas las fuerzas para ver algo ahí afuera. No hay manera, está durísimo y casi no tengo espacio para hacer presión con mis manos. En las películas siempre mienten: no se puede desmontar un faro tan fácilmente.

Ahora que está el motor parado, empiezo a sentir frío. Estoy en pijama, descalzo, los músculos tensos, el cuerpo encogido. No se oye nada, silencio absoluto. Tampoco entra luz. Tengo miedo, mi estómago se contrae. ¿Cómo he llegado aquí?

Oigo golpes de agua sobre la chapa del coche. Me pica la garganta, los ojos me lloran. No dejo de toser. Hay un fuerte olor a gasolina y a humo. Golpeo la puerta del maletero con  pies y manos tan fuerte como puedo. ¡Sáquenme de aquí! Nadie contesta. Sólo se escucha un ruido siseante que me ensordece, cada vez más intenso.

Llega un calor insoportable de la parte delantera. Me sofoco, estoy mareado. ¡No, no! Una humareda me envuelve y empiezo a sudar. Grito, lloro, pataleo. Golpeo la cubierta como puedo, no tengo fuerzas. Toso, me ahogo. El olor a neumático quemado me está asfixiando. La chapa abrasa, todo arde.