ETERNAMENTE AMIGAS

Dos niñas se conocen en el colegio. Son solo dos niñas más en la misma clase que se sientan cerca o coinciden en la fila. Tal vez las castiguen juntas, o tomen el mismo camino a casa y empiecen a hablar. Se va creando un vínculo entre ellas, una conexión mágica. Comparten secretos, preocupaciones, risas. Se ven fuera del colegio, juegan en casa de una u otra. Y así pasan el curso. En verano se envían cartas contando aventuras, recordando las vividas. Vuelven a clase y nada puede hacerles más felices que reencontrarse.

Su amistad crece como lo hacen ellas.

Hasta que un día, una de las dos abandona el colegio: motivos familiares. Se distancian, puede que, incluso, por miles de kilómetros, pero las cartas siguen llegando. Hay épocas más silenciosas, otras incluyen llamadas internacionales gracias a una visita a la oficina del padre. El tiempo pasa, las amistades cambian, la vida avanza. Ellas permanecen unidas.

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La película Eternamente amigas, que recorre la amistad entre dos mujeres, me sirve de referencia. Para nosotras las amigas son sagradas, sobre todo en esa etapa en la que parecen casi una relación de pareja y nos volvemos insoportablemente inseparables. Se establece una confianza total, sin recovecos. Lo compartes todo.

Si no se lo cuentas a tu amiga, no es, no existe.

Después la vida se encargará de llevar a cada una por un camino. Dependerá de nosotras mantener esa amistad que nació de la más absoluta inocencia. Si hay constancia y ganas, tal vez supere todos los obstáculos y perdure eternamente.

Yo he conseguido mantener amigas desde mi más tierna infancia. Quizás no estén ya con la misma intensidad o confianza, pero sí con el peso del recuerdo de todo lo que significaron. Silvia, Maribel, Laura. Y el más difícil todavía, mi querida Lucy de México, juntas desde los doce años a pesar de la diferencia horaria y vital. Llegaron nuevas amigas en la adolescencia, en la universidad, en el camino en general, del género masculino también, para quedarse a mi lado.

Tantas historias, tanto cariño.

Es un lujo tener esos lugares comunes, ese rincón del corazón que saben que les pertenece. Encontrar personas que te elevan, que son refugio, que han vivido contigo los momentos más importantes de tu vida. Que te enseñan que cuando los amores se van,  los amigos permanecen.

Ahora contemplo cómo mi pequeña Miss Sunshine va creando sus amistades pasito a pasito. El cambio de país ha traído nuevas amigas y ha fortalecido la relación con una que ha viajado desde Singapur para verla. Los padres les organizamos un encuentro sorpresa y fue maravilloso ver el brillo en sus ojos al reencontrarse, la alegría de jugar juntas y compartirlo todo de nuevo durante unos días.

La amistad, en definitiva, que no ha borrado el tiempo ni los kilómetros.

Espero que mi hija aprenda a cuidar de esa amiga y de todas, que descubra que hay vínculos que le harán crecer, que hay familia que se elige y te quiere incondicionalmente. Quizás no alcance a verlo aún, pero aprenderá que el amor de una amiga verdadera puede salvarlo todo.

¡FELIZ VERANO!

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CUANDO MENOS TE LO ESPERAS

Hay una película de Edgar Neville, La vida en un hilo, que reflexiona sobre la influencia del azar en nuestras vidas y nos muestra cómo sería la historia si hubiéramos optado por un camino diferente al que elegimos inicialmente. La vi hace muchos años y me hizo pensar cómo decisiones que creemos insignificantes tienen consecuencias inesperadas: esa fiesta a la que casi no vas, donde conociste a tu pareja, o ese vuelo que cancelaste y se estrelló al despegar, por poner un ejemplo más drástico.

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Yo creo en el destino, en las casualidades que no lo son y en todo lo que está escrito para cada uno. Podemos cambiar el rumbo, pero hay algo inevitable en nuestra hoja de ruta que nos hace volver a donde debíamos estar. No es que haya un guion cerrado, con cada coma y cada entrada en escena marcada, pero sí un laberinto de caminos que elegir y que conducen irremediablemente a un fin determinado. Queda espacio suficiente para disfrutar de las cosas pequeñas y para dejarnos sorprender por detalles ridículos. Si no, nos perderíamos la magia de una mirada, de una risa, de un abrazo…

La vida se construye con esos momentos que se improvisan, en los que se actúa sin escaleta y nos ponen el vello de punta.

Escribí hace tiempo sobre la serendipia, eso que sucede afortunadamente cuando no lo estabas buscando. Como cuando no encuentras un calcetín y aparece el día que pierdes las gafas de cerca, vamos 😝. En mi vida ha habido mucha serendipia y me encanta, porque me gustan las sorpresas. Lo de tenerlo todo planificado nunca ha ido conmigo, aunque una idea general sí es de agradecer. A veces suceden cosas buenas, y entonces creemos que no las merecemos; otras veces son malas, y tampoco las merecemos. Pero con todas avanzamos, sacamos una lección y crecemos. No siempre hay un camino de baldosas amarillas que nos conduzca a Oz y, además, aparecen pedruscos que nos impiden seguir, que no entendemos por qué ni para qué están ahí, pero, como dice una maravillosa amiga, lo que sucede conviene, y terminamos por comprender su función y hasta la agradecemos.

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La vida es una montaña rusa que nos sube y nos baja, nos pone del revés sin avisar, pero que nos lleva donde debemos estar. De nosotros depende cómo tomamos esas curvas, a qué nos agarramos y cómo la disfrutamos, porque cuando más tranquilos estamos, ¡zasca!, llega un giro repentino y se viene abajo el tenderete que tanto esfuerzo nos costó montar. Vivir requiere dar lo que Einstein llamaba “un salto a lo desconocido”.

Y es que esto va de aceptar retos y, si quieres garantías, vete a El Corte Inglés.

Estoy ahora ante una de esos desafíos que se presentan en el camino y muero del susto, lógicamente. Dijeron que el amor no viene a casa a buscarte, ni el trabajo, aunque parece que con Deliveroo todo es posible. Después de consultar a mis oráculos, he decidido tirarme a la piscina, porque antes muerta que quedarme con la duda del “y si”. Quizás no pueda seguir escribiendo en este pequeño espacio y tenga que dejar aparcado algún sueño, pero esto son dos días y uno ya ha pasado. Así que, voy a sacarle todo el zumo a los limones que nos da la vida y a hacer un mojito para celebrarlo, porque, cuando menos te lo esperas, todo sale bien.

VIEJOS AMIGOS

Ahora que Marie Kondo está tan de moda, me pregunto qué recomendará sobre el número de amigos que hay que conservar. ¿Hará como con los libros? Treinta y va que chuta… Si es así, estoy más alejada de sus consejos de lo que pensaba, porque en cuestiones de amistad (y en muchas otras), rozo el síndrome de Diógenes. Acumulo amigos desde la más tierna infancia y, aunque no sean íntimos ni nos veamos con una intensa frecuencia, ahí siguen, en mi agenda y en mi vida. Es que soy un animal social que disfruta compartiendo sus historias con el que se deja y me cuesta cerrar puertas.

Amigos del primer colegio, del último, de la facultad, de diversos trabajos, amigos de amigos, espontáneos y hasta exnovios.

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No sé si elegimos a los amigos o hay una conjunción astral que los pone en nuestro camino. Hay veces que la amistad surge como una chispa y otras requiere pico y pala para sacarla a flote. A mí me faltaría el aire sin alguien con quien conversar o reír, al que confesarme y escuchar, con el que hacer planes y contemplar el mundo. Me gusta la gran mayoría de la gente, conocer su historia, encontrar conexiones, descubrir inspiraciones y admirar actitudes. Y los buenos amigos no hacen más que aportar sustancia, me hacen ser mejor persona, y eso es un chute de energía. Sirven de bálsamo y de resorte, de reposo y de dopamina. Se convierten en familia, son una relación con cimientos de anécdotas y experiencias vividas. Es un amor desinteresado y honesto, libre, sin ataduras, basado en la bondad de los beneficiarios.

Confieso que también disfruto de momentos de “bichobolismo”, de los que solo me sacan las ganas de un abrazo o una sonrisa ajena. En Singapur tardé un año en abrirme al mundo exterior, a gusto como estaba con mi recién estrenada vida familiar. Mi querido Mr. Good asumió la responsabilidad de cumplir como el compañero que lo abarcaba todo. Eso sí, en cuanto me propuse salir del dulce ostracismo, encontré los amigos que me dieron el aire fresco necesario para aliviar las altas temperaturas de la expatriación.

IMG_8130De vuelta en España he recuperado el contacto con muchos amigos, algunos apartados de mi camino, otros nunca se alejaron. Con la distancia y la edad aprendí a seleccionar y a valorar a aquellos que merecen el esfuerzo necesario para conservarlos. Esos que me han visto equivocarme pero no salen con un ya te lo dije; me han visto caer y han venido al rescate; me han visto triunfar y lo han sentido como un éxito propio. Amigos que se maravillan al verme crecer, que recuerdan a la niña que fui y solo le desean lo mejor, porque en una época compartimos pupitre o copas y estuve a su lado para llorar y reír, para jugar y soñar. Mis viejos amigos me infunden el calor que arropa este invierno madrileño.