ME GUSTAN LAS FLORES

Últimamente he leído bastantes recomendaciones de amigos sobre una película, Call me by your name. Busqué dónde verla en Singapur, aunque suponía que por la relación que retrata no sería fácil, porque aquí hacen la vista gorda con el tema, pero no es legal en realidad. Finalmente la proyectaban en una sola sala, digamos “progre”. Sin embargo, entre lo reducido de la exhibición y la dificultad para escaparnos al cine mi querido Mr. Good y yo, terminé viéndola pirateada en YouTube, con todo el dolor de mi conciencia artística. La cinta narra una historia de amor, del primer amor, descrita por James Ivory con la sensibilidad de aquellas películas suyas ambientadas entre los siglos XIX y XX. Los protagonistas son dos chicos, pero lo importante no es el género de los personajes, sino la intensidad con que se viven los sentimientos a los diecisiete años, la ilusión embriagadora, el descubrimiento de un amor que lo invade todo, la confusión idealizada. El director, Luca Guadagnino, nos sumerge en el verano del amor de una adolescencia que nos queda ya lejana, revivimos con ella la estación del deseo a través de unas imágenes potentes y bellísimas (tengo ganas de leer el libro original de André Aciman).

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Me invadieron diversas emociones durante la película, pero la ternura que desprende hizo que añorara a muchos seres queridos. Pensé que muy pocos de ellos pudieron vivir el primer amor con la naturalidad que se percibe en la historia, al menos, no a una edad temprana. Casi ninguno tuvo la comprensión y la falta de prejuicios que rodean al protagonista. Algunos ni siquiera se atrevieron a elegir a la persona que realmente deseaban y se inclinaron a seguir la línea marcada, sin reconocer aún otro camino posible. Muchos ocultaron durante años sus inquietudes, su entidad, su naturaleza misma, encerrados en desvanes emocionales. Y todo porque hay gente que se asusta y demoniza lo que no conoce, que se empeña en opinar sobre la vida de los otros y le preocupa más con quién se acuesta el vecino que la felicidad propia.

Tuvieron que pasar años para que se hiciera la luz en las vidas de muchas personas. ¿Imaginas todo ese tiempo disimulando, transitando por caminos paralelos y noches oscuras? ¿Tener que afrontar ataques a pecho descubierto y con heridas enquistadas? IMG_6758 copyHasta el día que tuvieron el coraje de gritar a quién le importa y pasear de la mano de quien no tiene de qué avergonzarse, con el mundo por montera y el orgullo por Chueca. Y al que le moleste, que no mire. Con ese renacer reencontré amigos del alma, descubrí tesoros con rizos, recuperé un hermano e hice familia. Porque la amistad se mide por lo que hay en el corazón, no en otros órganos amatorios. Por eso defiendo la libertad de bailar sin complejos, reír a carcajadas, compartir emociones y hablar sin tapujos.

No puedo evitar acordarme, entre tantos, de mi amigo César, que estará impartiendo sus singulares clases de inglés desde algún arcoíris. Él se definía de forma clara y ocurrente: me gustan las flores y la pista seis de Barbra Streisand. Cómo me hacía reír. Y pensar. Disfrutaba de sus reuniones de amigos, cada uno de su padre y de su madre, de nuestras conversaciones, directas, con su inocencia y sencillez. En aquellas últimas charlas siempre se alegraba muchísimo de cómo me iba la vida en Singapur, y me decía sonriendo, “ya solo te falta un amigo mariquita para ser totalmente feliz”. Me encantaría cumplir su deseo.

 

 

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