Relatos

SEÑALES

Aún no era tiempo de baños y bikinis, pero resultaba muy agradable pasear descalzos con los pantalones remangados por aquella cala semidesierta. Al final, donde la arena sepultaba una acera superviviente a la erosión de la costa, se encontraba una cochera abierta a modo de tienda en la hilera de casas bajas que bordeaban la pequeña ensenada. Allí una joven trajinaba entre esculturas menudas y piezas de artesanía expuestas sobre dos largas mesas altas de madera. Nos saludó con mucha calidez, casi como si estuviera esperando que fuéramos a visitarla. Contemplamos las piezas mientras ella nos explicaba tímidamente que eran fruto de sus manos, que trabajaba con arcilla bañada en una aleación de cobre y tratada posteriormente para darle un aspecto mate y sólido. Entre tanto refinamiento, sobresalía una figura con dos cabezas informes besándose, los cuerpos casi fundidos en uno, sentados sobre un soporte de madera.

–Está recién salida del horno, acabo de sacarla a la exposición. Podríais ser vosotros, hacéis muy buena pareja.

Esa figura descansa sobre la cómoda de nuestro dormitorio, entre un violetero y un corazón de resina que refleja los colores de la mañana. Está inestable sobre el soporte porque sus formas no son perfectas, como el amor romántico, por eso siempre la limpio con esmero. Por desgracia, un día, al mover un álbum de fotos que la custodia, la figura cayó al suelo y una de las cabezas quedó seccionada. No pude evitar lanzar un desgarrador aullido, como si el golpe lo hubiera sufrido yo misma y ese sonido fuera el último estertor antes de morir decapitada. Asumí que era una señal de que algo terrible ocurriría en nuestra relación y me invadió una terrible tristeza mientras recogía las partes de tan delicada escena de amor. Las llevé de urgencia a la mesa del comedor para unirlas con cola. Dejé que la figura reposara en silencio, esperando una evolución favorable. Aquel accidente solo podía presagiar una ruptura, una crisis por haber confiado en una eternidad siempre incierta. Mi desconsuelo se confundía con hipidos de angustia: pronóstico grave. Sonaron las llaves en la puerta para alivio de mi desamparo y entró él llamando mi nombre con voz cantarina. Toda señal se desvaneció ante un encantador ramo de margaritas silvestres y un beso.

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