Reflexiones

MATILDA

Este año la primavera ha llegado a mi casa en enero. Se ha colado con alevosía por una puerta pequeña cuando en la calle aún quedaba nieve acumulada. A este fenómeno le hemos puesto nombre propio, como a las borrascas de ahora, y hemos elegido uno de libro, el de su protagonista, que es dicharachera y lista, aunque con un difícil pasado tras de sí. A pesar del duro invierno, llega como una brisa cálida en este tiempo enrarecido y, como el viento, toma la forma que quiere. Esta inusual primavera ha decidido presentarse como una perrita de raza improvisada: pelos tiesos y sedosos, un tamaño de gaveta y en los ojos una mirada como si dentro habitara un profesor de Historia.

Su cuerpo menudo no recuerda si la abandonaron, enfrentándose a la vida con curiosidad e inocencia. Ha olvidado que fue madre -no sabemos cuántas veces- de algunos cachorros que no siguieron sus pasos. Apareció en una plaza buscando ayuda o refugio, si no las dos cosas, agitando el plumero de su cola hasta despertar la compasión de quienes supieron ver la necesidad en su estado. Nadie sabe cómo llegó, ni dónde vivía, si dejó en el campo a la camada en busca de alimento o si el pueblo era su última esperanza de hallarlos con vida. Nadie la reclamó. En cualquier caso, no ha perdido la alegría.

La primavera no pregunta dónde sembrar margaritas o si el verde de la hierba es suficientemente intenso.

Del mismo modo, este torbellino con patas dos tallas más grandes no conoce la prudencia y cuando fuimos a conocerla, saltó sin reparo a lamernos la cara para darnos las gracias. Creo que ya sabía que nos tenía conquistados desde el momento en que una foto con su imagen nos anunció la posibilidad de adoptarla. Tanto alborozo, tanta atención que demandaba, consiguió ablandarnos el corazón hasta sustituirlo por una bola de enredones que se hacía ovillo en nuestros brazos.

Las mañanas ya no son lo mismo, el despertador no suena; ahora la alarma son cuatro patas trotando por la cama en busca de una cara que llenar de besos. Solo se apaga con mimos y caricias que agradece con la calma de sus párpados pesados. Se estira bien sobre su víctima y bosteza, emitiendo un ruidito muy tierno que fulmina el adiestramiento canino más elemental. Ella levanta sus orejas desproporcionadas, observa con detalle y todo le parece perfecto: no exige, no se queja, no extraña, no molesta.

Nos ha adoptado como familia y ha llenado la casa de primavera.

Matilda ha entendido que la correa es necesaria si quiere salir a la calle, que es ahí donde debe hacer sus cosas, que los accidentes ocurren y se arreglan poniendo cara de nutria. Sabe que en casa tiene comida sin fin y la cama siempre mullida; que aquí no hay peligros ni soledad; que tiene una hermana que conquistar muy dura de roer; y que, cada vez que lo necesita, la máquina de caricias se activa como por arte de magia. Yo sé que ella lo sabe porque cuando digo “a casa”, regresa entusiasmada al portal, araña la puerta de entrada y corre como una exhalación a subirse al sofá. Y eso solo se hace cuando sientes que has llegado a tu hogar.

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