Reflexiones

RECUERDOS Y VOLÚMENES

Con ilusión y angustia a partes iguales, y la desescalada a punto de empezar, nos mudamos de casa hace dos semanas. Una mudanza en plena pandemia es como bañarse vestido y querer nadar cual sirena: quieres disfrutar del agua pero tienes todo en contra. Incluida la mascarilla. Conseguimos no ahogarnos, aunque ha habido momentos de crisis asfixiantes.

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Los habrá que disfruten con estos desafíos, pero yo, que odio hacer maletas, a pesar de la recompensa del viaje, meter mi vida en cajas no me resulta para nada motivador. Recuerdo que mi padre sufrió su primer ataque de ansiedad con casi ochenta años cuando vendió la casa familiar para mudarse a un lugar más acorde a sus necesidades. Por suerte tenía a mi madre, su fiel puntal, que ha tenido siempre una magnífica capacidad de capear temporales y recomponer el caos. Ojalá hubiese podido ayudarme ahora con este.

Mi síndrome de Diógenes se ve amenazado seriamente en estas circunstancias y, aunque lo tengo doblegado desde hace unos años, es terco y obstinado en su afán de convertirlo todo en entrañable. Hemos donado tres cajas de ropa y zapatos y seis de libros, hemos visitado el Punto limpio en horario de paseo, y he hecho grandes esfuerzos por desprenderme de recuerdos, aplicando las enseñanzas de Marie Kondo: los objetos me hablaban, pero todos me pedían  quedarse.

No sé cómo hacer feng shui con el pasado.

La mudanza se ha convertido en una clase de Física, con volúmenes, medidas y fuerzas que se resisten a ser olvidadas; pero yo soy de Letras puras. Tengo metros cúbicos de recuerdos, memorabilia que podría llenar un museo de mi mismidad. Y me pregunto:

¿Cuánto ocupa una vida?

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Obra de Zimoun, 2018

El ayer se remueve entre cajas olvidadas de historias que reclaman su lugar ahora que ya pasé página. Tirarlas es renegar de lo que fui, pero tampoco es justo otorgarles un espacio en mi presente. Las guardo de nuevo en el trastero hasta el día en que toque mostrarle esas reliquias a mi pequeña Miss Sunshine. O a mis nietos… Quizás, entonces, justifiquen su conveniencia.

Llevo cuatro mudanzas de adulta, en las que el número de cajas ha aumentado exponencialmente. Será que cincuenta años de vida empiezan a ocupar un volumen cada vez menos manejable. Cargo con más historia, más mobiliario y más componentes en la familia.

Pierdo gente por el camino, encuentro otras.

Y siempre se cuela una pieza de desconfianza entre la vajilla o me falta el paquete de autoestima que guardé con mimo. Solo espero que el camión de mudanzas traiga intacta la esperanza y que no agite la caja de los temores.

Entre tanto, me veo obligada a colocar de nuevo todo lo acumulado. Para ello, he adoptado los actuales métodos de orden y almacenaje; he pedido consejo a Rosa, de El Estilario, para hacerme con las perchas correctas; he tirado todo lo posible antes de hacer cajas y una vez desembaladas. Y solo encuentro una solución: prenderle fuego a todo y empezar de cero sin mirar atrás.

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Pero, ¿quién dijo miedo? Todo es posible si tengo al lado a un Mr. Good que me cede su parte de armario y hace hueco donde no lo hay. También ayudaría tener un vestidor como el de Carrie Bradshaw, para qué negarlo. Sin embargo, todo apunta a que mi nueva normalidad estará llena de cajas. Y está bien así.

2 comentarios en “RECUERDOS Y VOLÚMENES”

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