LAS MARCAS DEL BIKINI

Para Inés los días de playa no tenían ya la espontaneidad de la infancia, se habían convertido en un paréntesis del rigor de su vida. Recordó esa sensación lúdica de libertad observando a la niña flacucha que disfrutaba a su lado con la arena. Rebozada como una croqueta excavaba con la pala y con sus manos torpes para hacer un hoyo en el que enterrarse. La madre de la cría vigilaba sus maniobras y, cuando la niña se tumbó dentro del hueco y comenzó a echar sobre sí toda la arena amontonada, la ayudó a sellar aquel túmulo, sabedora de que así disfrutaría de unos minutos de paz bajo la sombrilla. Tan sólo asomaba la cabeza, coronada de mechones quemados por el verano, e intentaba mantener abiertos los ojos que peleaban con la luz del mediodía y las gotas de sudor. Inés sonrió cuando la niña se revolvió afanosamente dentro del agujero  hasta conseguir sacar brazos y piernas por cada lado e impulsarse fuera de aquella coraza de arena. Corrió sorteando las toallas de sus padres hasta zambullirse en el agua para cambiar el rebozo por un baño de sal. Gritaba alborotada al brincar sobre las olas, que limpiaban con cosquillas su cuerpo de terracota. Saltaba entre la espuma y escupía buches de agua como una ballena azul. Finalmente, se desplomó en la orilla y se dejó mecer por la leve resaca del Mediterráneo, con la piel tibia al sol.

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Desnudo en la playa de Portici, Mariano Fortuny. 1874.

Inés no pudo evitar sentir nostalgia, quizás envidia, al ver cómo disfrutaba aquella niña con algo tan sencillo y deseó olvidar los prejuicios que la ataban como las tiras del bikini al cuello. Estaba en una cala pequeña, recóndita, a la que había llegado por un penoso camino de cabras,  y donde solo se encontraban la pequeña y sus padres con todos los aparejos de playa para pasar el día, y una pareja nudista con un perro, que se mantenían al abrigo de las rocas, tumbados los tres en una misma toalla. Era la primera vez en su vida que viajaba sola y, en un acto de rebeldía, decidió prescindir de la esterilla que había extendido para tumbarse directamente sobre la arena. Bajo su espalda sintió el calor acumulado durante las horas de la mañana en aquellos granos que se pegaban a su piel. El sol se había adueñado del cielo, todo era luz sobre sus pupilas y los rayos solares atravesaban su cuerpo en tensión. Le daba grima el roce de las esquirlas diminutas adheridas entre las uñas pero, aturdida por el bochorno, dejó que la arena la envolviera en una película serosa. Respiraba humedad mientras el sudor brotaba en su labio superior. Con la garganta seca, su lengua buscó esas gotas saladas que tal vez calmaran la sed. Las cejas, sin embargo, contenían el agüilla que recorría su frente, dirigiendo la corriente hacia los lados de su cara. El pelo húmedo pegado a su cuello, a sus clavículas, ahogaba los poros que trataban de respirar. La tela del bikini se hizo más gruesa e insufrible hasta convertirse en un corsé que ceñía su piel quemada.  Sofocada, corrió hasta el mar igual que  había hecho la niña, y alivió en un salto la intensidad del ardor.

La inmersión en el agua fue más que un consuelo para ella. Todo lo que le había estado oprimiendo aquel año empezó a desvanecerse en el fondo del mar. Con la boca llena de aire, ensordecida por la presión submarina, repasó mentalmente una moviola de todo lo que había quedado atrás: el trabajo monótono en la empresa familiar, los preparativos inútiles de su boda, la contratación de la hipoteca para el piso, su novio. Hasta la despedida de soltera fingida para escapar sola de todo aquello. No podía más. Abrió la boca y soltó el aire de sus pulmones en un grito amortiguado bajo el agua, liberando la tensión de sus músculos. Emergió, aflojó el cordón de su bikini de un tirón y lo lanzó a la inmensidad del Mediterráneo. Sus pechos pequeños se expandieron sin perder la firmeza y el descaro de sus pezones. Salió del agua con paso seguro, hundiendo los pies con fuerza en la arena mojada. Miró al sol, cerró los ojos, puso las manos sobre su caderas y respiró profundamente. Una brisa suave fue secando lentamente su piel y borró las marcas del bikini.

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