FÁBRICA DE ESTRELLAS

Young_BeautifulLife

Un poco de colorete y algo de rímel en las pestañas. Desiré sabía cómo aplicar un maquillaje suave que resaltara su belleza infantil sin distorsionar la candidez de sus ocho años. Su madre le había preparado la ropa que debía ponerse: unos pantalones vaqueros cortos y deshilachados, muy de moda esa temporada, con una camiseta también corta de lunares, que dejaba ver su cintura redondeada aún sin definir. Era día de casting, y aunque estos procesos de selección formaban parte de la rutina de su vida, éste en particular era especialmente importante. La cadena de televisión infantil más importante a nivel internacional buscaba nuevas caras para presentar su programación en los países de habla hispana. Era una gran oportunidad artística, la cantera de la que procedían muchas estrellas.

La madre de Desiré se recogió el pelo en una coleta tirante y después le soltó los mechones de los rulos a su hija, ahuecando las ondas rubias que enmarcaban su cara pecosa. Se puso una falda corta y ajustada que dejaba ver las piernas firmes de antigua bailarina, asentadas en unos zapatos de tacón alto. Las lentejuelas de la blusa combinaban con el brillo de sus labios siliconados, el mismo tono rosado que usó para resaltar la boca de la pequeña Desiré. Antes de salir del modesto apartamento en el barrio de La Esperanza, cogió el bolso de imitación de Chanel y el maletín de loneta donde llevaba el porfolio con fotografías de la niña, junto a todo lo necesario para las horas de espera que les aguardaban.

El taxi las dejó frente a una nave de un polígono desangelado a las afueras de la ciudad. El lugar parecía una fábrica clandestina en esa tarde plomiza de finales de julio. No había rastro del logotipo de la compañía, ni imágenes de los protagonistas de sus fantasías animadas. Entraron por una puerta pequeña de hierro que se enmarcaba en un portón doble, y dieron directamente a un enorme plató de televisión. Unos potentes focos fluorescentes cegaban el espacio, tiñendo el hormigón de las paredes de un blanco azulado. Al fondo destacaba una gran pantalla de croma verde donde aparecerían las mascotas del canal de televisión. Un guarda de seguridad las abordó:

–¿Vienen al castin? –y, sin esperar respuesta, añadió:– Pasen a aquella zona de asientos y esperen a que les llamen –. La frialdad del guarda no desentonaba con aquel entorno aséptico.

Se sentaron en la primera fila del conjunto de butacas, donde ya esperaban unas diez niñas acompañadas de sus madres y algún padre. Muchas eran caras conocidas del oficio que saludaron resabiadas con un leve movimiento de cabeza. Había gente corriendo de un lado a otro del plató, cargada de papeles, con un pinganillo incrustado en la oreja, arrastrando gestos graves y tensos. Dos cámaras apuntaban al escenario donde se encontraba el fondo verde. Allí ensayaba Gretel García, la estrella infantil que daba el relevo a las nuevas generaciones. Pronto cumpliría dieciséis años, lo que suponía el fin de su contrato con la cadena. La delgadez de su cuerpo y unas ojeras pronunciadas distaban bastante del aspecto infantil que pretendían proyectar. Repetía un texto con languidez, mientras sorbía por la nariz repetidamente y se apretaba las sienes con las yemas de dos dedos.

En el ambiente se mezclaba el aroma de los perfumes dulzones de madres y niñas, con el olor de la laca de pelo y el detergente para limpiar los suelos. Desiré se sintió un poco mareada y se fue en busca de un baño sin esperar a que su madre le acompañara. Se adentró en una zona menos iluminada que daba a un pasillo corto con una puerta a cada lado. Eligió la de la derecha sin fijarse mucho y entró. Era un camerino vacío. Sobre el tocador, varios botes de productos cosméticos y frascos de medicinas. Apoyada contra el espejo había una muñeca vieja, de las que imitaban el estilo de vida adulto, en pie sobre unas piernas recias y con los brazos articulados. Los trasquilones habían acabado con lo que un día debió ser un bonito cabello pelirrojo y uno de sus párpados permanecía cerrado. Iba vestida de bailarina, con maillot y tutú, aunque el raso y el tul blancos amarilleaban y le faltaba un tirante. Desiré la sujetó por la cintura recta, le acarició las pecas de la cara e intentó abrirle el ojo cerrado. Colocó los brazos de la muñeca en alto, como esperando que hiciese una pirueta, pero se le resbaló, dejándola caer al suelo. Al recogerla, un brazo se desencajó del cuerpo de plástico. Intentó colocarlo en su sitio pero la pieza que lo ensamblaba estaba rota y no se sostenía. Le atusó un poco el pelo, la acercó a su pecho en un leve abrazo de despedida y la dejó con cuidado donde la había encontrado, con el brazo a los pies y el gesto descompuesto. Cuando cerró la puerta del camerino con cuidado, reparó en la estrella desvaída que colgaba de ella.

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