LA VENGANZA LATINA

Estas vacaciones hemos asistido a una maravillosa boda en Cartagena de Indias, Colombia, donde hemos disfrutado mucho y, aunque no somos muy adeptos,  hemos capeado los ritmos salseros mejor de lo que podíamos esperar. Los oídos han vuelto intactos, no así nuestras tripas, víctimas de la venganza de la India Catalina, que se ceba en los paisanos de aquellos conquistadores que tanto la hicieron sufrir. Pero sospecho que su represalia va más allá de infligir dolor por medio de retortijones y ahora también se manifiesta en forma de reggaeton, trepanando incansable nuestros sesos a este lado del Atlántico. Está en todas partes: en hilos musicales, traducido al chino en Singapur e incluso, ¡oh, cielos!, ha llegado a Radio 3. Yo lo he sufrido en mis propias carnes, desvelada la noche de San Juan en Madrid, no solo por el jet lag, sino por los ecos machacones de una fiesta juvenil (denótese el tono viejuno) en casa de unos vecinos. El reggaeton es una plaga, no se reduce a ambientes chonis y canis, donde arrasan cadenas de oro, culos desproporcionados y gorras giradas para atrás. El perreo ha llegado para quedarse e invade tanto los guateques de niños pijos, como sus iPhone X y “espotifais” premium, tronando por los altavoces de sus coches molones. 

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Debo de estar hecha una señora mayor porque no conecto con esta música, su melodía simplona, sus letras sexistas y denigrantes. Suelto lindezas de abuela como “no hay quien entienda a esta juventud” mientras ajusto el puente de las gafas progresivas sobre mi nariz. En su día aguanté la musica bakala, el hip-hop y los hits del verano; bailé “Un pasito p’alante, María”, a Gloria Stefan y hasta a Paulina Rubio; DE64FEA8-465F-4265-BFBF-A7DE581A3FBFfui a un concierto de Luis Miguel y pedí a grito pelado “La de la mochila azul” sin saber que no era suya. Pero hasta aquí he llegado. Desde mi ancianidad prematura rezaré a San David Bowie para que la sensibilidad auditiva de mi pequeña Miss Sunshine no sucumba a esa aberración sonora y que la brillante cultura musical de mi querido Mr. Good impregne su córtex hasta la médula. Celebraré que elija el himno de Queen, “We will rock you”, para aprender sus primeros acordes en la guitarra y aplaudiré cada vez que reniegue de “Despacito” o que tararee “Beat it“ en bucle. Porque como un día la escuche un “Dámelo, dámelo, papito”, me da un perreque y ahí me quedo.

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