LOS MAYORES

Mamá está hablando por teléfono con Carolina. Es la chica que viene a cuidarme cuando papá y mamá salen por la noche. Me divierto mucho con ella, porque me deja ver dibujitos en la tele y siempre me regala unos “M&Ms” después de cenar. Pero parece que hoy no puede venir y mamá se queda pensando después de colgar. Llama a la vecina y le pregunta si no le importa que vayan a su casa conmigo. ¿Y a mí por qué no me pregunta nada? Yo no quiero ir, es una casa muy aburrida: no hay niños, no se puede tocar nada y la vecina siempre me da muchos besos seguidos que me pringan la cara. Luego mamá me regaña si me limpio.

Protesto y me quejo, pero mamá no me hace caso. Me pone la camisa azul, los pantalones beige y los zapatos de mayor, que es la ropa que visto cuando dice que hay que ir guapo. Ahora tengo que esperar a que ella también se ponga guapa, así que me voy a su baño a ver cómo se pinta la cara. Me gusta ver cómo se acerca al espejo para pintarse una raya en el ojo. Le sale fenomenal. A mí me regaña si me pinto con los “rotus”. Está hablando con papá mientras termina de vestirse en la habitación. No sé qué dicen del vecino y de algún animal, pero yo creo que no tienen ni perro.

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Vamos a la casa de en frente, que es donde viven los vecinos. Huele como si lo hubieran llenado todo de flores, pero no veo ninguna. Ella me planta dos mil besos. Mamá me mira con cara de “no se te ocurra limpiarte” y me aguanto. El vecino me choca los cinco y me sonríe. Es muy alto y siempre se tiene que agachar para darme en la palma de la mano.

Nos sentamos en el salón. Mamá me dice bajito que no toque nada y me esté callado. Esto es un rollo. Por lo menos hay patatas fritas y me dejan coger. Se ponen a hablar las señoras por un lado y los señores por otro. Me acuerdo de lo que hablaban en casa mis papás y miro bien a la vecina. Su frente está brillante y muy estirada, como un globo a punto de estallar. Pero no veo nada más.

Vamos a cenar al comedor y me ponen unos cojines en la silla para llegar a la mesa, como si fuera tan pequeño. Mamá me avisa que no quiere que me manche la camisa y que me lo coma todo. La vecina ha hecho macarrones para mí, ¡qué guay! La miro y le doy las gracias como me han enseñado y mamá sonríe.

Están venga a hablar y me estoy aburriendo un montón. Como me he comido todos los macarrones, me perdonan el segundo plato: carne con salsa. A mí no me gusta porque se me hace bola y luego se enfadan porque soy muy lento comiendo. Vuelvo a mirar a la vecina y me fijo bien, pero nada. Me sonríe y se va a por el postre. Hay helado de chocolate, mi favorito. Creo que me cae mejor esta señora.

–¿Qué te pasa, Mateo, que me miras tanto? ¿No te gusta el chocolate?

–Sí, me gusta mucho –contesto–. Es que no consigo ver los cuernos que papá dice que tienes.

Se quedan todos muy callados y el vecino se pone colorado. Mamá me mira fijamente y papá empieza a toser. Yo creo que se ha atragantado con algo. La vecina se pone a llorar y se va corriendo del comedor. Mamá no hace más que pedir perdón mientras me tira del brazo para irnos a casa. Siempre me dicen que no me deje nada en el plato y ahora no puedo acabar el helado. Estaban muy serios mamá y papá, me han mandado directo a la cama, sin lavar los dientes ni nada.

Hoy hemos visto a la vecina en el portal, iba sola, pero no ha saludado ni ha querido subir con nosotros en el ascensor.

–Mamá, ¿por qué no nos “ajunta” la vecina?

–Anda, tira y calla.

No hay quien entienda a los mayores.

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