NOVENTA AÑOS

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Este señor moreno y sonriente es mi padre. Así era, con un gesto firme, una sonrisa rápida y una piel permanentemente bronceada. Digo era porque este último año ha arrasado con esa imagen lozana. Pero hoy mi padre cumple noventa años, y aunque no se encuentra como él hubiera deseado estar, ahí sigue, estrechando la mano con fuerza y replicando a quien le contradice.

Creo que se puede decir que ha tenido una vida plena, sobre todo para un chaval de la Arganzuela que jugaba en la calle durante el asedio a Madrid en la Guerra Civil. No tuvo más  oportunidades que las que él mismo se forjó desde que empezó a trabajar a una edad anterior a la legalmente deseada. Hijo único y consentido, apuesto y seguro de sí mismo, con un carácter fuerte, siempre supo cómo sacar ventaja de las circunstancias que se le presentaban y aplicarse para alcanzar una mejor posición en la vida. Y lo consiguió, con el apoyo incondicional y discreto de mi madre, que fue el retén, el faro y el ancla de su existencia.

Tuvo cuatro hijos, los cuatro marcados por su personalidad, amparados por mi madre y con caracteres muy distintos. Perdió al mayor de forma inesperada, lo que evidentemente influyó en su relación posterior con nosotros, no siempre para bien. Nos adjudicó unas expectativas que no cumplimos como él esperaba, pero creo que con el tiempo ha llegado a entender la valentía de cada uno. Siempre recordaré el brillo en sus ojos cuando tomó en brazos por primera vez a mi pequeña Miss Sunshine. Estaba orgulloso de su familia.

Hombre listo y trabajador, ayudó siempre a sus amigos, a costa de ahogarlos con sus logros. Porque así era su generosidad: siempre una de cal y una de arena, guerra y paz. Como padre, duro y cariñoso, estricto y ausente, soberbio y optimista, egoísta y amoroso. Podría haber sido distinto, podría haber sido mejor, pero es el que nos tocó, y el culpable, de algún modo, de que seamos como somos.

En algún lugar quizás sea juzgado por sus defectos, pero en estos momentos en que su memoria y su salud van y vienen, sólo podemos celebrar su vida con la satisfacción de haber disfrutado de la lealtad infinita de su esposa y el cariño de hijos, nietos y hasta un bisnieto, que le acompañamos en este final de carrera. ¡Felicidades, papá!

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