EL ASCENSOR

La entrada del hospital parecía más desangelada aquella mañana de noviembre. El frío se colaba por las puertas automáticas al abrirse continuamente. Las paredes blancas marcadas por el paso de cientos de personas y los techos altos, infinitos en la espiral de galerías que los alzaban hasta unas enormes claraboyas opacas, contribuían a hacer más desapacible aquel lugar. Hacía una semana que acudía allí a diario para ocuparme de mi padre enfermo y relevar a mi madre, que pasaba las noches con él. En siete días la imagen de esa entrada se había grabado en mi memoria como una losa de soledad. Me provocaba tristeza el parpadeo de los fluorescentes, me deprimía el suelo de terrazo gastado y me causaba una pena inmensa la chica del mostrador de información que perdía su juventud en aquel ambiente plomizo. Pero seguramente nada de esto me hubiera resultado tan gris si mi padre no estuviera muriéndose lentamente en una de las habitaciones de la unidad de paliativos.

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Peter Kogler

Al dirigirme al pasillo que conducía a los ascensores, me encontré con una valla que cortaba el paso por obras. Para llegar al ala donde se encontraba mi padre debía dirigirme al edificio contiguo y cruzar a mi destino en la quinta planta. Me incomodó tanta vuelta para cumplir mi rutina diaria, pero últimamente ya no tenía fuerzas ni para enfadarme. Arrastré los pies por el pasillo indicado y giré sin prisa hasta el rellano donde se encontraban las puertas metálicas de los tres elevadores. No se veía a nadie por esa zona del hospital, todo estaba en silencio. Pulsé el botón de subida y esperé a que la flecha sobre alguna de las puertas se iluminara. Hasta mi nariz comenzó a llegar un aroma intenso de perfume femenino. Un olor pastoso de notas de jazmín ahogadas en pachuli. El repicar de unos tacones acompañaba a la nube dulzona, que se acercaba al ritmo de un alegre tintineo. Tanta fanfarria despertó mi curiosidad y me volví expectante ante la llegada de la dueña de esa pequeña orquesta sensitiva. Por la esquina apareció una mujer de unos sesenta años, quizás más, porque el maquillaje excesivo y la profusión de accesorios distorsionaban la realidad. Llevaba el pelo cardado como un casco oscuro de laca que atentaba contra el protocolo de Kyoto, y unos pendientes enormes enmarcando su cara regordeta, culpables del cascabeleo que la anunció. La envolvía un abrigo de visón frondoso que acompañaba con un gran bolso de marca junto al que cargaba un extraordinario ramo de flores olorosas que abarcaban casi el ancho de su portadora. Toda ella era un festival de aromas y texturas que sacudió sin remedio mi lánguida imagen.

Cuando llegó el ascensor, le cedí caballerosamente el paso a la señora y pregunté:

–¿A qué piso va?

–A la quinta planta, joven, a maternidad. Anoche dio a luz la novia de mi hijo y estoy deseando ver a mi primer nieto –. Pulsé el botón correspondiente que nos llevaría a los dos al mismo piso y la mujer continuó hablando sin que yo hubiera mostrado interés alguno. –No es que haya sido la primera en enterarme, ya se sabe lo desagradecidos que son los hijos, pero es igual, nadie me quita a mí la alegría de ser abuela por fin. ¿Usted tiene hijos?

–No.

–Si es que no sé a qué esperan hoy en día. Todo lo anteponen a lo que de verdad importa, casarse y tener hijos. Ya llegará el momento de dedicarse a uno mismo. Míreme a mí…

Su voz era aguda, penetrante como un alfiler, y cuanto más hablaba más sentía cómo vibraban los tímpanos en mis oídos.

–Los jóvenes sois tan egoístas, lo queréis todo, y las cosas hay que hacerlas bien –continuó repicando la señora.

Yo sonreía nervioso y asentía sin mirarla directamente. Un sudor frío resbaló por mi espalda, mientras mis oídos continuaban zumbando. Las palabras que salían por la boca de aquel adefesio giraban a mi alrededor.

–Uno estudia, conoce a una chica, empieza a trabajar y se casa. Así, como Dios manda, no como ahora, que da igual el orden. Todo vale. Y no, las cosas no funcionan así…

El ascensor subía lentamente y yo sentía que el espacio se hacía cada vez más pequeño, más estrecho. Las flores casi rozaban mi nariz, el perfume me tenía aturdido y la voz de grillo repiqueteaba mi cerebro sin cesar.

–Siempre se lo he dicho a mi hijo, pero ya ve, no me ha hecho caso. La primera chica que se dejó, un bombo, sin pasar por el altar ni nada. Y yo trago, porque un bebé es un bebé, y eso es sagrado. Pero digan lo que digan, al niño lo bautizo. Buena soy yo…

Se me nublaba la vista y los botones del ascensor aparecían borrosos, saltando unos sobre otros. Las luces del techo caían sobre mí, tenía la boca seca, las manos frías, y la cabeza me estallaba. Todo se iba reduciendo en aquel ascensor menos la mujer y sus flores, cada vez más grandes, más exuberantes. Me sentí acorralado en la cabina.

–Si mi marido levantara la cabeza… No hubiera consentido nada de esto, pero me dejó sola con el niño ya hace tanto tiempo. Lo he hecho lo mejor que he podido, pero la autoridad de un padre no se puede reemplazar. Es así.

El collar de perlas que rodeaba su cuello se ciñó alrededor con fuerza, consiguiendo que la voz resultara más aflautada, más punzante. No callaba, la tráquea seguía en movimiento, arriba y abajo. Me pesaban las manos, las sentía dormidas alrededor de su cuello rollizo con el bombeo acelerado de la yugular. Mareado como estaba sólo podía pensar en mi padre, anclado en la cama desde hacía tantos años. Y mi madre y yo agonizando en vida con él, acompañando su sufrimiento. Aquella aparatosa dama resolló su último aliento en mi cara. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y todo se fundió a negro entonces. Silencio por fin. Paz.

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