EL MALO MEDUSA

Me llaman el Malo Medusa porque soy un villano de cuidado. Me hicieron así, con pinta de malvado, y ahora no hay quien me quite la fama. Provoco escalofríos con sólo mirarme, como un helado de espinacas y berenjenas. Soy larguirucho, tengo los ojos pintados de negro, la nariz torcida y el pelo verde de punta. Visto un traje de rayas moradas y negras para que nadie pueda verme por la noche. Doy tanto miedo que las pesadillas se vuelven dulces sueños, las tormentas se hacen chirimiri y los fantasmas pierden su sábana huyendo.

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By Mi pequeña Miss Sunshine

Me enseñaron que lo primero que hay que hacer para ser malo es esconderse bien, así puedes sorprender a los niños. Pero es difícil hacerlo con este pelo verde, que asoma por donde me meta. Tampoco es que yo quiera estar dando miedo todo el rato. Es mucho más divertido salir de mi escondrijo, darles en el hombro, gritar “¡la llevas!” y correr esperando que me la devuelvan. Pero esto no ocurre nunca, la gente siempre se asusta y se marcha en dirección contraria.

También me gusta impresionar con mis poderes mágicos, aunque los niños no siempre los aprecian. Cuando algo me asusta, lo miro fijamente y lo convierto en gelatina verde. La última vez lo hice con un perro que empezó a ladrarme y a enseñarme los dientes. El niño que lo llevaba se puso a llorar y la mamá se enfadó mucho conmigo y se lió a darme con el bolso hasta que pude escapar.

La verdad es que no me sale muy bien ser un villano. Porque para ser malo, pero malo de verdad, hay que hacer dos cosas: una es poner cara de enfadado, arrugando el ceño, muy serio. Y la otra, tener una pose amenazante, con una mano en cada lado de la cintura y las piernas abiertas, como si acabaras de bajar del caballo. El caso es que yo no consigo hacerlo bien, porque al final me da la risa poniéndome tan serio y, con los brazos en jarras, se me van las caderas y me entran ganas de bailar.

Ya veis que ser malo es un poco difícil. Tampoco es tan divertido porque nadie se atreve a jugar conmigo y no me gusta estar solo. Para entretenerme, cojo ramas del parque y me fabrico unas espadas bien afiladas, pero no tengo con quién hacer de espadachín. También me gusta trepar a lo alto de los árboles e imaginar que navego en un barco desde el que diviso el horizonte, pero cuando grito “¡tierra a la vista!” no hay nadie que ponga rumbo a la Isla del Tesoro. Y sobre todo, disfruto un montón haciendo comiditas con barro y hojas, pero ningún amigo viene a probar los deliciosos platos que preparo.

Un día estaba en el parque jugando con una ardilla. Era muy difícil seguirla, porque las ardillas corren mucho y se camuflan muy bien entre las ramas de los árboles. Como iba mirando hacia arriba intentando alcanzarla con la vista, no me di cuenta y tropecé con una niña que estaba sentada junto a un arbusto. Me quedé muy parado esperando que se pusiera a gritar…pero no lo hizo. En lugar de eso, sonrió y me dijo:

-Hola, ¿cómo te llamas?

-Soy el Malo Medusa- contesté intentando poner voz de malvado.

-Yo me llamo Berta y soy un superhéroe- dijo poniéndose en pie de un salto. -Estaba aquí esperando a que apareciera algún malo para luchar contra él.

Me fijé y me di cuenta que iba vestida con una capa y una camiseta blanca con una gran B naranja dibujada dentro de un escudo azul. Pero era una niña tan pequeña y con una sonrisa tan grande que imponía poco, y empecé a reírme. ¿Cómo iba a salvar el mundo aquella renacuaja?

-¡No te rías!- gruñó la pequeña Berta.- Con mis súper poderes puedo acabar contigo en un momento- e hizo un gesto con sus puños, como si fuera a atizarme un derechazo.

-¡Te creo, te creo! Pareces muy fuerte. Pero yo no quiero pelear contigo. A mí lo que me gusta es jugar.

-¡A mí también!- dijo emocionada la pequeña Berta.- Entonces podemos jugar a los superhéroes: tú eres el malo y yo te persigo hasta que te cazo y te meto en la cárcel.

-¡Pues vaya juego! ¿Qué tiene de divertido estar en una cárcel?- repliqué enfurruñado.- Mejor jugamos al pilla-pilla, ¿vale?- le propuse mientras le daba un toque en el hombro y salía corriendo.

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Berta fue detrás de mí riendo hasta que me alcanzó. Entonces fue mi turno para correr tras ella, pero con tanta risa le entró hipo y tuvimos que parar.

-Siempre que corro me pasa- dijo Berta sin dejar de sonreír.- Dame un susto, ¡hip!, a ver si se va el hipo.

Puse mi cara más seria y bramé con fuerza:

-¡Aaaaauuuuuhhhh!

No sé qué le hizo tanta gracia, pero mi amiga en vez de asustarse comenzó a reírse con unas carcajadas bien sonoras:

-¡Ja, ja, ja, ja!

Yo me quedé extrañado. Era la primera vez que alguien no salía corriendo despavorido ante uno de mis rugidos. Le pregunté con curiosidad:

-¿Por qué te ríes? ¿No te he asustado ni un poquito?

-¡Claro que sí! Pero se te pone una cara muy fea y me da mucha risa.

Los dos reímos con fuerza y caímos sobre el césped desternillados. Entonces, Berta propuso:

-Te voy a enseñar a dar sustos, vas a ver.- Y salió corriendo a esconderse tras uno de los árboles del parque. Cuando me acerqué, apareció de sopetón ante mí, con los brazos en alto y las manos en forma de garras, haciendo un ruido agudo con su garganta, mientras arrugaba todo lo que podía su cara:

-¡Iiiiiiiiihhhhhhh!

Me asusté tanto que me di la vuelta encogido. Sin querer miré unas florecillas que crecían entre la hierba y las convertí en gelatina. Berta miró asombrada lo que acababa de hacer con aquellas flores y girándose hacia mí, soltó:

-¡Guauuuu!

Y como si tal cosa, sugirió:

-Si esperas aquí, voy a por mi botella de agua y organizamos un picnic. Esa gelatina tiene que estar deliciosa.

Corrió hasta un banco donde estaba su mochila y sacó una botella con dibujos de Batman y una bolsa con fruta cortada en trozos. Tuvimos la merienda más sabrosa del mundo, porque resultó que mi gelatina verde era muy dulce y refrescante.

De pronto, alguien gritó su nombre a lo lejos:

-¡Berta, Bertaaaa! ¡Venga, que nos vamos a casa! ¿Dónde te has metido?

-¡Es mi madre, tengo que irme!- se levantó de un salto y empezó a recoger sus cosas. -¿Tú no te vas a casa?

-No, yo vivo aquí en el parque. Solo- contesté con cara seria.

La pequeña Berta se quedó pensando y me dijo:

-Pues si nadie te espera, puedes venir conmigo a mi casa. Te enseñaré todos mis juguetes y podremos seguir divirtiéndonos.

Nada podía hacerme más feliz que acompañar a mi nueva amiga, así que le agarré de la mano y fuimos dando pequeños brincos en busca de su madre.

-Pero Berta, ¿dónde estabas? Te he dicho mil veces que no te alejes de los columpios.

Su madre parecía preocupada y algo molesta, pero le besó en la cabeza mientras Berta metía su botella en la mochila. Entonces le dijo:

-Mamá, ¿puede venir mi amigo a casa? Vive aquí en el parque y se va a quedar solo si me

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By Mi querido Mr. Good

voy.

La madre miró para todas partes, pero no parecía verme, y preguntó:

-¿Quién es tu amigo, Berta?

-Es el Malo Medusa.

Puse mi mejor cara de malo buenísimo para causar una buena impresión. La madre de Berta me agarró y sonrió, mientras intentaba poner en orden mis pelos verdes. Empezó a limpiar las manchas de barro con la mano, pero estaban bien pegadas. Miró a mi amiga y con un suspiro de olla exprés, dijo:

-Está bien, Berta. Prepararemos cena para uno más esta noche y le haremos hueco en tu cajón de muñecos.

-¡Eres la mejor mamá del mundo, gracias!- Berta, entusiasmada, le dio un abrazo de pequeño oso, y salimos los tres del parque cogidos de la mano, dando pequeños brincos.

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