SIN LUZ

Hicieron el amor sin prisa, en silencio, velando el deseo que ya no les nacía. Intentaban encender algún rescoldo, pero sólo quedaba cariño, ninguna llama. Era la última vez que la piel de sus cuerpos desnudos se reconocía, la última vez que sentían la familiaridad de sus formas. Permanecieron abrazados en la cama, él rodeándola con su brazo derecho y ella con la cabeza apoyada sobre ese pecho que durante tanto tiempo consideró un paraíso. Había sido una semana muy difícil desde que ella le confesó que ya no le quería. El amor nítido que un día les hizo ponerse el mundo por montera y desoír las recomendaciones familiares había quedado diluido en un afecto fraternal. Por ese motivo no hubo gritos ni llantos, ni siquiera súplicas. Todo fue muy civilizado, a pesar del dolor, y fueron organizando impasiblemente la salida de ella del hogar.

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Edward Hopper, Summer in the city, 1949

Desde el momento que la vio, él se sintió deslumbrado por su eterna sonrisa, una luz que resplandecía en esa cara de por sí iluminada por sus enormes ojos azules. Coincidían a veces en el ascensor a la salida del trabajo y tomaban la misma dirección hacia la boca del metro. Ella le sonreía cuando se despedían cortésmente al tomar líneas distintas y él sentía que cada tarde era primavera. Cuando por fin se atrevió a invitarla a un café, tuvo la sensación de haber compartido una vida ya con ella. Era quince años más joven que él y, sin embargo, su cabeza parecía llevar en este mundo más tiempo que el resto de su cuerpo. Desde aquel día no se separaron, se fueron a vivir juntos a pesar de la desconfianza de la familia de ella y dejaron que el sol saliera solo para ellos.

Con los años, aquella estrella se convirtió en supernova: su luz se fue apagando sin que se dieran cuenta hasta tiempo después, cuando ya era tarde para avivarla. Él creía adorarla, como a la llama de un cenotafio. Ella dejó de sonreír y sintió que era demasiado pronto para resignarse al afecto. No quiso esperar más y reunió las fuerzas para revelarle tristemente la penumbra en la que vivían.

Él salió de la habitación mientras ella terminaba de arreglarse y recogía sus cosas del baño. Ver sus años de felicidad resumidos en dos maletas y una bolsa de viaje le estremeció y rompió a llorar lo que no se había permitido en esos siete días. Temblaba con cada hipido, sorbiendo la desesperación que se le escapaba del corazón. ¿Quién iba a iluminar su vida ahora?

Ella le encontró en el salón llorando como un niño perdido, arrodillado ante su equipaje. Le abrazó para incorporarle y le susurró al oído afligida:

– Te he querido mucho, te sigo queriendo, pero todo se ha vuelto gris. Debemos buscar nuestra propia luz

Con el corazón encogido y la mente fría, se colgó la bolsa de un hombro y apoyó su bolso en una de las maletas. Las empujó hasta la puerta de la casa, se miró en el espejo del recibidor y contempló en sus ojos el reflejo de las cenizas que habitaban en su interior.

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5 pensamientos en “SIN LUZ

  1. Besos infinitos! Acabo de mandarte un whats app, pero o se si ese numero aun esta operativo. Estoy para lo que necesites, llámame las veces que te haga falta, vente a verme, …… que tal Sonsoles?

    Un abrazo de esos que obligan a respirar despacio

    Enrique Cubillo Gázquez enriquecmk@hotmail.com

    ________________________________

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