LA NOCHE DE AYER

Eran casi las siete de la mañana, aún no había sonado el despertador pero el martilleo que sentía en la cabeza no me dejaba dormir. Perdí la cuenta de los bares a los que fuimos la noche anterior, y es que cuando quedaba con Pepe siempre me convencía para tomarnos la última. Para él la noche no tenía fin, aunque hubiera que ir a trabajar a la mañana siguiente.

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Sentía el cuerpo acorchado. Me di la vuelta como pude para evitar que la luz que se colaba por las rendijas de la persiana me quemara los ojos. Al girarme mi rodilla chocó con algo. Algo blando que se acomodó ante mi embestida. Abrí levemente un ojo y vi un cuerpo de espaldas acurrucado dentro de las sábanas al otro lado de la cama. En la nebulosa de mis neuronas intenté recordar sin éxito en qué momento de la noche conocí yo a alguien. Me di cuenta entonces que no llevaba los calzoncillos puestos. Había dormido desnudo junto a una persona que no sabía cómo había llegado a mi cama.

El despertador iba a sonar ya y yo no era capaz de enfrentarme a ese cuerpo extraño. Desconecté la alarma y me levanté con cuidado para que no se despertara. La habitación daba vueltas a mi alrededor y mi estómago comenzó a ascender hasta la boca. Corrí al baño, cerré la puerta tras de mí y vomité en el váter. Sentí cierto alivio y permanecí un par de minutos abrazado al inodoro, reposando la cabeza en la taza. Podía haberme quedado dormido allí a pesar de la peste, pero recordé que tenía una reunión en Valvutex para cerrar el acuerdo que llevábamos meses negociando. Necesitaba ponerme en marcha y despejarme con rapidez. Abrí el agua caliente de la ducha y fui a la cocina a prepararme un café y un Alka Seltzer. Comprobé que el cuerpo desconocido seguía en la cama, roncando, en la misma postura que lo dejé.

El vapor devolvió el tono a mis músculos y mi mente pareció activarse. Decidí que lo mejor era evitar que quien fuera se percatara de mi presencia, dejar una nota cortés en la almohada y salir corriendo hacia la oficina. De pronto, sentí una mano en la espalda. ¡Maldición, se había levantado! Me di la vuelta. Allí estaba el cuerpo, dentro de mi ducha, visiblemente contento, apuntando con su alegría. Me quedé paralizado, con la manguera de la ducha en la mano como arma defensiva.

–Buenos días, guapetón.

–¡Vamos, Pepe, no me jodas! ¿Tú y yo…?

La decepción hizo mella en su euforia matutina.

–Tranquilo, que no hicimos nada. Sólo nos besamos mientras te desnudabas, hasta que caíste redondo sobre la cama, ¿no lo recuerdas?

El agua parecía cada vez más caliente o quizás era el bochorno de haberme enrollado con mi mejor amigo lo que me quemaba. Algunas imágenes borrosas comenzaron a embotar la poca lucidez que me acompañaba esa mañana.

–Mira, Pepe, que no puede ser, que a mí me gustan las tías. Sal de aquí y vamos a olvidarlo todo.

Pepe salió de la ducha y sin secarse se fue a la habitación. Continué bajo el chorro de agua como si quisiera quitarme esa última noche de encima. Nos vestimos sin mirarnos y bajamos juntos a la calle, en silencio. Me despedí con un apretón de manos. Mientras se alejaba, sólo pude pensar: “besa bien el cabrón”.

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