RELATOS

Últimamente las ideas para mi blog no surgen como al principio y voy espaciando las entradas. Éste ha sido desde el principio un proyecto muy personal, de comunicación con mi gente, de experiencias, dudas y desahogos, de optimismo siempre. Sin embargo, debe ser que estoy ya más asentada y con menos angustias, por lo que no me apoyo tanto en este medio. Y no quiero tirar la toalla virtual por nada del mundo.

A la vez que iniciaba este espacio, decidí ponerme a escribir un poco más en serio y comencé un curso de escritura creativa en la Escuela de Escritores. Literalmente, me absorben el tiempo cada semana las tareas y textos que debemos presentar y comentar. Son un reto para mí, una ilusión enorme. Por este motivo, me gustaría compartir con vosotros algunos de los relatos que he escrito a lo largo del curso. No dejan de ser ejercicios, tomadlos así, sin más pretensión, pero espero que disfrutéis de su lectura cuando no tenga nada mejor que contaros. Aquí os dejó con La princesa ingrata, un cuento de aventuras:

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La princesa Fuensanta quería casarse, pero no encontraba con quién. Ninguno de sus pretendientes le convencía y los caballeros de la corte le resultaban insulsos. Ella ansiaba un auténtico héroe de caballería, con grandes proezas a sus espaldas y cientos de caminos en sus botas. Alguien que le hiciera soñar con sus aventuras y le transportara a un mundo de cuentos como los que solía leer. Cansada de esperar a su valiente hidalgo, decidió convocar un certamen para elegir a su futuro esposo, con una simple premisa: deberían ofrecerle el regalo más precioso y narrar en su presencia las penurias para conseguirlo.

Transcurridos tres meses, ante las puertas de palacio se presentaron hombres de toda condición portando los más increíbles presentes. Podía verse una carroza de oro macizo tirada por inmaculados corceles blancos; baúles de cuero bruñido por los que asomaban joyas y monedas relucientes; jaulas de cristal con las más extravagantes especies de aves. Era un desfile de maravillas singulares como no se había visto jamás.

El primero en pasar ante la princesa Fuensanta fue el Conde de Nabucodonosor, un acaudalado noble del reino que había enviudado recientemente por tercera vez. Su voluminosa presencia contrastaba con el majestuoso regalo que presentaba: un unicornio dorado, tan esbelto e imponente como humilde y apocada parecía su mirada. Muy ufano, comenzó a narrar las tribulaciones para encontrar tan fantástico presente:

– Dios sabe que he puesto todo mi empeño en poder obsequiaros con el mejor de los regalos y para ello no dudé en enviar a mis más leales escuderos hasta el Valle del Arcoíris. Allí pelearon contra dragones y ogros para hacerse con la fabulosa criatura que aquí os ofrezco. Finalmente, fue un vulgar mozo quien domó a este bello unicornio para traerlo ante vuestra presencia, mi hermosa princesa, con el fin de pedir formalmente vuestra mano.

La princesa parecía muy conmovida por la belleza del animal, pero la historia de su hallazgo no le provocó más que desprecio por la displicencia del Conde para alcanzar su fin, por lo que le rogó que abandonara el palacio con su corte y su regalo.

A continuación, se presentó el Capitán Mareabrava, un temido corsario que saqueaba cuanta nave encontrara en su rumbo. El Capitán mostró a la princesa una ostra del tamaño de un cordero lechal. La dejó en el suelo y con su alfanje de empuñadura de plata, la abrió de un solo golpe para extraer un larguísimo collar de perlas como huevos de codorniz, que levantó hasta su tricornio de pirata sin que terminara de salir de la concha. Con una voz grave cincelada por el ron inició la narración de su periplo en busca de tan espléndido presente:

– He surcado mares turquesas y añiles, esmeraldas e índigos hasta dar con las lágrimas más puras que pudieran desprenderse de unas valvas nacaradas. Mis hombres se adentraron en aguas bravas, infestadas de voraces tiburones para arrancar las conchas perfectas. Mi joven grumete se sumergió con determinación en lo más profundo del océano y rescató para mí esta perfecta concha de madreperla que atesora la preciada maravilla que aquí os entrego como muestra de mi amor por tan bella dama.

La princesa se mostró impresionada por una joya tan extraordinaria, pero la desidia que denotaba el Capitán para encontrar su tesoro sólo le indujo a formar una mueca de decepción en su rostro, por lo que le rogó que abandonara el palacio con su tripulación y su regalo.

f804e446eabc3bce1791729462d9b514El siguiente en desfilar ante la princesa fue el Maharajá de Kapurthala, un príncipe indio aún adolescente, que apareció a lomos de un grandioso elefante blanco, engalanado con collares de oro y piedras preciosas. La cara del animal estaba decorada con pinturas de colores vivos, figurando una flor de enormes pétalos batientes. La trompa era un inmenso pistilo primorosamente dibujado con grecas y ondas que la hacían más sinuosa. La imagen de aquel doncel tan elegantemente vestido de seda blanca en lo alto del animal corola era la sublimación del exotismo. El Maharajá descendió del elefante por una escalerilla de marfil, ayudado por un séquito de criados ataviados con levitas de lino azul, e inició su discurso con un tono altisonante:

– Mi amada princesa Fuensanta, de belleza inigualable, como prueba de mi devoción por su persona, os hago entrega de este magnífico animal. Ha sido bendecido por el dios Ganesha, que le ha dotado de una gran docilidad y ha permitido que el más mísero de mis siervos lo condujera desde mi reino tirando sólo de este cordel de raso, por valles y montañas, ríos y lagos, hasta arribar a vuestro palacio.

Para terminar, levantó una vara que llevaba en su mano y el elefante se arrodilló, inclinando la cabeza en señal de sumisión y mostrando una de sus patas delanteras con las uñas pintadas de coral. La princesa bostezó disimuladamente, a pesar del espectáculo que tenía ante sí, y sólo pudo hacer un gesto con su mano, indicando la salida a la comitiva india, hastiada por una historia sin conflictos ni proezas destacables.

Habían ido pasando por el salón de audiencias todos los aspirantes al amor de la princesa y ya sólo quedaba un joven apoyado en una de las columnas, con ropa humilde pero limpia, y la ilusión impregnada en sus ojos. No portaba nada en sus manos, ni le seguía acompañamiento alguno, sólo un aire romántico le asistía. La princesa Fuensanta le miró extrañada y preguntó:

– Mozo, ¿qué estás esperando? ¿Has perdido a tu Señor?

– No, Su Alteza. He venido a presentar el regalo más precioso que puedo ofrecerle para conquistar su amor– respondió el joven lleno de entusiasmo y decisión.

La princesa pareció impresionada por su arrojo y quiso conocer de qué se trataba.

– Yo no poseo tierras, ni tesoros. No tengo títulos nobiliarios, ni un carácter arrogante. Sólo sé que el día que anunció el concurso para entregar su mano me enamoré de la mujer más hermosa que hubiera podido soñar. Que su voz me pareció la música más dulce que acarició mis oídos. Que su rostro desprendía una determinación y un brillo que únicamente la luna puede igualar. Y que mi corazón, que es lo único que me pertenece, comenzó a fantasear con haceros feliz. Por ese motivo me uní a los vasallos del Conde de Nabucodonosor para llegar al Valle del Arcoíris y descubrir por mí mismo las leyendas que esconde. Cuando conseguí domar al unicornio dorado y entregarlo a mi Señor, decidí continuar mis aventuras haciéndome a la mar bajo las órdenes del Capitán Mareabrava. Sometí a mis pulmones a oscuras profundidades para dar con la ostra más preciosa. De regreso pude conocer al gran elefante blanco que se negaba a seguir a la comitiva del Maharajá, y sólo con tiernas palabras pude hacer que llegara hasta vuestra presencia, cruzando tierras inhóspitas.

Todas estas andanzas las viví guiado por el deseo de amaros para siempre y no dejar de narrar las más increíbles historias que os hagan volar hasta los lugares que he recorrido por vos. Mi humilde ofrenda es éste, mi corazón, que desde hace meses os pertenece.

La princesa Fuensanta no salía de su asombro, e incrédula como se sentía, se negó a consentir semejante desfachatez de un modesto muchacho. Llamó a sus criados y ordenó que echaran a aquel chico que nada tenía que ofrecer, despreciando tan sincera declaración.

El joven abandonó el palacio muy triste, sin entender cómo su amada no había sabido apreciar su amor. Todas sus ilusiones habían sido borradas por las voces de su querida princesa al expulsarle del salón. Su corazón había dejado de latir en aquel instante.

Al día siguiente, la princesa Fuensanta desayunaba en palacio, sola y decepcionada por el fracaso de su competición. No había pedido algo tan imposible, sólo un regalo bonito y el relato de las peripecias para conseguirlo. Mientras se compadecía de su desdicha, escuchó voces en el exterior, el rumor de un zumbido que poco a poco se convirtió en un lamento fragoroso. Abrió las puertas del balcón y se asomó. Bajo ella desfilaba el pueblo entero en cortejo fúnebre encabezado por el Maharajá de Kapurthala a lomos de su elefante descolorido. Le seguían el Conde de Nabucodonosor tirando de un melancólico unicornio dorado, y el Capitán Mareabrava arrastrando el collar de perlas infinito. Detrás, seis caballeros portaban un sencillo féretro de madera de haya, sobre el que reposaba un corazón sangrante y encogido, muerto de amor.

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