FRIDA

“Me llamo Frida, soy la amiga canina de la autora de este blog. Me abandonaron de cachorro y ella me adoptó. Vivimos unos años felices hasta que llegó la pequeña Miss Sunshine y fui destronada como princesa. Entonces me vi obligada a compartir espacio y comida con dos perras más, Pepa y Coco, y me costó bastante. Al cabo de un tiempo, mi amiga desapareció y sólo volvía de tarde en tarde. Pero ahora estamos juntas otra vez. Después de una pequeña aventura, vivo contenta en un hogar nuevo con mi familia, dispuesta a disfrutar la buena vida y a dejarme querer. A cambio les montaré fiestas cada vez que regresen a casa, intentaré portarme bien y les dejaré pelos por todas partes para que no se olviden de mí. En mis ocho años de vida he sufrido algún abandono, pero aquí estoy para quedarme.”

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Esto es lo que espero que piense Frida ahora que llega por fin a casa. Ha sido un camino muy largo hasta este momento y ha sufrido las consecuencias de muchas de mi decisiones. Cuando elegí venirme a vivir a Singapur con mi querido Mr. Good no pude traerla conmigo. Fue muy difícil dejarla, me sentía muy culpable por mi perra y por mi hermana, que se hacía cargo de ella sin haberlo pedido. Intenté buscarle otro hogar pero su sordera y su edad no lo hicieron fácil. Ahora me alegro de que no apareciera una familia, que hubiese calmado, quizás, mi mala conciencia, pero que me hubiera separado definitivamente de Frida. No estoy orgullosa de lo que hice, pero las cosas no siempre suceden como uno quiere. En cualquier caso, Frida ha estado feliz todo este tiempo, acompañada por su inseparable Coco y tolerada por la buena de Pepa.

Siempre he vivido con perros, lo llevamos en los genes toda la familia. De pequeña quería ser veterinaria, hasta que descubrí que no todo era cuidar perros y que soy más de letras que el latín y el griego juntos. Me gustan de todas las razas, tamaños y formas. Cambié de alergólogo cuando me prohibió tener perros cerca. IMG_1927Me paro por la calle a acariciar a un peludo antes que a contemplar a un bebé. Y no descarto terminar mi vida rodeada de estos animales aquejada de un moderado síndrome de Diógenes perruno. Llegados a este punto y con Frida a miles de kilómetros, mi querido Mr. Good, viendo que lo mío rozaba la patología y que esta pasión se la estaba inculcando a mi pequeña Miss Sunshine como una droga, hizo el acto de amor más enorme del mundo y me pidió que trajera a mi “chica” a vivir con nosotros, aunque eso supusiera cambiar de casa y lidiar con las alergias.

No ha sido fácil, ni para mi hermana, ni para mi pobre perra, ni para mí. Trasladar a un animal a otro país es un quebradero de cabeza burocrático que pone a prueba cualquier amor incondicional. Y si le hubiese preguntado a Frida, seguramente hubiera pedido quedarse donde estaba, porque pasar dos días de viaje en una jaula, con escala mediante en hotel canino, y diez días de cuarentena en un centro de lo más digno, sin entender nada, debe ser como escalar el Everest con los ojos cerrados. Por suerte, en todo el proceso he tenido una ayuda impagable desde Madrid con todas las pruebas veterinarias, y el consejo local de una expatriada que pasó por lo mismo hace unos años. Me he hecho una experta en formularios y plazos que, gracias a Dios, en este país funcionan extraordinariamente bien. Pero todo este periplo angustioso compensa al ver la alegría de Frida cuando nos ve llegar y la felicidad de tenerla a nuestro lado. Ya tenemos todo preparado para recibirla como se merece, inhaladores y quita-pelos incluidos. ¡Bienvenida, Frida!

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