UN MASAJE, POR FAVOR

Por una caída, por una leve escoliosis, por una vértebra desplazada o por mi contorsionismo natural, el caso es que mis problemas de espalda han sido una constante en mi vida. Menos operarme, creo que lo he probado todo, pero donde esté un buen masaje, que se quite lo demás. Con el tiempo me he hecho una experta, aunque nada selectiva, que yo me dejo masajear por quien sea y donde sea:  en un crucero por el Caribe, en una playa de Tailandia o en un salón en La Habana. Todo muy terapéutico, no penséis mal 😉

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Lo de que me manoseen la espalda, la cabeza o los pies me encanta, y después de haber pasado por una preparación al parto, creo que puedo decir que he recibido masajes en TODO el cuerpo. Atrás dejé a mi fantástica fisio, que me hizo olvidar aquellas sesiones de rehabilitación en masa, donde entre infrarrojos y aparatos de tortura, esperaba impaciente el momento del masaje. Pero como aquello parecía ir con número como la pescadería, llegaba un tipo, me hacía unas caricias en la zona afectada y a casa. Hombre, así, sin presentarnos ni nada, pues me quedaba fría.

Aquí es distinto, esto es Asia, la cuna de  todas las técnicas habidas y por haber. Con la cantidad de spas, centros de belleza, salones de uñas y peluquerías que hay en Singapur,  en cuanto te descuidas, ya te están dando un masaje. Ahora, a diferencia de los países de alrededor, barato no es. Aunque reconozco que ya he perdido la noción de lo que es caro aquí, porque cuando convierto los dólares a euros no parece tan descabellado. El caso es que, para no perder la costumbre, practico el masaje una vez al mes, si es posible.

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Los centros, en general, no difieren mucho de lo que pueda haber en España. Te reciben con una tacita de té y te intentan vender un paquete de 10 sesiones, pero por lo demás, nada muy exótico. Las terapeutas, asiáticas. Mucho. Lo que complica un poco entenderlas, sobre todo cuando estoy a mitad de sesión, relajada, boca abajo, con la babilla goteando y la cabeza en la luna. Pero son muy profesionales y enseguida notan que estoy curtida en mil contracturas y que me gusta duro, así que siento cómo me clavan el codo hasta los higadillos, y respiro hondo, esperando no salir peor de lo que entré. Ya entregada, me empiezan a ofrecer terapias, y yo me apunto a todas. Piedras calientes, velas, acupuntura, kinesología, reflexología, lo que sea con tal de mantener la espalda en condiciones. Hasta cupping, versión moderna de las sanguijuelas en forma de ventosas, que dejan unos moretones redonditos súper decorativos.

A mi querido Mr. Good le sorprendo alguna vez con una sesión en un fish spa, para que unos voraces pececillos le mordisqueen los pies, o con un masaje para dos, y así descubrir contracturas nuevas en compañía, que eso une mucho.

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